IGNACIO CARBÓ

IGNACIO CARBÓ

Sacerdote de hermosa y agradable presencia, que tenía el don singularísimo de ganar para Dios los corazones de cuantos le trataban o veían. La celestial sonrisa de los labios daba a su semblante un aire angelical, que le hacía en gran manera amable é imponía veneración y respeto. Estas prendas naturales estaban admirablemente realzadas por la afabilidad y amor conque trataba a los prójimos, lo cual nacía en él del ardiente amor que tenía a Jesucristo. Había sido monje cisterciense en el arzobispado de Tarragona, y arruinado su convento por la revolución, pidió un asilo entre nuestros Misioneros para continuar en lo posible la observancia religiosa y dedicarse al ministerio de salvar las almas. De palabra fácil y elocuente las muchedumbres se iban tras él ávidas de oírle y por donde quiera que se desbordaba el torrente de su divina oratoria florecía la virtud, e innumerables conversiones de almas antes pecadoras, trocaban en delicioso vergel de verdor y frescura espiritual pueblos que antes por su indiferencia y apatías religiosas; eran como páramos infecundos, -como campos secos y estériles, sobre los cuales apenas caía el rocío de la divina gracia. El Padre Carbó no tenía enemigos, porque bastaba verle para amarle; mas aunque en todas partes le seguían el amor y las alabanzas de los hombres, él no se alzaba con la gloria de ello, sino que todo lo refería al Señor, a quien amaba con todo el afecto de su hermoso y ardiente corazón. Maduro ya para el cielo y amado de los ángeles, que ansiaban tenerlo en su compañía, tuvo la dicha de entregará Dios su candorosa alma, víctima de su celo por la gloria del Señor y la salvación de las almas, a la aún temprana edad de cuarenta y dos años. Acababa de dar la Misión con el Rdo. P. Clotet en el pueblo de Palau, de Lérida. El excesivo trabajo le había causado una ligera indisposición, junto con un sudor muy copioso. Era a fines de Noviembre, y a la mañana siguiente se había de partir para empezar la Misión en otro pueblo. Para llegar a tiempo era menester levantarse muy tempranito; y aunque el P. Clotet, previendo los funestos resultados que en aquel tiempo de tan riguroso frío podría tener el madrugar tanto, estando así indispuesto, habíale aconsejado que se estuviese más en la cama, él no lo consintió, porque deseaba ante todo cumplir exactamente con su ministerio, aún a costa de la salud y de la vida.

No fueron, por desgracia, injustificados los temores del Padre Clotet, pues después de la Misa el P. Carbó vióse forzado a volver a la cama por el mal estado de su salud. Al poco rato vieron todos con espanto que había cogido una fuerte pulmonía y que la cosa era verdaderamente grave. Nueve o diez días le duró la enfermedad, de la cual murió. Llevóla, como no podía ser menos, con suma paciencia e igualdad de ánimo. En el semblante se le traslucía a veces reflejada la interior alegría que experimentaba con la dulce esperanza de ir pronto a gozar de Dios. La Santísima Virgen, de la que tan devoto había sido, y a cuyo Corazón Inmaculado se había acogido como á sombra de refugio, le consoló en gran manera, y aún parece que visiblemente le alentó con su amorosa presencia estando ya él para morir, pues entrando en aquella ocasión el P. Clotet en la celda del enfermo, le dijo éste con el rostro inundado de celestial alegría: “Descúbrase, Padre. ¿no ve a la Madre de Dios? Todos sus pensamientos estaban ya fijos en el cielo y con tanta claridad veía en aquellos instantes la vanidad de las cosas terrenas y la dicha de amar a Dios, que las últimas palabras que pronunció fueron estas. Vanitas vanitatum praeter amare Deunt ei illi soli servire. “Todo es vanidad de vanidades menos amar a Dios y servirle á El solo. Luego, como quien entra en un dulce sueño, entregó al Señor su hermosa alma, que sin duda fue a juntarse con los coros de los ángeles para cantar eternamente las alabanzas de Aquel á quien tanto había amado. Fue el primer ángel que la naciente Congregación envió al cielo, adonde voló el 3 de Diciembre de 1852.

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