P. Cristóbal Fernández CMF. El historiador y su obra

Testimonio de admiración en el 40 aniversario de su fallecimiento

Severiano Blanco cmf

            En el libro de crónica de la comunidad de Madrid-Juan A. Mendizábal 67 (por entonces Víctor Pradera), al consignar el fallecimiento del P. Cristóbal (19.3.1969), escribió el P. Lamberto Picado: “La vida de este hermano nuestro, ilustre como historiador de nuestro Padre y de nuestra Congregación, merecerá una biografía extensa, que no cabe en las líneas, breves por fuerza, de esta crónica” (p.85). Y, en una nota necrológica que por entonces le dedicó en el Boletín de Castilla, su compañero de carrera y de comunidad por largos años, P. Manuel Zurdo, leemos: “En espera de que a su debido tiempo se le haga la amplia necrología merecida por su obra literaria congregacionista y sus valiosos servicios económicos al Instituto, quisiera dar a mis hermanos el boceto o semblanza de nuestro finado”[1].

Sin embargo, 40 años después constatamos que aquel pronóstico no se cumplió, que tal biografía o al menos amplia necrología no han aparecido; y no es ya previsible que alguien emprenda la elaboración de la biografía augurada. El paso del tiempo va dejando cada vez más borrosa la silueta de quien consagró su vida principalmente a ayudarnos a conocer los polos de referencia de nuestra identidad, nuestras más genuinas raíces como familia misionera.

Apenas habrá en la Congregación -hoy tan pluricultural- quien ignore el nombre de Cristóbal Fernández, pero somos ya cada vez menos quienes le conocimos personalmente, y menos todavía quienes convivieron con él. Este 40 aniversario de su fallecimiento nos parece momento adecuado para cumplir un deber de justicia, recordando con algún detenimiento a un Hermano nuestro extraordinariamente acreedor de nuestro aprecio y agradecimiento.

En la Congregación ha habido muchos aficionados a nuestra historia interna; y las biografías del P. Fundador –más o menos extensas- pasan del centenar y medio, si bien es verdad que la mayor parte proceden del trabajo de devotos y admiradores más que de profesionales. También ha habido de estos, pero, indiscutiblemente, ninguno ha tenido tanta competencia en la materia y tanto influjo posterior como el P. Cristóbal.

UNA INFANCIA AZAROSA

Nació en Prádanos de Ojeda (Palencia) en el histórico año 1898. Sus padres y sus abuelos por ambas partes eran también naturales de Prádanos. Cristóbal vio por vez primera la luz de este mundo el día 10 de julio, por entonces fiesta de San Cristóbal, que además era y es el titular de su parroquia y patrono de su pueblo; se le administró el bautismo a los dos días, y, según la partida correspondiente, “se le puso por nombre Cristóbal-Pedro, y se le dio por abogado a San Aniceto, papa y mártir”. La confirmación la recibió el 31 de octubre del año siguiente, 1899. Fue el mayor de siete hermanos, tres de los cuales murieron de muy corta edad; los cuatro primeros nacieron en Prádanos;

los tres últimos, cuando ya la familia se había trasladado a Alar del Rey, traslado que  tuvo lugar en 1907. Los que sobrevivieron y llegaron a adultos fueron, además de Cristóbal, Celsa y Gregorio, nacidos en Prádanos, y Sara, nacida en Alar cuando Cristóbal ya no estaba con la familia. Celsa casó en Alar del Rey, y algunos años después, con su marido e hijo, se traslado a Madrid, donde murió. Gregorio casó y vivió siempre en Herrera de Pisuerga. Sara, la más pequeña, pasó su juventud en Alar, donde tuvo un taller de costura y enseñó a muchas jóvenes corte y confección; pero posteriormente, ya en los años 40, sus hermanos Cristóbal y Celsa le facilitaron vivienda y trabajo en Madrid, donde todavía contrajo matrimonio y tuvo una hija. Celsa vivió en la calle Cedaceros; Sara, muy cerca de su hermano, en el paseo de Rosales.

Prádanos de Ojeda era un pueblo típicamente castellano, de profunda religiosidad y recia laboriosidad campesina; consta que en 1899 tenía 1502 habitantes (actualmente no pasa de 220). La familia de Cristóbal no era campesina; el padre, D. Eugenio, trabajó siempre en Alar del Rey, en la fábrica de mantas “El Campo”, propiedad del Conde de Mansilla. Resultaba duro caminar diariamente los 8 kilómetros que separan ambas localidades, por lo cual, cuando contó con la posibilidad, decidió buscar vivienda en Alar (debió de ser en el verano u otoño de 1907).

Desde el comienzo de su escolarización, Cristóbal demostró tener una inteligencia y una memoria privilegiadas, de modo que su maestro, durante años, estuvo insistiendo a D. Eugenio en que buscase el modo de facilitarle un lugar de estudios de mejor rango que los que podían impartírsele en Prádanos en aquella época. Pero la ajustada economía familiar disuadía de enviar al niño a ninguna capital. Providencialmente apareció una familia bienhechora, cuya identidad ya se nos escapa, que facilitó el traslado de Cristóbal a Madrid; fue hacia mitad 1907, cuando el niño tenía nueve años y la familia todavía residía en Prádanos. Decenios más tarde contaba su madre, Dñª Petra Martín, cómo Cristóbal subió al tren en Alar del Rey sumido en un mar de lágrimas, después de haber realizado durante el camino repetidos intentos de regresar a Prádanos.

Su domicilio en Madrid debió de estar por el barrio de Argüelles, que a la sazón se estaba construyendo. Cristóbal Fernández pasó, por tanto, algunos años de su niñez cerca de la residencia de los Misioneros sita en la calle del Buen Suceso e inaugurada en 1906. Dada la exactitud con que recordará muchos años más tarde la actividad de los Misioneros de aquella época, es muy probable que haya sido monaguillo del Santuario del Corazón de María (esquina Buen Suceso-Álvarez Mendizábal) inaugurado en 1908. Niño avispado e inquieto, debió de corretear a sus anchas por las oficinas de trabajo de los Misioneros; nunca se le borró de la mente la imagen del P. José Dueso, por entonces Director del Iris de Paz (publicación semanal) y afanado en la organización de los Legionarios de la Buena Prensa, “frecuentemente con la pluma de escribir en la oreja, siempre atareado, siempre de buen humor y con el chiste o la broma a flor de labios”, o la del P. Juan Postius, al frente de la recién fundada Ilustración del Clero (publicación quincenal), y entregado a múltiples servicios eclesiales en Madrid, o la del P. Manuel Luna, ocupado en constantes gestiones por varios Ministerios a favor de los Misioneros de Guinea. A la distancia de casi sesenta años, escribía el P. Cristóbal: “Todo esto un niño lo percibía y vislumbraba, y da fidedigno testimonio de ello ahora, cuando aquel niño de entonces toca ya los umbrales de la segunda niñez de la vida”[2]. Lo que no se imaginaba el niño Cristóbal es que él mismo estaba llamado a continuar los afanes que admiraba en aquellos ilustres Misioneros.

LOS AÑOS DE FORMACIÓN

Ingresó en Segovia el 8 de septiembre de 1910, cuando se reinstauró allí el postulantado que se había interrumpido en 1904 para establecer en el vetusto convento de S. Gabriel el primer filosofado de Castilla. Pero en 1910, al adquirirse el colegio de Beire para filosofado, quedó lugar en Segovia para alojar nuevamente a los benjamines de la Congregación. El nombre de Cristóbal Fernández encabeza el registro de postulantes que ingresan ese año. Tardó varios años en volver a visitar a su familia en Alar del Rey, lo que le libró –en una época de crisis vocacional- de abandonar el camino emprendido, según confesión propia ya en su edad madura. En Segovia tuvo como único prefecto en sus cuatro años de postulante al P. Antonio Fernández; y entre sus profesores merece mención especial el P. Juan Echevarría, con quien, en el futuro, Cristóbal convivirá dos años en Madrid; será prolífico escritor y concluirá sus días fusilado en Paracuellos del Jarama, junto con otros cuatro hermanos de comunidad, el 22 de noviembre de 1936; el propio P. Cristóbal le dedicará una elogiosa necrología[3].

Ya en aquellos años de infancia -dice el P. Manuel Zurdo, que era de un curso inferior al de Cristóbal- “descollaba por su desparpajo en el decir y por la viveza de su genio abierto” y “sobresalió en los estudios de humanidades y en los actos literarios celebrados en el colegio por aquella época”.

Cristóbal Fernández realizó el noviciado también en la histórica casa de Segovia, en 1914-1915. A su curso le tocó estrenar Maestro, pues en 1914 cesó el P. José Arumí (quizá por incompatibilidad con su cargo de Consultor Provincial I) y fue sustituido por el P. Juan Oleaga. Los informes bimensuales del P. Oleaga sobre Cristóbal Fernández son siempre de este tenor: “Es de temperamento nervioso y por tanto algo impresionable; está dotado de excelentes cualidades, talento sobresaliente, memoria felicísima y conducta edificante, siendo piadoso, dócil, discreto, perspicaz, amable en el trato con los demás, prudente y agradecido a cualquier observación”.

Emitida la profesión el 15 de agosto de 1915, pasó a cursar la Filosofía en el todavía “nuevo” colegio de Beire (1915-1918); allí fue su Prefecto el P. Juan A. Aguirre y su Superior su antiguo formador en el postulantado, P. Antonio Fernández. Durante estos estudios debió de demostrar una mente especialmente apta para ellos, pues uno de sus primeros destinos será precisamente el de profesor de lógica en el mismo Beire. De 1918 a 1921 cursa los tres años de Dogmática en el célebre “Colegio Mayor” de Santo Domingo de la Calzada; debió de ser un trienio muy movido, pues en él hubo nada menos que cuatro prefectos sucesivos: los PP. Antonio Fernández y Juan A. Aguirre, ya bien conocidos para nuestro formando, más los PP. Lorenzo Alabert y Valentín Llano. Cristóbal emitió sus votos perpetuos en Santo Domingo el 11 de julio de 1919.

En 1921 pasa de nuevo a Segovia (que entre tanto ha dejado de ser noviciado, al inaugurarse en 1920 el de Salvatierra, Álava), para cursar los dos años de Moral; allí tiene nuevamente como Prefecto el P. Lorenzo Alabert (con quien le espera todavía una tercera época de convivencia, al final de los años 20, en Madrid / Buen Suceso), y entre sus profesores figura el P. Gregorio Martínez de Antoñana, quien le sobrevivirá en la casa de Buen Suceso tras unos veinticinco años de convivencia fraterna y colaboración en los diversos cometidos editoriales. En Segovia recibe Cristóbal Fernández la ordenación sacerdotal el 23 de mayo de 1923, y, con todos sus compañeros de curso, pasa a Aranda de Duero, por entonces casa generalicia y “Colegio Máximo”, donde los recién ordenados de todas las provincias realizan el “Año de Preparación”, que hoy diríamos “de Pastoral”.

En referencia a la carrera sacerdotal, continúa informándonos el P. Zurdo: “dotado de talento penetrante y de dialéctica sugestiva, rayó muy alto en los cursos de filosofía y teología, siendo el principal ‘animador’ de las discusiones escolares y posescolares, llevadas a veces con excesivo apasionamiento, muy propio de su temperamento luchador”.

 

ÉPOCA DE PROFESOR Y  DE ESTUDIOS DE ESPECIALIZACIÓN (1924-1935)

No conocemos con precisión las fechas de traslado de una casa a otra, pero hay buena constancia de lugares, años y ocupaciones: los cursos 1924-1926 fue profesor de postulantes en el “Colegio Menor” de Santo Domingo de la Calzada; simultaneando con esas tareas su estudio personal, entre septiembre de 1925 y septiembre de 1926 se fue examinando en el Instituto de Logroño de todas las asignaturas del bachillerato civil. En el curso 1926-27 enseña Lógica en el filosofado de Beire. Pero en el verano de 1927 interrumpe sus tareas docentes y pasa a la comunidad generalicia de Madrid / Buen Suceso para, durante dos años, dedicarse a preparar sus exámenes por libre en las Facultades de Letras, primero de Zaragoza y luego de la Universidad Central de Madrid. En esos dos años de Buen Suceso convive y comparte ocupación (“por estudios”) con el futuro mártir P. Isaac Carrascal, con el que coincidirá pocos años después en el colegio de Castro-Urdiales.

Según unos apuntes de su puño y letra que se conservan en el Archivo Provincial de Santiago, en los años 1927-1929 se examina de las asignaturas de la carrera de Filosofía y Letras, inicialmente en la Universidad de Zaragoza, pero luego prosigue en la de Madrid; en ésta obtuvo la Licenciatura en marzo-mayo de 1929. En el mismo año fue elaborando su tesis doctoral, que defendió públicamente el día 4 de noviembre, sobre el tema “Precedentes Literarios del Marqués de Santillana”; en realidad no llegó a obtener el Doctorado porque nunca abonó las tasas económicas correspondientes. Pero en la Congregación fue siempre reconocido como Doctor en Historia.

Durante esta su estancia en Madrid / Buen Suceso, pudo percibir mucho más de cerca aquella actividad casi febril que ya había conocido de niño. Allí residía el Gobierno General de la Congregación; allí estaban en pleno rendimiento los PP. José Dueso, Juan Postius, Leocadio Lorenzo, Salvador Esteban, Luis Iruarrizaga, Julio Esteras,… Allí se confeccionaban no menos de seis publicaciones periódicas:  Iris de Paz, Ilustración del Clero, Tesoro Sacro Musical, La Voz del Santuario, El legionario de la Buena Prensa, Anales de la Congregación. Al joven P. Cristóbal le tocó vivir el dolor por el fallecimiento casi repentino del P. Luis Iruarrízaga (abril 1928), y allí conoció al futuro mártir y genial compositor P.Juan Iruarrízaga, que se incorporaba a la comunidad generalicia (junio del mismo año) para suceder en su actividad musical al hermano fallecido.

Durante el curso 1929-30 el P. Cristóbal explica Historia Eclesiástica en el teologado calceatense, y al año siguiente Oratoria en el mismo gran Colegio. En referencia a estos dos años de docencia, continúa Manuel Zurdo: “puedo afirmar, por el testimonio fidedigno de algunos de sus discípulos, que fue un profesor fuera de serie por el interés que supo despertar en el alumnado hacia su materia”.

Establecida la Segunda República y a la vista de sus trabas legales para la docencia de los religiosos, el P. Cristóbal –ignoramos la fecha- fue destinado a Castro-Urdiales, donde su titulación civil constituía una cierta garantía para la supervivencia del colegio. Será en esta época –hasta comienzos de 1935- cuando el fogoso profesor comience a demostrar que, además de regentar cátedras, sabe manejar la pluma. En esos años aparecen una serie de colaboraciones (“ojeada sobre la semana”) en la revista Iris de Paz cuyo autor se oculta tras el seudónimo “Diógenes” o “Gelonius”, que, por el estilo y la temática tratada, con gran probabilidad son suyos. Pero donde más se hizo notar como articulista (y polemista) fue en un semanario local de Castro-Urdiales. A los pocos días de proclamarse la República se fundó en la bellísima localidad cántabra un nuevo periódico (existían hacía años La Ilustración de Castro y Flavióbriga) llamado La Voz de Castro, que se distinguió por su anticlericalismo rabioso e ignorante. No era el P. Cristóbal temperamentalmente proclive a la indiferencia ante la falsedad, como para soportar día tras día zafiedades y calumnias; por lo cual se decidió a tomar la pluma y, con el significativo seudónimo de “Sagitario”, responder a La Voz de Castro desde las columnas de Flavióbriga, periódico de orientación católica y antirrepublicana. Su estilo ágil e incisivo, y su argumentación rigurosa, fueron percibidos inmediatamente por el adversario, que debió de sentirse acorralado y hasta herido.

El P. Cristóbal marchó de Castro-Urdiales a comienzos de 1935, bastante antes de estallar la guerra civil, en la que ocho claretianos de Castro-Urdiales padecieron el martirio. Se ha pretendido ver en esa persecución la respuesta a los golpes literarios de “Sagitario”, pero tal suposición no es muy verosímil. De todos es sabido que la persecución religiosa en la zona republicana no necesitó semejantes pretextos; por lo demás, nadie ha podido probar que se llegase a saber que detrás del seudónimo “Sagitario” se ocultaba un Misionero Claretiano; y a ello hay que añadir que, cuando estalló la guerra, hacía ya casi año y medio que “Sagitario” no residía en Castro-Urdiales ni colaboraba en Flavióbriga[4].

EL BIÓGRAFO DEL P. FUNDADOR

En marzo de 1935 el P. Cristóbal llega destinado a la comunidad de Zamora. Seguramente contaban, tanto él como el gobierno provincial de Castilla, con que se incorporaría de lleno al trabajo misionero de aquella “casa de predicación”. Pero el 18 de abril recibía una inesperada carta de Roma (donde hacía escasamente un año se había establecido la Curia General de la Congregación), firmada por el Secretario General, P. Ramón Ribera, en la que se le hacía un encargo de envergadura: “Aunque no tengo la satisfacción de conocer a V.R., la tengo de comunicarle, por orden del Rmo. P. General, que en consejo del día 9 del corriente se acordó confiar a V.R. una obra muy importante. Tal es una vida amplia, crítica y completa de nuestro Beato Padre. De aceptar V.R., como esperamos, se le darán normas y facilidades para llevar a feliz término el proyecto”.

            El proyecto del Gobierno General era ambicioso; pedían una biografía de Claret “amplia, crítica y completa”, indicándole expresamente: “V.R. no copie a los biógrafos; estudie las cosas”, pues el malogrado P. Maroto y su Consejo deseaban “una obra nueva no calcada sobre las otras”; ¡y lo conseguirían!

a.- Una necesidad perentoria

La Congregación disponía desde el siglo XIX de dos biografías amplias del Fundador: la del Ilmo. Francisco de Asís Aguilar (1871), futuro obispo de Segorbe, y la del P. Mariano Aguilar (1894), refundición ésta de la que ya en 1892 había preparado el P. Clotet, pero a la que una censura rigorista había negado el imprimatur[5]. Ambas tienen un gran valor por ser obra de quienes conocieron al Santo muy de cerca; pero tienen también grandes deficiencias. La de F. de A. Aguilar es completamente apologética, intento de refutar las calumnias propaladas contra el P. Claret y muy en especial la biografía denigratoria publicada en 1869 por O***[6]. La del P. Aguilar es más amplia y documentada, pero de orientación panegirista, llena de digresiones ascéticas, y alejada del estilo de biografía crítica. El P. Cristóbal considera que el P. Mariano Aguilar no tenía la más elemental dotación para componer biografías o historias medianamente críticas; era sobre todo un literato, según el gusto literario de la época.

En febrero de 1934 había sido beatificado el P. Claret, y en esas fechas se había echado de menos tanto una buena biografía popular para dar a conocer al nuevo Beato, como otra más seria y científica para los estudiosos. A falta de algo mejor, se había reimpreso en catalán la “Vida del Venerable Antonio María Claret” publicada por el P. Jacinto Blanch en el ya lejano 1906 y que sucesivamente se había ido traduciendo al castellano y otras lenguas (150 pp). A nivel de estudio, el mismo P. Blanch, vicepostulador de la causa, en los años 20 había ido reuniendo material e incluso había elaborado dos amplias biografías, una de cerca de mil folios y otra de seiscientos; pero, por una serie de defectos técnicos, no habían sido consideradas aceptables. El manuscrito de estas biografías, sin embargo, fue entregado al salesiano italiano D. Pasquale Pugliese, el cual las refundió en una nueva, que se publicó (sólo en italiano) en el mismo año 1934 (630 pp). En castellano se publicó también por entonces la de tamaño mediano y estilo barroco panegirista Recuerdos del Beato Antonio M. Claret, del P. Juan Echevarría (364 pp); y, por encargo del P. Juan Postius, apareció, ya en 1936, la del Rector de la Universidad Central, D. Pío Zabala, titulada El P. Claret. Retablos de una vida ejemplar (194 pp), trabajo encomiable, pero demasiado conciso e incompleto. Seguía echándose de menos una biografía crítica y amplia, exhaustiva si fuese posible.

b.- Encargo y rápida ejecución

En 1935 el Superior General era el P. Felipe Maroto, que tenía entre sus consultores al P. Manuel de Arriandiaga y como Procurador y Postulador General al P. Juan Postius; compañeros a lo largo de toda la formación, los tres habían profesado juntos, en manos del P. Xifré, en 1892, y los tres, recibida la ordenación sacerdotal, en el año 1900, habían sido destinados a Roma para especializarse en ciencias eclesiásticas, pues eran mentes privilegiadas; el Secretario General era el P. Ramón Ribera, compaisano del P. Postius. Apenas cabe dudar de que fue Juan Postius, tan amante de los estudios claretianos y buen conocedor del P. Cristóbal desde su convivencia en Madrid / Buen Suceso por los años 1927-1929, quien influyó decisivamente en el Gobierno General para que se tomase la determinación de componer una biografía digna y de encargársela precisamente a Cristóbal Fernández.

“Lejos estaba yo –escribe el P. Cristóbal algunos años después- de semejante propuesta, ni para su aceptación y realización tenía preparación especial: no se me ocultaban sus dificultades, las inherentes a un trabajo de investigación tan extenso y complicado; pero, en una animosa corazonada de joven, la acepté…”. Y, en efecto, en julo de 1935 viaja a Cataluña, donde se pasará un año espigando en el archivo episcopal de Vic, en el de nuestra Casa Madre (que tenia por entonces unos 4000 documentos o colecciones), en el también riquísimo de la Provincia Claretiana de Cataluña, en el parroquial de Sallent, y en otros de menor importancia. En doce meses el autor revisó dos veces esa ingente documentación, de la que copió cuanto consideró de interés. Providencialmente, el 9 de julio de 1936 regresaba a su comunidad de Zamora, llevando consigo unos 20 kilos de fichas y documentos reproducidos. Pocos días después ardía mucho del material original por él revisado y reproducido.

Al no ser perturbada la ciudad de Zamora por las tribulaciones de la guerra civil, el P. Cristóbal puso de inmediato manos a la obra: ensamblar y redactar coherentemente el riquísimo material que había reunido. Y en esta ocupación se encontraba cuando el obispo de Zamora, pocos meses después de estallar la contienda, pidió voluntarios para capellanes militares; Cristóbal Fernández, dado su carácter impulsivo y sus convicciones religioso-patrióticas, fue el primero en ofrecerse. Anduvo por los frentes de la sierra del Guadarrama, donde corrió serios peligros: el ejército enemigo se apoderó de todo su bagaje, de su breviario, de algunos cuadernos de apuntes,… y ¡él mismo vio narrada su muerte en dos periódicos![7].  

Pero el Gobierno General no estaba de acuerdo con esta interrupción del trabajo encargado, y así, el 25 de febrero de 1937, el Secretario General le comunicaba de parte del Rmo. P. Maroto: “… que V.R. se debe ahora todo a la obra encomendada y que, por consiguiente, no vuelva al frente, para no poner en peligro su vida, de la cual exclusivamente depende ahora lo que tanto interesa al Instituto…”.

Obediente a esta indicación, retomó su trabajo, al parecer con muy buen método y organización. En el verano de 1937 le encontramos en el moralistado de Segovia aprovechando las vacaciones académicas de los estudiantes: Manuel Garde, Antonio Núñez Cariño, Julián Martínez Miquélez y Máximo González le ayudan a organizar papeles, le hacen de mecanógrafos, y todo cuanto puede cooperar a la buena marcha de la obra. Quizá el verano siguiente se continúa ese eficaz trabajo en equipo; el caso es que, en la primavera de 1939, el P. Cristóbal viaja a Roma llevando consigo el voluminoso manuscrito (unas 2000 páginas) de la Biografía Documentada del Beato P. Antonio María Claret, para “someterlo a la censura de los superiores y completarlo con interesantísimas investigaciones que sólo allí podían hacerse”.  

Cumplido este cometido, el Padre regresa a su casa-misión de Zamora, y, en el curso 1939-1940, además de su cooperación en los trabajos de la comunidad, da clases en el colegio Sagrado Corazón, de las Religiosas del Amor de Dios. Pero a finales de 1939 recibe destino del Provincial de Castilla a Villagarcía de Arosa (Pontevedra)[8]. Será un destino breve y no muy de su agrado, según manifiesta al P. Juan Postius en cartas confidenciales de 27 de noviembre de 1939 y 29 de enero de 1940. Había echado hondas raíces en Zamora.

El 28 de febrero de 1941 escribe al Rmo. P. Nicolás García indicándole la conveniencia de ser destinado a Madrid, pues, aunque personalmente “le es enteramente indiferente y enteramente igual”, en Madrid estará más cerca “de los dibujantes y el copista”. Por entonces la Congregación tiene sólo dos casas en Madrid: la generalicia de la calle del Buen Suceso y la que, en 1913, fundó la Provincia Bética en la calle Toledo, casualmente en el mismo lugar (aunque en nuevo edificio) en que había habitado la comunidad generalicia primitiva, que en 1906 se había instalado definitivamente en el edificio construido por la Congregación en la calle del Buen Suceso. El razonamiento presentado al P. General resultó convincente, pues pasado mediados de abril[9] de 1941 ya encontramos al P. Cristóbal incorporándose a la comunidad generalicia de Madrid / Buen Suceso, incorporación que será prácticamente “vitalicia”, y que coincide con la del P. Manuel Zurdo, coetáneo y condiscípulo suyo y con quien convivirá allí hasta 1968.

c.- Tortuoso camino hacia la imprenta

Entre tanto, en la Curia General se va leyendo y valorando el manuscrito; es decir, se va realizando la censura, que no es tan favorable como fuera de desear. Y el autor se preocupa en buscar algo de material gráfico que pueda embellecer la publicación. El 19 de mayo de 1940, desde Villagarcía, escribía al P. Juan Postius: “Indiqué a V. R. la conveniencia de que me enviasen de Roma algún material para ilustraciones de la vida, por ejemplo fotografía o reproducción de algún autógrafo interesante,… las fotografías referentes a las solemnidades de la beatificación, etc… y en general cuanto interesante exista en esa que no pueda hallarse en otros sitios. Paso a Barcelona a ver lo que resta de los álbumes que tenía el P. Blanch, o que había en Vich, porque escribo y no me contestan: habrá perecido casi todo. Hablaré también con algún dibujante, pues el Gobierno General me ha aprobado un presupuesto de unas 5000 pts. Si V.R., en medio de sus muchas ocupaciones, puede hacer que me sirvan algún material para ilustraciones a que aludo, le quedaré inmensamente agradecido”.

Y, lamentándose de la poco gratificante censura, continúa desahogándose con el P. Postius: “la redacción, casi no sé qué hacer con ella; el criterio de los miembros del Gobierno General es bastante unánime en pedir una vida ad usum Delphini, y así no se puede ir a ninguna parte, ni está en mi carácter: esa vida podrían encargarla a otro. El M. R. P. [Andrés]Resa me escribía textualmente el 23 de abril: ‘no conviene hacer resaltar demasiado las faltas de gobernantes… . Como se escribe la vida de un santo, conviene cierta sobriedad y formalidad con los personajes que intervienen, como con el P. Vilaró…( no sé a qué puede referirse). Si fuera para nosotros solos, todo podría decirse, y más claro… Nunca se ha de decir mentira, pero con frecuencia hay que opacar el mal con un velo’. Y más cerrado es todavía el M. R. P.[Ezequiel] Villarroya; y más aún el M.R.P. Secretario [Ramón Ribera], a juzgar por las conversaciones; y los M. RR. PP.[Julián] Munárriz y [Arcadio]Larraona difieren muy poco de estos sentires. Puede ver V.R. que ésta y otras cosas de por aquí no van a propósito para infundir aliento a quien quiere escribir una historia, en la que afortunadamente nuestro Padre sale realzado, como lo ven en cuanto la leen […]. Yo quisiera el criterio de técnicos o de aficionados a estos estudios, y no precisamente el de… [los puntos sucesivos son del original]. Por eso no me siento con ánimo ninguno de hacer más, pues debo de haber hecho ya más de lo que habrán de autorizarme”.

Al parecer, ese deseo de censores entendidos se lo expuso al P. General, pero no fue tenido en cuenta, pues en el Acta de Consejo General de 23 de julio de 1941[10] anota el Secretario: “B. P. Fundador. Aunque es conveniente que sean varios los Padres entendidos que vean la Vida Grande del Beato Padre escrita por el P. Fernández, para asegurar más la perfección de la obra, no puede aceptarse lo que éste propone sobre varios censores. Por parte de la Congregación ya está encargada la censura”.

Este tira y afloja nos permite hacernos una idea del sufrimiento del P. Cristóbal durante todo este tiempo. Sin embargo, a pesar de tanta reserva inicial, parece que el texto propuesto por él acabó siendo notablemente respetado, pues en el prólogo, redactado algún tiempo después, nos dice que la redacción que llevó a Roma en 1939 era “casi como aparece en las presentes páginas”. Pero el proceso fue lento y doloroso; en el Acta del Consejo General de 3 de abril de 1941 leemos: “El P. Cristóbal pide autorización para aprovechar una ocasión para obtener papel para las Vidas del Beato Padre. No estando todavía aprobado el original de las vidas, ni aún de la popular, cuya publicación se le urgió, es prematuro contratar papel”.

Se nos habla aquí de dos biografías, la extensa y la popular; efectivamente el autor, no sabemos si estando todavía en Zamora o en su año de Villagarcía, elaboró una especie de síntesis-extracto de su gran obra, que de hecho será lo primero en imprimirse; también la tienen ya en Roma.
            Pero a la gran biografía le faltaba por entonces no sólo el visto bueno de los censores; en realidad no estaba aún preparada para pasar a la imprenta, pues, entre otras cosas, estaba por elaborarse todo o buen parte del material gráfico. Durante el curso 1941-1942 el estudiante de la provincia de Cataluña Elías Mateu, en el teologado de Zafra, estaba realizando los dibujos a pluma que encabezarían los diversos capítulos. 

Por esos inicios de la década de los 40 se considera muy cercana la canonización del Beato P. Claret (sin percibir aún el entorpecimiento y retrasos que la guerra mundial originará para envíos de documentación y otros trámites) y el Gobierno General siente la urgencia de una biografía para el gran público; pero ¡no tiene claro a quién pedírsela! Esto demuestra la gran indecisión acerca de la obra del P. Cristóbal. En el Acta de Consejo de 22 de enero de 1941 encontramos esta determinación: “Debe encargarse la Vida del P. Fundador para la Canonización. Sobre quién la haya de escribir se han hecho varias propuestas o citado varios nombres, entre ellos el del P. Pugliese, salesiano, que se ofreció a escribir por su cuenta una Vida del Beato. Ha prevalecido sin embargo en el Consejo la idea, indicada por el Cardenal Verde, de que sea uno de los nuestros quien la escriba. Tal vez podría servir al efecto la vida popular o mediana, resumen de la extensa y crítica, que tiene ya redactada el P. Cristóbal Fernández, haciéndola traducir al italiano, o bien encargar a alguno de los Padres de Italia que haga otra Vida sobre la del P. Cristóbal”.

Y el asunto vuelve a tratarse en el Consejo del 7 de junio: “Vida del Beato Padre. Úrjase de nuevo la publicación de la Vida popular. Si el dictamen de los PP. nombrados para examinarla es favorable, pasen adelante en la impresión. Para la mediana se nombra una comisión formada por los PP. Rojas y García Bayón, los cuales enviarán un informe acá”[11].

El lector percibirá que las Vidas del P. Fundador compuestas por el P. Cristóbal ya no son dos, sino tres: la extensa, la mediana y la popular. Los años de la posguerra española son de gran carestía; falta de todo, incluso papel. Quizá ésta sea la causa de que, por el momento, se publique la biografía popular, la más breve, que es síntesis de síntesis, aunque bastante rica en grabados; se titula Flores Claretianas y como subtítulo se añade o rasgos biográficos del B. Antonio M. Claret; los imprimi potest llevan fechas de enero y julio de 1941, pero evidentemente la aprobación se dio algo más tarde. El libro aparece en 1942, tiene 300 páginas, y, en el prólogo, el autor habla  de las otras dos redacciones que posee y espera verán la luz algún día. Por el momento, quizá al ver que la canonización se difería, se abandonó la idea de hacer una traducción al italiano.

d.- La “Historia Documentada”.

            Tras estos avatares de los años 40-42, la gran biografía del P. Fundador parecía haber caído en el olvido, pero era un olvido más aparente que real. En efecto, desde finales de 1941 hasta inicios de 1947 apenas se celebran Consejos del Gobierno General, pues, anómala pero comprensiblemente, el Rmo. P. Nicolás García reside habitualmente en Madrid mientras la mayor parte de sus Consultores (inicialmente todos) están en la curia de Via Giulia. La guerra europea suponía muchos riesgos para los viajes del P. General, de modo que la casa de Buen Suceso, una vez reparados los grandes desperfectos causados por la guerra civil española, le resultaba mejor trampolín para sus frecuentes viajes a las provincias de España y América. Ello quiere decir que el P. General y el P. Cristóbal convivirán casi habitualmente; y no es posible que el asunto pendiente, la edición de la biografía, permanezca silenciado por principio.

            Dada la inexactitud de las fechas que figuran en la obra, no podemos saber cuándo se le concedió finalmente el imprimatur. El hecho es que, cuando el P. General deja definitivamente Madrid (31 de enero de 1947)[12] para reintegrarse a su curia de Roma, el libro está a punto de aparecer. Llevará por título EL BEATO PADRE ANTONIO MARÍA CLARET. HISTORIA DOCUMENTADA DE SU VIDA Y EMPRESAS. Consta de dos volúmenes de 1065 y 930 páginas respectivamente; no lleva fecha de impresión, y en nuestras bibliografías corrientes se lo suele datar en 1946, pero con toda seguridad no apareció hasta el año siguiente, ya que El Iris de Paz lo anuncia como gran y gozosa novedad en su número de 16 de febrero de 1947; y, aunque el P. Carlos E. Mesa, autor de tal anuncio y de la elogiosa recensión, deja la impresión de que la obra ya está en las librerías, por una alusión del Iris de Paz de 16 de octubre de 1948[13], quizá redactada por el propio P. Cristóbal, intuimos que el P. Mesa había visto la obra sólo en la imprenta y la consideraba de inminente aparición.

            Al P. Cristóbal se le había pedido –muy en consonancia con su propia inclinación-  que partiese de cero, o mejor, directamente de la documentación acreditativa, mucho más abundante en 1935 que en la época de los PP. Clotet y Aguilar. Tuvo a disposición, además de la Autobiografía y casi todos los libros publicados por Claret, una colección de 1200 cartas suyas (hoy poseemos unas 1800), el epistolario de D. Paladio Curríus (1170 cartas) y otras colecciones de documentos referentes a Claret y conservados también por éste su fidelísimo colaborador, el “Tesoro de Barriosuso” y Álbum de Tablares (730 documentos de Claret o relacionados con él, cuidadosamente coleccionados por D. Dionisio González de Mendoza y adquiridos por la Congregación en 1927), las declaraciones de los Procesos Informativos y Apostólico para la Beatificación, más otros muchos materiales conservados en el archivo primitivo de Vic y en otros archivos y hemerotecas. En definitiva, Cristóbal dispuso de mucha más documentación que sus predecesores; y -lo que no es menos importante- poseía el arte de hacer historia, tenía formación para ello; es admirable, por ejemplo, cómo supo ensamblar coherentemente materiales tan difusos e imprecisos como los que reúne en el capítulo titulado “El Ángel del Apocalipsis”. Por eso su obra –aun con algunas inexactitudes que ahora se perciben- sigue siendo, sesenta años después de su publicación, de obligada consulta para quien desee estudiar cualquier aspecto de la polifacética vida de Claret.

            El P. Carlos E. Mesa, al presentar la obra en el Iris de Paz, comienza diciendo que “corrían por ahí otros libros en verdad valiosos, pero, dada la figura del grande Apóstol, no pasaban de sencillos bosquejos: semblanzas biográficas, anecdotarios vulgarizadores, ensayos de psicología”; frente a ellos, la nueva publicación recibe una caracterización mucho más noble: “es una biografía moderna, de suerte que ella constituye hoy por hoy la última palabra de la investigación claretiana, acompasa y empalma con las exigencias actuales de la crítica histórica, y presenta al Beato Claret en todos aquellos visos y aspectos, procedimientos y prácticas de apostolado, que hoy se nos venden como lo último y lo moderno, cuando ya el apóstol del siglo XIX los había planeado y en gran parte realizado”[14].

            La publicación tuvo su resonancia también fuera de la Congregación. El diario “Ya” le dedicó una muy elogiosa columna en la que certeramente dice: “La obra documentadísima del P. Cristóbal Fernández no es una biografía más, sino un libro necesario, por dos conceptos: porque no había en verdad, que nosotros sepamos, una completa biografía del Padre Claret, y porque ésta es una obra ingente, toda de primera mano, en la cual el santo varón se nos define con perfiles auténticos a base de textos irrecusables”[15]. Y, meses más tarde, la autorizada revista “Razón y Fe” ofrecía una amplia recensión de la obra en la que, entre otras cosas, afirma: “Representa el actual un trabajo fuerte, y encierra una información abundante, a la que habrá que recurrir cuando se desee contar la historia eclesiástica de esta zona de nuestra patria, que no se halla en la obra aislada y escueta, sino marchando a la par de los sucesos políticos y de la vida entera de la nación. Posee el autor estilo noble y cierta contenida fuerza que tienen su encanto, y, aunque no lo pretende, se acusa un escritor de viva dicción castellana”[16].

            Algún capítulo de la obra suscitó cierta sorpresa y curiosidad incluso más allá de las fronteras españolas; es el caso de la actuación de Claret en cuanto confesor de Isabel II, de modo que al autor pronto “le llegaban algunas, pocas, pero caracterizadas cartas, interesándose por la relativa novedad de la exposición, a causa de la franca y leal resolución con que se trataba”[17]. Por tal motivo, volverá sobre el tema unos lustras más tarde, como veremos.

f.- Año de la Canonización. Las biografías menores

Por fin, en 1950, llegó la anhelada Canonización del P. Fundador, con motivo de la cual se reimprimió la biografía popular Flores Claretianas y se publicó por primera vez la de tamaño intermedio, que el autor tituló UN APÓSTOL MODERNO. Breve compendio de su vida y empresas. Contiene casi los mismos capítulos que la Historia Documentada, pero apretujados en 576 páginas en lugar de 2000. El autor indica en el prólogo que, comparada con El Beato, esta obra resulta “de menos difícil adquisición y lectura en tiempos duros de crisis y carestía y de vertiginoso vivir”.

En el mismo año 1950, costeada por la postulación, se editó también la traducción italiana de Flores Claretianas, con el título S.Antonio M. Claret. Profili ed istantanee (307 pp), traducida y prologada por el P. Ilario Lorente, cmf, quien advierte que, con esta obra, “el P. Fernández, que es autor de una monumental vida de Claret en dos volúmenes que vienen a sumar unas dos mil páginas, sólo ha pretendido ir recogiendo flor a flor, componiendo así, con ese rico anecdotario claretiano, un retrato de nuestro santo, pero en forma de mosaico”.

 Pero el P. Cristóbal deseaba realizar en España una propaganda aún más amplia y más al alcance del pueblo, por lo cual, todavía en el año de la Canonización, publicó una biografía de bolsillo, con el título Itinerarios de un Apóstol (160 pp.). El gran biógrafo claretiano supo, por tanto, aplicar a su obra la forma de acordeón, dándole cuatro formatos distintos pero con escasa diferencia de estructura.

A pesar de tanta variedad de biografías, en diversos estilos y tamaños, el historiador vocacionado sabe que la tarea nunca está concluida. Barrunta que hay vetas no del todo exploradas, por lo que seguirá husmeando por diversos archivos de Madrid y de otras ciudades y enriquecerá su saber especialmente sobre la obra apostólica de Claret en Palacio, en El Escorial y en otras instituciones del Madrid de su época. Los años 60 verán el fruto de esas ulteriores investigaciones.

PRIMERA DÉCADA EN MADRID. Los años 40. El Iris de Paz.

            Aunque nos habíamos situado ya en 1950, en realidad sólo lo hemos hecho por acompañar hasta su presencia en las librerías una obra cuya redacción estaba prácticamente concluida en 1939. Regresamos ahora al inicio de los años 40 para seguir la actividad del P. Cristóbal desde su establecimiento en Madrid. Como hemos indicado, se le concedió este destino a petición propia, en orden a mayores facilidades para agilizar la publicación de su gran biografía de Claret. Pero muy pronto le encontramos implicado de lleno en las múltiples tareas apostólicas de la comunidad de Buen Suceso.

a.- Ya no era la casa ni la comunidad de 1929

En aquel abril de 1941, hacía ocho meses que la comunidad (los supervivientes de la guerra más algunos destinados posteriormente) se había instalado en su antigua residencia, tras haber vivido casi año y medio en un piso alquilado en la calle Galileo, mientras en la casa de Buen Suceso se realizaban las reparaciones más imprescindibles de los desperfectos causados por la guerra[18].

Al P. Cristóbal el primer contacto con su nueva comunidad debió de resultarle estremecedor, al recordar lo que allí había conocido doce años antes. Faltaba el  Gobierno General, pues la curia había sido trasladada a Roma en 1934, y del Gobierno General por él conocido habían fallecido algunas “columnas”: los PP. Francisco y Antonio Naval y Félix A. Cepeda. Pero más sobrecogedora debió de hacérsele la ausencia de sus antiguos compañeros de comunidad que habían padecido el martirio: PP. Leocadio Lorenzo, Rosendo Ramonet, Emilio López, Juan Echevarría, Juan Iruarrízaga, Juan Manuel Fernández, y los HH. Pedro Vives y Casimiro Oroz. Al poco tiempo de llegar el P. Cristóbal fallecía, el día 2 de agosto, el célebre predicador y escritor, P. Salvador Esteban.

En lo que había sido Santuario del Corazón de María -dinamitado en diciembre de 1936- el P. Cristóbal encontró en pie algún trozo de pared y una de las torres (que servía de corral oculto para algunos animales domésticos con que la comunidad aliviaba la escasez de alimentos); lo demás eran montones de escombros. En substitución del Santuario se había habilitado provisionalmente, en el ángulo noroeste del segundo patio del inmueble, una capilla pública, en forma de L, que ocupaba aproximadamente lo que en la actualidad es el comedor de la comunidad de Juan Á. Mendizábal 67 y parte del salón parroquial contiguo; a esta capilla se accedía por patio abierto a la Calle J. A. Mendizábal, rebautizada en 1939 como Víctor Pradera, y, desde el 1 de enero de 1941, era sede de la nueva parroquia del Corpus Christi[19], erigida canónicamente el 24 de noviembre de 1940.

En la casa todo era precariedad y estrechez económica, hasta tal punto que en la biblioteca, a falta de mobiliario, los libros estaban en montones sobre el suelo. En esta situación el P. Cristóbal comienza de inmediato a ofrecer iniciativas. En julio de 1941 ya comenta el gobierno de la casa (PP. Anastasio Rojas, superior, y Mariano Fernández y Jesús García F.-Bayón, consultores) alguna propuesta suya para la mejor explotación de una finca agrícola que, hace unos meses, ha sido donada a la comunidad en el real sitio de La Granja; y en diciembre el mismo consejo sopesa ampliamente los pros y contras de su anteproyecto –el primero al respecto, y el que en parte acabaría realizándose- de edificar el nuevo Santuario del Corazón de María no en su antiguo emplazamiento del ángulo Buen Suceso / Mendizábal sino en el patio exterior, zona noroeste de la casa[20]. Visto su espíritu emprendedor y estudioso, muy pronto fue nombrado bibliotecario de la comunidad, cargo en el que fue confirmado en enero de 1943 por el nuevo gobierno local (PP. Eduardo Gómez, superior, y Heraclio Palacios y J. García F.-Bayón, consultores).

b.- Predicador en la capilla provisional

La actividad del P. Cristóbal iniciaba con buen pie; según la crónica de la casa, en la capilla-parroquia del Corpus Christi, “el día 21 de octubre, se empezó el triduo solemne a nuestro Beato Fundador, predicando en él el R.P. Cristóbal Fernández, autor de la vida de nuestro Beato Padre. Sus sermones fueron tan apropiados y tan llenos de noticias interesantes, que los fieles quedaron muy contentos” (Crón.Loc. t.I, p.136). Y algo parecido se nos dirá sobre las mismas fechas de 1946: “Los sermones del triduo fueron predicados por el R.P. Cristóbal Fernández, de esta comunidad, que dio muchos datos sobre su vida heroica para darlo a conocer a los fieles”.

Naturalmente no sólo se le encomendaban predicaciones de temática claretiana; ya en diciembre de 1941 predicó en el mismo lugar la novena de la Inmaculada. Y, en la Semana Santa de 1942, la crónica local deja constancia de una celebración extraordinaria: “El Via Crucis que se tuvo el Viernes Santo a las tres de la tarde, pues fue un Via Crucis predicado. Lo predicó el R.P. Cristóbal Fernández, llamando poderosamente la atención por la novedad y por el fervor” (t.I, p. 153).

Las predicaciones del P. Cristóbal no se circunscriben estrictamente a nuestra humilde capilla, aunque sea donde más abunden. A comienzos de 1943 le encontramos dando conferencias a la Juventud Femenina del consejo diocesano (Ib. p. 177) como preparación a la consagración de la diócesis al Corazón de María.

En la cuaresma de 1947 dirige sucesivamente tres tandas de ejercicios espirituales “en nuestra capilla-parroquia a las sirvientas, a las jóvenes y a las señoras”. Hacia final de la década el P. Cristóbal era el director de la asociación de San José de la Montaña, a la que, en marzo de 1949, dirigió y predicó la novena del Santo en nuestra capilla (ya no parroquia). Esas predicaciones continuarán menudeando hasta que, el 9 de marzo de 1952, se inaugure la actual iglesia de Ferraz y sea entregada por el Gobierno General a una nueva comunidad. Desde entonces la casa de Buen Suceso no volverá a tener capilla pública.

En abril del mismo año 1952 tiene lugar la Visita Generalicia a la comunidad y en el Acta les deja el P. Cándido Bajo, subdirector general, esta consigna: “con la división de esta comunidad en dos –una que atiende a la iglesia de Ferraz, que ha pasado a la provincia de Castilla, y otra que lleva las Revistas y Obras Generalicias, y que sigue en Buen Suceso 22- la constitución y funcionamiento de esta comunidad quedan notablemente cambiadas en su conjunto. Su misión es más bien nacional que local (…), un centro fecundo de apostolado de la pluma en todo el ámbito nacional con fuertes irradiaciones en el internacional. Ésta es la razón principal de mantener esta comunidad como Casa Generalicia[21].

c.- Sin abandonar nunca la pluma

Este apostolado de la pluma venía ocupando al P. Cristóbal desde su llegada en 1941. Además de concluir las biografías claretianas en marcha y de componer, por un compromiso de amistad, la biografía de la hoy beata M. Carmen Sallés[22], desde el otoño de 1941 le encontramos en el consejo de redacción de las varias publicaciones que, tras la interrupción violenta en 1936 y su acomodo provisional durante los años 1938-1939 en diversas casas de la llamada zona nacional, en 1940 habían vuelto a domiciliarse en Buen Suceso o en otros locales cercanos. Allí estaba ya la  editorial Coculsa y la redacción de Ilustración del Clero, Iris de Paz, y Tesoro Sacro-Musical; naturalmente había desparecido La Voz del Santuario, y la obra de La Buena Prensa, se habían incluido en el Iris. Además se había adjudicada a la casa El Misionero, que antes de la guerra se publicaba en Barcelona. En 1944 la comunidad fundaría Vida Religiosa.

En mayo de 1941 nace en el Iris de Paz la sección “Mirador”, que durará toda la década; salvo en su primera aparición, en que va firmada por el P. Manuel Zurdo, a partir de junio la firmará siempre “Hispanus” o “Hispano CMF”, seudónimo detrás del cual todos creen que se oculta Cristóbal Fernández con su peculiar “patriotismo”.

En la Visita Canónica realizada a la comunidad por el P. Julián Munárriz del 28 de noviembre al 12 de diciembre de 1941 se crea “un Consejo de Revistas. Estará formado por todos los RR.PP. Directores y Redactores de las Revistas domiciliados en esta casa, bajo la presidencia del R.P. Superior; éste nombrará libremente para secretario del consejo a uno de los vocales”[23]. La primera reunión de dicho Consejo tuvo lugar el 16 de diciembre, y a ella asistieron “además del presidente, R.P. Anastasio Rojas, los RR.PP. Jesús García F.-Bayón, Juan Mª Gorricho, Augusto Olangua y Babil Echarri, directores respectivamente de Ilustración del Clero, Iris de Paz, El Misionero y Tesoro Sacro-Musical, y los RR. PP. Jacinto Clavería, Ismael Sanpedro, Manuel Zurdo y Cristóbal Fernández como redactores. Leída el Acta de constitución del Consejo, el R.P. Presidente, usando de sus facultades, designó secretario al R.P. Cristóbal Fernández”[24].

Desde enero de 1942 se intensifica la presencia del P. Cristóbal en El Iris de Paz. Además del mencionado “Mirador”, tiene la sección fija “Flores Claretianas”, anecdotario sobre el Beato P. Fundador que prolonga una larga tradición de la revista cultivada antaño por los PP. Juan Postius, Juan Echevarría y José Santandreu. Muy probablemente sea también el P. Cristóbal quien se encarga de la sección “Estafeta del Iris”, especie de consultorio popular, que va firmada por “Fernán”. En este año el P. Cristóbal colabora esporádicamente en Ilustración del Clero con recensiones de libros.

En mayo de 1942 el “Consejo de Revistas” amplía su actividad a “Junta de propaganda pro templo”, es decir, a la búsqueda de recursos económicos; y en junio el P. Cristóbal es nombrado por el gobierno local auxiliar del P. Bayón en su cometido de “depositario de los fondos” que se van reuniendo para la reconstrucción del derruido Santuario del Corazón de María, cuyo desescombro acaba de comenzar[25].

Pero no todo va sobre ruedas en esa integración del P. Cristóbal en la redacción del Iris. Con los números de mayo del mismo año 42 aparecen por última vez “Flores Claretianas” y la “Estafeta” firmada por Fernán; en junio y julio la firma el director, P. Juan M. Gorricho, y en adelante el P. José Alonso de Ariño. En vez de “Flores Claretianas” reaparecen las “Narraciones Claretianas” del P. Máximo González. El capítulo local de Buen Suceso, en su reunión de 11 de agosto de 1942, deja constancia de que “era un hecho que los redactores no acababan de entenderse, porque el R. P. Cristóbal Fernández y el P. Permuy se negaban a escribir en la revista Iris de Paz. El capítulo acordó que se viera de armonizar las cosas para que cooperen los que deben cooperar y no dejen de desear a los suscriptores” (Actas, t. I, p.113).A pesar de esta toma de conciencia, por el momento nada cambió.

d.- Director de El Iris de Paz

En mayo de 1943 el P. Nicolás García, en visita canónica, establece los nuevos equipos de las revistas. El P. Cristóbal es nombrado Director del Iris de Paz, y tendrá como colaboradores inmediatos a los PP. Manuel Zurdo y Fernando Rodríguez-Permuy. Su espíritu de iniciativa se hace notar sin dilación; en la reunión del ‘Consejo de Revistas’ del mes siguiente, ya propone la publicación de un número extraordinario del Iris, “en este año de las consagraciones al Sdo. Corazón”, propuesta que es aceptada unánimemente.

Parece que se estrena como director con el número de 16 de julio, cuyo editorial se titula “Un Saludo” y anuncia algunos cambios en la confección de la revista. En ese número firma un artículo sobre la histórica visita del P. Claret, con los Reyes, a Santiago de Compostela en 1858, y en años sucesivos irán apareciendo algunos otros artículos, no muchos, sobre la vida y apostolado de Claret. Su inquietud de investigador y divulgador claretiano le lleva a nuevas propuestas en el ‘Consejo de Revistas’; en la reunión de mayo de 1945 expone la conveniencia de que la Sección Oratoria de Ilustración del Clero “presente las homilías en esquema; las de nuestro Bto. P. Fundador serían un excelente comienzo”.

Bajo su dirección, el Iris fue publicándose con regularidad cada quince días; pero pasó por serias dificultades económicas. En la ya mencionada reunión de mayo de 1945, el P. Cristóbal hace al consejo una propuesta innovadora y realista; considera que la publicación es cara para la situación española del momento, y, por lo mismo, su precio no puede aumentarse, por lo que propone hacer dos ediciones, que él llama “edición popular” (de 8 páginas, más económica) y “edición completa” (tal como se está publicando). Según él, el contenido de ambas ediciones debe abarcar los mismos apartados y tener el mismo carácter: “religioso, apologético, cordimariano, noticiario, amenidades, orientación patriótica”. El esquema es aceptado; lo referente a la doble edición se pospone a un estudio posterior y, finalmente, es desestimado.

El P. Cristóbal dirigió el Iris de Paz de forma muy discreta, mediante editoriales sin firma y con bastantes artículos bajo seudónimo. Tras seis años de asidua dedicación a la revista, el 1 de septiembre de 1949 se despide con un editorial titulado “Relevo en la guardia”, donde dice que en 1943 se efectuó un relevo que pedían las circunstancias y que “antes de muchos días se efectuará otro con el cambio de director, según las circunstancias también aconsejan”. En efecto, el 16 de septiembre saluda a los lectores, también anónimamente, el nuevo director, P. Luis Martínez Guerra.

SEGUNDA DÉCADA EN MADRID. Años 50. La Historia de la Congregación.

a.- El encargo

En 1949 se celebró el Centenario de la Congregación; y el Capítulo General de ese año pidió que se escribiese una Historia de la Congregación con las características de auténtica obra científica (quedaba muy lejos, y es de estilo más panegirista que crítico, la escrita por el P. Mariano Aguilar, por encargo del P. Xifré, en 1899). Ya años atrás, el P. Nicolás García, además de otros muchos claretianos, entre ellos el futuro superior general, P. Peter Schweiger, habían hecho al P. Cristóbal repetidas insinuaciones de que debiera emprender tal tarea, a las cuales él se había resistido. Le decían que, así como el P. Mariano Aguilar, después de la vida del P. Fundador, había compuesto la Historia de la Congregación, así era conveniente que él hiciese otro tanto. La comparación, de escasa fuerza persuasiva en sí misma, probablemente no agradaba nada al P. Cristóbal, dada su baja estima del P. Aguilar como historiador.

Pero en 1950 el P. Schweiger, desde su cargo de Superior General, intentando dar cumplimiento al desideratum del último Capítulo, hizo al P. Cristóbal “formales propuestas y fervientes apremios para que el encargo se aceptase. Esta vez no valieron razones en contra ni dificultades ni casi imposibilidades de ánimo y de salud, que todas se estrellaban como en muro berroqueño ante la voluntad y el juicio del nuevo Superior General” (Prólogo al vol I, p. 17).

b.- Condiciones y planificación

A nadie se le escapa lo que debió de costarle aceptar, si se recuerda la espinosa cuestión de las censuras para publicar El Beato. Pero el P. Cristóbal, aunque confiesa que “sus disposiciones y gustos literarios espontáneamente nunca corrieron por los caudales del género histórico”, deseaba servir a la Congregación; por lo demás –escribirá años más tarde en el prólogo- “eran tan generosas, tan amplias y tan cordiales las ofertas de ayuda… que aceptó el sacrificio inherente a tal encargo”.

Pero quedaba algo muy serio que “negociar”: la objetividad de la Historia que se le encargaba; la “amenaza” contra tal objetividad era doble: el hecho de ser el autor un miembro de la Congregación y el carácter oficial del trabajo encomendado, que se realizaría bajo el patronazgo de los superiores con el consiguiente riesgo de parcialidad a favor de la Congregación. De ahuyentar la primera amenaza se encargaba el propio P. Cristóbal, con su “temperamento y carácter mal avenido con disimulos, adulaciones ni falsías”. En cuanto a lo segundo, el autor y el Gobierno General “convinieron en que la futura historia fuese tan objetiva como completa, con fidelidad en la exposición, con lealtad en su interpretación, y también en su estructuración histórica”.

Lo primero que hubo de esclarecerse era el ámbito de esta historia. Ni el autor ni los superiores tenían la mentalidad del P. Aguilar, como para historiar lo que estaban viviendo; los expertos saben que la auténtica historia se hace sólo con perspectiva y ésta la proporciona la distancia temporal. Por lo demás, si aún viven personas implicadas en los hechos que se narran, el historiador carece de libertad para valorarlos. Y finalmente, mientras no ha transcurrido el tiempo suficiente, muchos documentos necesarios están todavía en manos de particulares y no en archivos. Por ello se acordó que esta historia abarcaría hasta 1912, año por lo demás en que tuvo lugar un Capítulo General, “con el que se cerraba –según el P. Cristóbal- el ciclo evolutivo y constitucional del Instituto”.

Desde sus primeras reflexiones, el autor percibió que esa historia de la Congregación (1849-1912) debía dividirse obligatoriamente en cuatro etapas: la primera hasta 1858 (fallecimiento del P. Sala e inicio del generalato del P. Xifré), la segunda hasta 1870 (fallecimiento del P. Fundador y aprobación definitiva de la Congregación), la tercera –con algunas subsecciones- hasta 1899 (fallecimiento del P. Xifré, último de los cofundadores), y la última hasta el mencionado Capítulo General de 1912. A pesar de este plan inicial, la distribución en volúmenes fue otra, pues el primero, único que llegó a publicarse, abarca hasta la muerte del P. Fundador.

c.- La realización.

El autor pone de inmediato manos a la obra. La crónica local de Buen Suceso registra frecuentes viajes del P. Cristóbal a diversas casas de la Congregación para investigar y tomar notas de archivos; él dice que reunió más de 50 quilos de fichas. Su temperamento nervioso le llevaba a trabajar deprisa, pero, afortunadamente, no le impidió ser un excelente organizador de trabajo en equipo. En mayo de 1951 “sale para Zafra y otras localidades béticas en búsqueda de documentos y noticias para su Historia” (t.I, p. 434), y en junio, “por motivo de su Historia de la Congregación, marcha a Valls, Barcelona y Santo Domingo de la Calzada” (p. 439).

Como cuando escribía El Beato, también ahora aprovecha el período vacacional de los teologados para recabar ayuda material de los estudiantes en tan gran empresa. Algunos de aquellos estudiantes recuerdan bien aquel afanoso copiar y organizar documentos a las órdenes del experto historiador. Nos dice el P. Ángel Martín Sarmiento, desde Sevilla: “En el verano de 1951 al último curso de teología de Zafra nos llevaron a concluir la carrera en Valls, para ordenarnos en el congreso eucarístico ya en mayo del 52. Recuerdo perfectamente que, de paso para Valls, hicimos un alto en Sigüenza durante un mes, y allí nos dedicamos a transcribir a mano documentos para los trabajos del padre Cristóbal en su tarea de la historia de la congregación. Estuvimos trabajando con la pluma durante todo un mes”.

Igualmente testifica el P. Segundo Alonso, desde Canadá: “En el verano de 1951 o 1952, el P. Cristóbal llegó al teologado de Sto. Domingo de la Calzada con una maleta de documentos que él había sacado de los archivos y de los cuales quería guardar una copia para después enviar los originales a su archivo de origen. Se formaron varias parejas de trabajo (uno para dictar y otro para dactilografiar). El alto Gabino Pérez y el esmirriado Segundo Alonso dactilografiamos la correspondencia entre el P. Xifré y el cardenal Lavigerie sobre los problemas de la fundación de Argel. Por cierto que casi nos escandalizamos de la violencia de algunas de esas misivas. Como nosotros, hicieron los otros equipos”.

En conjunto fueron más de cien los colaboradores del P. Cristóbal en esta obra colosal; él confiesa que, gracias a esta multitud de auxiliares, “se avanzaba increíblemente en un trabajo que hubiera bastado a ocupar, sin tanto fruto, la vida entera de un hombre”. Y es llamativo cómo el historiador compatibilizaba ese cometido con otros bien dispares; al comienzo de los años 50 le encontramos impartiendo clases en el Colegio de la Asunción, de la madrileña calle Serrano.

En la primavera de 1952 anda investigando archivos por Cataluña, lo que le permite asistir, junto con otros miembros de su comunidad, al congreso eucarístico de Barcelona. En diciembre del mismo año, por el mismo motivo, viaja a Roma, de donde regresará, enfermo, en abril de 1953: “viene de Roma averiado en su salud el R. P. Cristóbal Fernández, que lleva entre manos la composición y redacción e la Historia de la Congregación… quem Dominus sospitem faciat” (Crón.Loc. t.I, p. 475).

En julio de 1954 llegó destinado a Madrid / Buen Suceso el P. Javier Villanueva con la única misión de ayudante del P. Cristóbal; parece que no le resultó fácil soportar la impetuosidad de su “jefe”, por lo que permaneció sólo un año en su compañía; el 8 de agosto de 1955 marchaba destinado a Centroamérica. Pero ya el 11 de julio había llegado, con la misma misión, el P. Pascual Bueso; éste perseveró hasta el final, y, habiendo concluido sus trabajos de copista a comienzos de 1958, continuó en la comunidad generalicia. En abril de 1960 se le destinaba de nuevo a su Provincia, pero el gobierno local de Buen Suceso le “reclamó” para que siguiese colaborando “en las  múltiples obligaciones y cargas ministeriales de esta comunidad”, en la que se le encomendaron algunas de cierta envergadura económica (cf. Act., t.II, pp. 236 y 259). En 1963, cuando regrese no ya a su originaria Provincia de Cataluña, sino a la recién creada de Aragón, parece que no todos recordaban cuál había sido su primer cometido en Madrid, de modo que el cronista local, P. Hilario Apodaca, tiene que hacer historia: “durante varios años ha estado realizando en esta Casa los más variados oficios sacerdotales. Vino para ayudar al R. P. Cristóbal Fernández en su encargo de escribir la Historia de la Congregación” (t.II, p. 86).

El P. Cristóbal estuvo investigando nuevamente en el archivo general de Roma  en el otoño de 1957, del 20 de octubre al 19 de diciembre; esta ausencia de Madrid fue providencial, pues le libró del contagio de la “gripe asiática”, que en esos meses padeció gran parte de su comunidad.

A principios de 1958 ya se concluyó la redacción de la Historia de la Congregación, de la que se llevó a Roma una copia en orden a la censura definitiva y con la esperanza de su pronta publicación. Tal como dirá en el prólogo de la obra, “tenía interés el autor en atender a la explicable curiosidad de muchos, y en ofrecer a los miembros del entonces ya próximo Capítulo General de 1961 un conjunto de informaciones y de datos que, desconocidos y casi inaccesibles para la mayoría (…), eran, no obstante, de posible trascendencia en estudios, deliberaciones y acuerdos de tan importante Asamblea” (p. 28).

En julio de 1959 llega a Madrid / Buen Suceso el R. P. J. Girabal “para el trabajo artístico de la Historia de la Congregación” (Crón.Loc. t.II, p.16). Pareciera que se estén dando los últimos toques, pero la espera será todavía larga, y, en parte, indefinida.

d.- Censuras y aplazamientos

            De ellas habla largamente el propio P. Cristóbal en el prólogo. Hubo una censura simultánea con el trabajo de redacción y buscada por el autor: para ciertos capítulos sometió su escrito al juicio de personas cercanas a lo que se narraba, o que habían conocido a quienes lo habían vivido; “resultado de estas y otras parciales censuras fue, sin una sola excepción, el reconocimiento de absoluta objetividad de los hechos y su ambiente, nada extraño, por otra parte, cuando son documentos contemporáneos los que reflejan las situaciones o encauzan las narraciones” (p.29). Algunos capítulos, especialmente los referentes a la casa de Madrid (sucesivamente en las calles de Toledo, Colegiata y Buen Suceso), fueron leídos en el comedor de dicha comunidad, y no siempre recibieron el aplauso general, debido más bien al criterio de lo edificante que a motivos técnicos o de objetividad. El autor no debió de tomarlo dichas valoraciones muy en consideración.

La censura oficial fue confiada por el P. Schweiger preferentemente a miembros de su gobierno o misioneros de reconocida probidad. El P. Cristóbal lamenta que fue “encargada a hombres buenos, no a técnicos precisamente ni a especialistas en historia o en historiografía en general, pero ni siquiera en particular de esta general Historia, sino más bien con preocupaciones que desorbitan la principal incumbencia del historiador en la objetiva fidelidad respecto de todo lo historiable” (ib.).

Por la correspondencia conservada en el archivo general sabemos que ya en mayo de 1956 el P. Ramón Pujol emite un informe, más bien breve y bastante positivo, sobre lo hasta entonces realizado; pero por esas misma fechas da su informe también el P. Alberto Goñi, el cual es más reticente. El P. Cristóbal lamenta que al P. Pujol no le volvieron a encomendar trabajos de censor. Quizá se refiera el autor a estos dos censores cuando dice: “uno de los cuales, sin encontrar nada que oponer, antes mucho que elogiar, a lo que personalmente conocía, de Italia, Portugal, Brasil, etc, respecto de lo no conocido se muestra indeciso y medroso, y pone reparos de carácter general, más bien de gusto y apreciación personales que de índole histórica. El segundo censor, después de aprobar y elogiar grandemente las partes primera y segunda del libro, recomendando su rápida impresión, después, cuando el P. Xifré aparece en escena, todo lo cree intolerable respecto de esa persona, disgustándole por consiguiente las formas y el mismo contenido de los relatos” (p.31).

En carta personal al P. Schweiger, le dice que el P. Goñi tiene para con el P. Xifré “una animadversión del todo injustificada”. Son momentos de auténtica zozobra respecto de cómo seguir adelante. En carta del 26 de octubre del mismo año 56, el autor pregunta paladinamente al P. General: “¿Se mantiene el encargo y el criterio de una verdadera Historia General, completa y objetiva? O, al contrario, ¿ha de hacerse una historia ‘ad usum Delphini’, que sea y se llame otra cosa? Consiguientemente, ¿qué reparos de los censores adopta en firme V. Rma. a los que yo deba dar explicaciones o que deba aceptar sin explicación alguna?” Y añade unas frases de resignación personal que, casi al pie de la letra, repetirá en carta al P. Cándido Bajo el 16 de febrero de 1960: “Aunque acepté el encargo tan a la fuerza, y lo he llevado con tanto esfuerzo y tesón, absorbido por él totalmente, no me importaría que no se publicase: tengo muchos defectos; pero éste de la tonta vanidad, ni del afán de algunos de publicar y editar, creo que no”.

En los años siguientes realiza algún trabajo de censor el P. Fabregat, según se desprende de una carta que dirige al autor en octubre de 1958 en la que presenta algunos reparos. Pero más debió de dolerle al P. Cristóbal el hecho de que el P. Schweiger en cierto modo se apuntase a esa censura de la Historia: “No se debe publicar en ella lo que, lejos de enseñar o construir o edificar, pudiera ser de escándalo con daño para la misma Congregación, a la cual se destina en primer término la Historia que se va a publicar” (carta del 29 de octubre de 1958).

En respuesta a las primeras censuras, “propuso el autor que se encargasen otras a sujetos más competentes, más técnicos y más informados, quienes, habida cuenta de las censuras mencionadas y de las respuestas y explicaciones ofrecidas, examinasen nuevamente la obra y diesen un fallo definitivo que el autor acataría en orden a la cuestión práctica de la impresión del libro (…). Las censuras de ambos, favorables a la obra y a su pronta publicación, eran además, de carácter constructivo, sin que concretamente sobre el P. Xifré expusiesen el menor reparo ni empleasen significativas reticencias” (pp.31s). No encontramos constancia sobre quiénes hayan sido estos dos nuevos censores.

Ciertamente cuantos conocimos al autor sabemos que idolatraba al P. Xifré; pero esto pudo ser resultado de su estudio más bien que prejuicio que lo viciase. El P. Cristóbal lamenta que algunos censores le critican “la no disimulada complacencia con que hace resaltar tan egregia figura, ¡como si cuanto se dice del P. Xifré no estuviese documentado! ¡como si tendenciosamente se omitiese algo, incluso de lo adverso a aquel grande hombre, cuando todas las censuras y acusaciones contra él se reproducen, aunque, como es debido, también con las oportunas justificaciones y descargos, y ello no a cuenta del autor de esta Historia, sino de testigos tan excepcionales como el P. Serrat!” (p.31)[26].
            En el Capítulo General de 1961 (abril-mayo), la comisión de Secretaría y Archivos[27] presentó la cuestión de la Historia Documentada, abogando por su publicación, y todo el Capítulo se mostró favorable. Según carta del P. Ireneo Díez al P. Cristóbal fechada el 26 de mayo de 1961, “se escogieron algunos capítulos para lectura en el refectorio, y gustaron muchísimo”. La comisión sugirió que la Historia fuese algo más breve, que quizá podría detenerse en el año 1900, a la que se podría añadir un suplemento somero que abarcase hasta el año del centenario, y que fuese más “ad aedificationem” que “ad destructionen”, para lo cual “dos censores de juicio ponderado” podrían encargarse de suprimir lo que pudiera ser menos edificante. De esta última propuesta disintió un solo capitular, el P. Teófilo Ibarreche, defendiendo “que se debería suprimir lo menos posible, para no restar nada a la objetividad que debe tener una historia documentada”; pero en contra de este parecer intervinieron cuatro capitulares (dos de ellos del Gobierno General cesante) apoyando la propuesta de la comisión[28].

En cumplimiento de lo acordado, el 17 de junio de 1961 reciben el nombramiento de censores los PP. Eduardo Fabregat y Cándido Bajo; éste figura como el principal y enviará al Gobierno General un amplio informe el 2 de febrero de 1962; es de tono muy positivo, sugiriendo predominantemente pequeñas correcciones de detalle, y, claramente en defensa del autor frente a otros censores, dice algo muy significativo: “no obstante su manifiesta simpatía y grande admiración por la persona y actuación del Rmo. P. Xifré, nos le presenta tal cual es, con sus virtudes y defectos, sin disimular sus actuaciones menos acertadas”. Seguirán cuatro años de silencio, o quizá más bien de indecisión, sobre qué hacer con el voluminoso manuscrito.

TERCERA DÉCADA EN MADRID. Años 60. Ocaso con arreboles

En la primera mitad de la década, a pesar de contratiempos con la salud, el Padre Cristóbal sigue trabajando asiduamente. Mientras las indecisiones apuntadas difieren sine die la publicación de su magna Historia, él continúa haciendo reelaboraciones de la misma. De los cinco volúmenes en 4º mayor que él prevé que ocupará aquella, hace un compendio, pensando en un público más amplio que la Congregación, y por tanto más de divulgación, con menos aparato crítico, aun sin renunciar a que sea “documentado”. Y no se trata de una “obra menor”, pues, cuando se imprima, llenará ampliamente las 1800 páginas de dos volúmenes en 4º.

Realiza el autor todavía otra síntesis más reducida, destinada a ser traducida al francés y quizá a algún otro idioma, habida cuenta de la internacionalización de la Congregación en los años 50. Como el compendio anterior, queda en manos de los censores y depositada en los archivos oficiales de la Congregación, esperando el día en que se le dé luz verde hacia la imprenta.

a.- Nuevas publicaciones

La primera obra que edite el P. Cristóbal en esta década estará dedicada a las misiones de Guinea. El motivo fue la celebración en 1958-59 de los primeros 75 años de presencia claretiana en aquellas latitudes; en los diversos festejos conmemorativos se echó de menos la presentación de una información amplia y seria sobre tanta epopeya en la selva ecuatorial. Se habría deseado la composición de una historia ad hoc, pero el P. Ramón Pujol, Consultor General y Prefecto de Misiones desde 1949 hasta 1961, comprendió la dificultad de tal empresa y optó por una solución más factible. Conocedor –y censor favorable, como hemos visto- de la Historia de la Congregación, tuvo la feliz idea de que de ella se entresacasen los amplios capítulos dedicados a Guinea. El autor accedió gustosamente y, “con la competencia que le caracteriza, entresaca lo concerniente a las misiones de Fernando Poo, llenas de historia heroica y abnegada, y que muestra la ingente labor realizada por los Misioneros”[29]. Naturalmente hubo de hacer algunos retoques para mejor engarzar los diferentes capítulos y que resultase una historia unitaria y coherente. Así apareció la obra MISIONES Y MISIONEROS EN LA GUINEA ESPAÑOLA. Historia Documentada de sus primeros azarosos días (1883-1912). Ed. Coculsa, Madrid 1962; 817 pp.

A pesar de su voluminosidad, el autor consideró la publicación como destinada a amplia divulgación, por lo cual no incluyó aparato crítico propiamente dicho (que los miembros de la Congregación podrían consultar en su día en la Gran Historia), aunque sí amplia documentación acreditativa de cuanto allí se narra. Como la Historia de la Congregación, ésta de las misiones guineanas es “general y completa”, tan rigurosa como aquella de que formaba parte, y, como ella, llega solamente al año 1912.

Tras la composición de El Beato y sus compendios, el P. Cristóbal no había abandonado, ni mucho menos, sus investigaciones sobre Claret. Reconociendo que, debido a las circunstancias de los años 30, no pudo decir todo lo que sabía sobre su actividad en la época de Madrid, y habiéndose adentrado por archivos no accesibles veinticinco años antes, decidió componer una monografía que ampliaba lo allí expuesto: EL CONFESOR DE ISABEL II Y SUS ACTIVIDADES EN MADRID. Ed. Coculsa; Madrid 1964; 517 pp. El cronista de la comunidad, P. Hilario Apodaca, con alguna inexactitud, informa: “el P. Cristóbal acaba de publicar su obra sobre el Santo Fundador ‘El Confesor de la Reina Isabel II’, de que comienzan a hacerse eco los críticos. Coincide con el centenario de la estancia en Madrid de nuestro Padre” (t.II, p. 94).

En 1963 se celebró el cuarto centenario de la fundación de El Escorial, y los Religiosos Agustinos, sus moradores, decidieron realizar una publicación colectiva sobre diversas facetas y avatares de la historia del Monasterio. Naturalmente al P. Cristóbal se le pidió una colaboración acerca de la actividad del P. Claret en El Escorial; él la tituló  EL PADRE  CLARET, RESTAURADOR DE LAS EMPRESAS FILIPINAS ESCURIALENSES[30].

b.- Luz “ámbar” para la Historia de la Congregación

Quizá cuando el autor menos lo esperaba le llegó de Roma no ya una autorización, sino casi un “apremio”. En efecto, en el Consejo General de 11 de abril de 1966, pensando en el Capítulo General Extraordinario que habría de celebrarse en 1967, con la obligada “vuelta las fuentes” que pedía el Concilio concluido unos meses antes, se determina: “Historia de la Congregación. Con vistas al Capítulo General y al Centenario de la muerte de N.S.P.Fundador, se reconoce la conveniencia de activar la publicación de la Historia de la Congregación escrita por el P Cristóbal Fernández, comenzando por el ‘Primer Tomo’, que puede ser de gran utilidad para el Capítulo y para el estudio de algunas cuestiones relacionadas con el origen y los primeros tiempos de la Congregación. En este sentido se escribirá al autor para que procure imprimirla cuanto antes”. El Secretario General, P. Ireneo Díez, comunica inmediatamente al P. Cristóbal lo acordado en el Consejo, con expresiones de premura: “Debe publicarse cuanto antes el Primer Tomo (…), de modo que salga en todo caso antes del Capítulo General (…). Ahí está uno de los censores (C. Bajo) por si hay algún punto dudoso”.

Este encargo oficial pudiera haber ido precedido de alguna indicación oficiosa, pues en el mes de marzo ya encontramos al autor redactando el prólogo a la obra, con el que, naturalmente, comenzará el ‘Primer Tomo’. En ese extenso prólogo explica el origen del gigantesco trabajo realizado, su estructura y pretensión, método seguido, problemas con la censura, etc.

En el Consejo General del 5 de mayo se vuelve sobre el asunto: “Historia de la Congregación. Se da cuenta de que nuestra Imprenta ‘Héroes’ se ha mostrado dispuesta a imprimir el ‘Primer Tomo’ de la Historia de la Congregación. El autor quiere imprimir también seguidamente todos los demás, y un Resumen de todo. De momento, sólo se autoriza la impresión del primer Tomo y del Resumen; todo bajo la censura y la responsabilidad del M.R.P. Bajo. Este Resumen convendría traducirlo enseguida a otras lenguas que más interesen a la Congregación, acomodado a cada país”.

En el autor tuvieron que surgir sentimientos encontrados; se le concedía algo, pero no todo lo que él hubiera deseado. Comenzó inmediatamente a dar los últimos retoques a la obra para llevarla a la imprenta, de modo que en el otoño de ese año ya entregó el manuscrito del Primer Tomo; y en el Consejo General de 13 de febrero de 1967 “se aprueba el formato y presentación general de la muestra de la Historia de la Congregación”. Sin pausa de descanso, el autor se entrega a ultimar igualmente el manuscrito del “Resumen”, de que hablaba el Consejo General y que ya llevaba años redactado. En este trabajo estaba enfrascado cuando, el 13 de diciembre, le sobrevino una trombosis que no le permitió revisar una línea más; ese resumen, llamado en adelante “Compendio”, acabó de prepararlo el P. Eutiquiano García, quien lo entregó a la imprenta a primeros de 1967.

La imprenta realizó su trabajo con rapidez, pues en Annales de marzo-abril ya se da cuenta de la aparición del “Primer Tomo”, en 4º mayor, y antes de acabar el año verá la luz el “Compendio” en dos volúmenes en 4º. Suponemos que algún hermano de comunidad habrá mostrado al autor, ya gravemente enfermo, estas sus criaturas postreras, en cuya gestación tanta energía y cariño había invertido.

 Extrañamente la edición de estas obras no fue considerada “noticia” para la dirección de Annales, que simplemente las anuncia junto con cualesquiera otras publicaciones de los CMF en el apartado “Bibliografía” o “Preli Apostolatus”. Al “Primer Tomo”, o LA CONGREGACIÓN DE LOS MISIONEROS HIJOS DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA. Noticia e historia general documentada de sus primeros sesenta y tres años de existencia (1849-1912). Vol. I. Ed. Coculsa. Madrid 1967; 780 pp., le dedica dos columnas de presentación, con algunas inexactitudes y con elogios muy comedidos; parece que sigue cerniéndose el fantasma de la censura. Extractamos algunos párrafos:

“Se ha convertido en feliz realidad, por lo menos en parte, el gran anhelo de los hijos de la Congregación. Ha salido la historia documentada, que sucede a la del P. Mariano Aguilar (…). Constaría de una serie de cinco voluminosos tomos, de los que aparece uno, que comprende desde la fundación hasta 1870 (…). El resumen de toda la historia, condensada por el autor mismo en un solo volumen, aparecerá en breve (…).

No creemos, desde luego, estar capacitados para emitir, al menos por ahora, un juicio sobre el valor intrínseco de la historia, ni sobre los criterios seguidos por el autor (…). El papel y la impresión, en grandes y nítidos caracteres, son excelentes (…).

Terminamos deseando al autor el pronto y completo restablecimiento de su quebrantada salud”[31].

La aparición del “Resumen” o LA CONGREGACIÓN DE LOS HIJOS DEL INMACULADO CORAZÓN DE MARÍA. Compendio histórico de sus primeros sesenta y tres años de existencia (1849-1912). Ed. Coculsa. Madrid 1967; 2 vol. 981 y 825 pp., la anuncian los Annales con retraso (número de enero-mayo 1968) y sin presentación alguna[32].

No obstante esta pobreza de propaganda interna, estas obras aparecieron todavía en los tiempos de “lectura en el comedor” y probablemente fueron leídas o escuchadas por casi todos los claretianos hispanohablantes, que eran la gran mayoría de la Congregación de entonces. Con ellos terminaba el servicio publicista del P. Cristóbal; en el archivo general y en el de la curia provincial de Santiago quedan custodiados los manuscritos de lo no publicado, para servicio de futuros estudiosos e investigadores.

ADMINISTRADOR FIEL Y SOLÍCITO

            Su ocupación predominantemente intelectual no hizo del P. Cristóbal una de esas personas que se suele decir que no tienen los pies sobre la tierra. El P. Manuel Zurdo, en la ya citada nota necrológica, mencionaba expresamente sus “valiosos servicios económicos al Instituto”. En este apartado el nombre del P. Cristóbal va indisolublemente unido al de los hermanos De la Mata-Linares, D. Luis y Doña Gloria, fundadores de nuestra casa-colegio de San Vicente de la Barquera (Cantabria) en 1926. Estos dos hermanos, solteros, vivían habitualmente en Madrid (excepto en verano), por más que su casa solariega y muchísimas posesiones radicaban en San Vicente y alrededores.

No sabemos de cuándo databa la amistad de esa pudiente familia con la Congregación; el hecho es que, habiendo construido por su cuenta aquel colegio con la perspectiva de entregarlo a algún instituto de Hermanos docentes, al no conseguir esto, lo ofrecieron a nuestra Congregación, oferta que aceptó gustosamente el gobierno del P. Nicolás García.

            Como fundación que era, los dueños ponían el colegio en nuestras manos y le asignaban un capital de cuyos intereses habrían de vivir los Misioneros que allí atendiesen gratuitamente a los niños de la población. Durante bastantes años fue el P. José Dueso, de Madrid / Buen Suceso, quien se encargó de cultivar las relaciones de obligada gratitud y amistad con esta familia. Pero parece que, casi desde su llegada a Madrid, entró en esa misma relación el P. Cristóbal. El P. Dueso falleció en febrero de 1943, y a partir de entonces será el P. Cristóbal, durante más de 20 años, el vínculo entre los hermanos De la Mata-Linares y la Congregación. En 1944 falleció también D. Luis de la Mata, y Doña Gloria entregó la administración de sus grandes posesiones (varios inmuebles en Madrid, además de sus fincas en Cantabria) a un sobrino, D. Ignacio Sánchez de la Mata, que poco tiempo después la engaño y le hizo una gran estafa, quedándose él con bastantes de las propiedades de Doña Gloria.

Desde ese momento, con la anuencia de los Superiores, será el P. Cristóbal el administrador de todo, y –a juzgar por la correspondencia que se conserva- se las tendrá muy tiesas con D. Ignacio, aunque, al parecer, no conseguirá recuperar nada. Atendió espiritualmente a Doña Gloria, orientándola (en realidad ya lo estaba) por el camino evangélico de la acción benéfica, la obra social, la limosna… practicado esto no sólo con nuestra Congregación, sino también con otras instituciones. De acuerdo con el P. Cristóbal, hombre de toda su confianza, realizó su testamento dejando a la Congregación casi la totalidad de lo que le quedaba (había dado ya mucho en vida), con el criterio que ella –que vivía en una impresionante austeridad- con frecuencia enunciaba: “todo para Dios y para obras buenas”.

            Con la reestructuración de Provincias en 1950, la casa de San Vicente quedó en la nueva Provincia de Cantabria, mientras que las relaciones de la Fundadora y del P. Cristóbal eran predominantemente con Castilla. A partir de este momento, las ayudas de Dª. Gloria a la Congregación iban a canalizarse en triple dirección: a Cantabria, a Castilla y a la casa de Buen Suceso. En algún momento parece haber existido una tensión callada entre la comunidad de San Vicente y el P. Cristóbal, ya que en aquella casa se pasaba necesidad –el capital fundacional era exiguo- y algunos grandes donativos de Dª. Gloria que podrían haberla aliviado iban a otros destinatarios. Un testigo dice que el P. Cristóbal, ameno conversador en sus descansos veraniegos en la comunidad de la villa cántabra, “nunca hablaba de la economía de la fundación”. No obstante, es obligado recordar aquí que alguna parte del capital de Dª. Gloria el P. Cristóbal la orientó a becas para postulantes procedentes de aquel colegio y parroquia (asumida ésta por la Congregación en 1941). Y, ya en los años 60, acrecentó notablemente el capital fundacional de San Vicente, de modo que colegio y comunidad pudiesen cumplir su cometido con desahogo económico.   

            Al celebrarse los 40 años de aquella fundación, en una breve historia de la casa,  en el apartado dedicado a los bienhechores, escribe el P. Jerónimo G. Merayo: “Nos es familiar también el nombre de nuestro P. Cristóbal Fernández, sin el cual creemos que esta fundación no hubiera salido a flote. Con su interés y desvelo se captó totalmente la voluntad de la Fundadora. Acrecentó con su talento económico enormemente los bienes que le quedaron después de la gran rapiña de que fue presa. En vida y en muerte se los administró sin que le faltara nada en ninguno y sin que nada se desperdiciara. Y, a su muerte, ha consolidado firmemente las Bases de esta Fundación”[33].

También la crónica de la casa de Madrid / Buen Suceso (t.II, p. 91), a raíz del fallecimiento de la Señora (2 de febrero de 1964), deja constancia de algunos objetos que han llegado a la comunidad: “Como recuerdo de Dª. Gloria, Fundadora de nuestra casa de S. Vicente de la Barquera y bienhechora insigne de la Congregación, el P. Cristóbal, su administrador, ha obsequiado a la capilla con un Santo Cristo que ha sido colocado en el lienzo de la pared a la izquierda. También son regalo de la misma bienhechora varios cuadros de valor, que se han colocado en el comedor de la comunidad. También se inauguró el día 18, onomástico de nuestro P. Superior, el busto de nuestro Santo Padre en el patio central. Es regalo-recuerdo de la misma Doña Gloria, trabajado por el artista (sic!)”.  

No fueron los bienes de la familia Mata-Linares los únicos administrados por el P. Cristóbal a favor de la Congregación. En mayo de 1948 fallecía D. Dionisio Gómez Herrero, acaudalado caballero que poseía una casa de veraneo en La Granja, mansión provista de capilla que, desde hacía algunos años, venían atendiendo Padres de la Comunidad de Buen Suceso. En su testamento dejó buena parte de su herencia a la Comunidad (más tarde se aclaró que propiamente lo dejaba al Gobierno General); lo más importante de la misma fue una casa de varios pisos en Madrid, calle Alberto Aguilera nº 70; junto con ella se recibía también un capital en metálico. La administración de esta herencia en su conjunto, con la que se formó un patronato de beneficencia para evitar algunos impuestos, llevaba consigo ciertas complicaciones, debido a que, en el usufructo, tenían parte unas sobrinas del testador. El administrador fue inicialmente el P. Juan Ruiz Stengre, especialmente cercano al fallecido bienhechor; pero desde 1950 hubo de hacerse cargo el Ecónomo de la casa; para aliviar a éste en sus quehaceres, en abril de 1953, el superior de la Comunidad, P. Máximo Peinador “envía una solicitud a Roma sobre la casa de D. Dionisio, suplicando al Gobierno General se encargue de la dirección y administración de dicha casa el P. Cristóbal, que lleva otras casas del Gobierno General” (Act. Gob. Local, II, p. 116)[34].

¿CÓMO ERA EL P. CRISTÓBAL?

            Físicamente más bien poca cosa; menudito de cuerpo y no muy boyante de salud. Sólo pasados los 50 años tiene un ligero aumento de peso, pero siempre lejos de la obesidad. Muy propenso a catarros, padeció de amigdalitis la mayor parte de los inviernos, hasta que finalmente le operaron a la edad de 37 años. Su maestro de novicios dice en un informe: “aunque es de constitución algo débil y raquítica, está bien de salud. Tiene muy mala dentadura”. Desde pequeño padeció de miopía, que fue en aumento, hasta el punto de que en 1963, con 65 años, Roma le concedió la conmutación del Oficio Divino “in alias quotidianas preces ab ipso Superiore Generali determinandas”. Podemos imaginarnos lo fatigoso de su trabajo como escritor por esa época; a pesar de ello, conservó hasta el final su buena escritura, elegante y rectilínea. Desde su época de estudiante tuvo cejas y barba muy canosas, que suele interpretarse como signo de un cierto envejecimiento prematuro.

Gracias a un chequeo médico que se hizo en 1951 (53 años), nos ha quedado un historial bastante detallado de ese momento y de años anteriores. Llevaba tiempo notando gran pérdida de energía, cansancio, disminución en su capacidad de trabajo. Algunas noches en la cama tenía sensación de asfixia y fuertes palpitaciones, que le obligaban a levantarse. “Duerme mal, toma hipnóticos, sueños con facilidad, siempre fue muy nervioso”. Tenía dolores agudos en un pie, y en el hombro y brazo izquierdo… Soplo sistólico en el corazón, un corazón agrandado en todos sus diámetros. El diagnóstico se resume “en endocarditis mitral con doble lesión órica valvular evolutiva, de etiología reumática y en insuficiencia circulatoria de segundo grado”. Para cuidar un poco de su salud, a partir de 1951 se le encuentra cada verano disfrutando durante algunas semanas del clima benigno de San Vicente de la Barquera y esquivando el duro estío madrileño. En 1956 pasa el mes de agosto en Villagarcía.

            Pero su psicología nada tenía que ver con sus limitaciones físicas. Era entusiasta y animoso, emprendedor, discutidor, luchador, espontáneo y libre. De respuesta rápida y lenguaje chispeante, acorde con su temperamento nervioso; ingenioso y agudo, y, cuado se lo proponía, mordaz. En él no había espacio para el encogimiento. El P. Manuel Zurdo habla de “reacciones temperamentales vivas y hasta, en ocasiones, un tanto explosivas” y de “cierta despreocupación del lenguaje a que se abandonaba en los ratos de solaz comunitario”. En sus “veraneos” de S. Vicente no le gustaba encontrarse con estudiantes (que a veces iban en ese tiempo de vacaciones, como él mismo, por aliviar enfermedades), pues consideraba que le coartaban su libertad en el hablar. Esa desenfadada sinceridad y espontaneidad explican quizá el hecho de que una persona tan cargada de cualidades, en sus casi 30 años de permanencia en Madrid / Buen Suceso, nunca haya formado parte del gobierno local.

El P. David Herrera, que convivió con el P. Cristóbal unos diez veranos en la villa barquereña, nos ofrece de él este certero retrato: “Pasaba largas horas escribiendo en la habitación. Muy conversador. Le gustaban los paseos en comunidad. Íbamos con frecuencia a la Braña, frente al mar, y me pedía que le recogiera manzanilla. Disfrutaba comiendo. Muy atildado. A los actos de comunidad siempre fiel. Muy comunicativo. Todos sabíamos que sus vacaciones eran para recuperarse en la salud”.

En esas semanas de descanso estival acompañaba con gusto a los Padres a las celebraciones de fiestas patronales de las aldeas cercanas y con gran facilidad entablaba contacto con las gentes más sencillas. Disfrutaba de la fiesta, y, llegado el caso, viendo bailar a dos viejecitos una jota ancestral, lanzaba su jocoso “vivan los novios”. Fue un excelente “relaciones públicas”, que gozó con la cercanía y el trato de un ancho círculo de amigos. Se sumaba con gusto a paseos y tiempos de asueto comunitario, y, en la medida en que la “disciplina” de la época lo permitía, tomaba el café los domingos por la tarde en casas de amigos y conocidos.

            De su laboriosidad y capacidad intelectual nada queda por decir, si no es hacer una referencia a su honestidad, que le llevó a defender con firmeza sus posiciones ante las censuras a sus escritos congregacionales. En temas discutidos que él creía dominar a fondo era apasionado, quizá hasta terco; así, cuando por los años 50 escribía su voluminosa historia, a un visitante, aficionado y buen conocedor de la misma, le dijo con todo desenfado: “en mi próxima obra voy a echar nuevamente de la Congregación al P. Vilaró”[35]

            Esa entrega a la investigación no le convirtió en el conocido intelectual puro, privado de cualidades para la vida práctica. Ya hemos visto sus habilidades para gestionar economías complejas. Le gustaba además “cacharrear”, y en su habitación tenía una especie de “cocina suplementaria”, o, quizá mejor, “laboratorio”; allí  elaboraba algunos licores, gracias especialmente a las “recetas” que le proporcionó su íntimo amigo, el médico dentista Dr. Trigo; su especialidad fue el cointreau; estos licores debió de utilizarlos con frecuencia para “combatir” sus molestias cardiovasculares. En la habitación hacía también yogures, y diversas medicinas caseras. Se comprende que no le sobrase espacio y que el secretario del consejo local, tras la reunión del 15 de enero de 1958, deje constancia de que el P. Cristóbal solicita “el local de la antigua capilla[36] para su habitación y despacho en que atender a la redacción de su obra ‘Historia de la Congregación’. Se accede gustosamente, pues en el cuarto que ocupa no puede desenvolverse” (Act. Cons.Loc., t.II, p. 192).

            Su amor a la Congregación y al P. Fundador los vivía con verdadera fogosidad; así se entienden sus servicios de investigación incluso en pésimas condiciones de salud. Cuanto consideraba que afectaba negativamente a la vida congregacional le exasperaba. Así le sucedió con la reestructuración de provincias en julio de 1950; desgraciadamente se ha perdido la carta que, dos meses más tarde, envió al P. Peter Schweiger en tono de “protesta” por la precaria situación en que quedaba Castilla; pero podemos imaginarnos su lenguaje por la respuesta que le dirigió el Secretario General, P. Ireneo Díez: “se juzgó que era preferible dejar una provincia bien formada y otra en vías de hacerse. A Castilla le tocó ser la provincia in fieri; pero no fue intención de nadie debilitarla, y menos el vejarla o aniquilarla (…). Deseche, pues, V. R. y vea de deshacer ante los demás esa especie, que realmente es calumniosa para el Gobierno General (…). V.R., con su buen juicio y el nombre que tiene en la Congregación, puede hacer mucho para deshacer esos ambientes derrotistas…”.

            No sabemos si ya a partir de ese –en su opinión- gran desacierto bajó su estima por el P. Schweiger como gobernante; pero es conocida su decepción por la reelección del mismo como Superior General en el Capítulo de 1961; al parecer, el candidato indiscutible del P. Cristóbal era el P. Benigno Arroyo (opción bien extraña, dado el contraste entre la “libertad de espíritu” del primero y la cierta rigidez que parece haber caracterizado al segundo). En ese apasionamiento por todo lo de la Congregación debe buscarse la explicación de algunas filias y fobias muy típicas del P. Cristóbal.

            Su espiritualidad misionera y cordimariana fueron igualmente apasionadas. El P. Zurdo menciona sus fervores en las pláticas domingueras a la comunidad, su espíritu piadoso claramente perceptible en los rezos vocales comunitarios, su puntual fidelidad a todas las prácticas de piedad. Entró de lleno en la lid acerca de nuestra denominación oficial; su sentido cordimarianismo le llevaba hasta el extremo de escribir a un postulante de Beire –¡de 12 años!- que nunca se dejase llamar “claretiano”, sino siempre “hijo del Corazón de María”. No le importó que, con esa designación, sus libros tuviesen títulos exageradamente largo; para él se trataba de salvar lo “irrenunciable”. En sus semanas anuales de descanso en San Vicente, le gustaba celebrar la misa en el altar dedicado al Corazón de María, que por entonces existía en aquella iglesia parroquial.

            Apenas tuvo oportunidad el P. Cristóbal de experimentar la renovación conciliar, que en la Congregación podemos decir que se puso en macha con el Capítulo General Extraordinario de 1967; pero tuvo tiempo de manifestar su oposición a la introducción de la Liturgia de las Horas como oración comunitaria, pues consideraba que iba en detrimento de prácticas espirituales muy valiosas y tradicionales entre nosotros.

CRUCIFICADO CON CRISTO

            Al comienzo de los años 60 es patente el deterioro de su salud. Se le observa habitualmente respiración fatigosa, como si tuviese bronquitis crónica. Hacia finales de 1963 se le acentúa la insuficiencia circulatoria, tanto que en opinión de los médicos -nos dice el P. Zurdo-, “su corazón amenazaba con pararse en el momento menos esperado”. En tal situación, el P. Cristóbal no se encoge ni deja sus trabajos de escritor, como hemos visto, pero, por prudencia, piensa en dejar la administración de los bienes de Dña. Gloria Mata. Ella pidió respetuosamente al P. Cándido Bajo, provincial de Castilla, que el P. Julián Gil tomase el relevo. Y a punto estuvo de hacerlo; pero el fallecimiento de la bienhechora, ya casi nonagenaria, el día 2 de febrero de 1964 hizo que todo cambiase en la posesión y administración de sus haberes. El P. Cristóbal tuvo energías para desplazarse a San Vicente de la Barquera y organizar las solemnísimas honras fúnebres; él prefirió permanecer entre bastidores, cuidando de que todo funcionase a la perfección. El P. Jerónimo Gómez, superior y párroco de San Vicente, el P. Robustiano Fernández, provincial de Cantabria, y el P. Máximo González, en representación del P. Provincial de Castilla, presidieron el duelo, mientras otros tres Padres de la comunidad barquereña oficiaban en el altar[37].

            En junio de 1966, a la invitación de dos novicios de Salvatierra a su primera profesión, respondió el P. Cristóbal que diversos motivos, “de salud, entre otros”, no le permitían hacer el viaje. De hecho ese verano ya no se desplazó a San Vicente. Pero en aquel otoño continuó trabajando afanosamente en los últimos retoques del “Compendio” para su inmediata publicación.

a.- Trombosis y hospitalización

            El golpe definitivo le llegó en diciembre del mismo año 1966, cuando ya había escrito las primeras felicitaciones navideñas. El cronista de la casa, P. Manuel Zurdo, deja constancia así: “Enfermedad del R.P.Cristóbal. El día 13 de este mes se sintió mal, ingresando en la clínica, como se dice más ampliamente en el libro de Actas [del consejo local]. La Comunidad le veló día y noche por bastantes días, hasta que cesó el peligro inminente de muerte; después, en bastantes horas del día, ya que por la noche comenzaron a asistirle las Siervas de María”. Y añade líneas después que “El Hnº Pascual Hernando, llamado por nuestro P. Superior, asistió ejemplarmente varias noches al R. P. Cristóbal Fernández, hasta que fue urgentemente solicitado por los Superiores de Salamanca” (Crón.Loc., II, p. 110s). En el aludido libro de Actas, en fecha 15 de enero de 1967, se informa con más precisión: “Desde el 15 de diciembre está el R.P. Cristóbal en la clínica de Sta. Elena, donde ingresó a raíz de una trombosis que se creyó mortal y de pocos días de duración. Afortunadamente y por una gracia especial de Dios (se le aplicó una reliquia de nuestro Santo Fundador) salió del peligro inminente, pero la recuperación dista mucho de ser completa” (t.II, p. 341). En enero la crónica de la casa indica escuetamente: “El R.P. Cristóbal continúa en la clínica de Sta. Elena, con alguna mejoría, si bien muy relativa”.

            La trombosis le dejó completamente inválido y mudo, sólo capaz de emitir algunos sonidos ininteligibles, pero que probablemente él pensaba que se le entendían y que no se le prestaba la atención que él pedía; esto debe de haberle causado un sufrimiento añadido. Afortunadamente le quedó la capacidad de reír, que muchas veces puso en práctica.

            A finales de enero de 1967 se va llegando a la convicción de que el mal es irreversible y que hay que planificar la atención al enfermo. El P. Agustín de Lazcano, superior de la comunidad de Buen Suceso, lo comunica al Gobierno General, de cuya respuesta da cuenta al consejo local el 31 de enero: “Nos comunicó el R.P.Superior la contestación del M.R.P. Secretario General a la petición hecha al Gobierno General de un Hermano enfermero que asistiese de modo permanente al R. P. Cristóbal Fernández. Se nos decía que se asistiese al enfermo en esta casa de Buen Suceso, sin pensar en ningún traslado a enfermerías de algún Colegio, y que nos dirigiéramos al M.R.P. Provincial de Castilla en demanda de algún Hermano que pudiera prestar dicho servicio. El M. R. P. Bajo respondió que no disponía de ningún Hermano para la asistencia que se precisaba” (Act. Cons.Loc, t.II, p. 341).

            La Crónica de Castilla, en su número de marzo-abril, informa de la evolución de la enfermedad y lamenta la ausencia del Padre en los trabajos precapitulares: “Dentro de esa suma gravedad va recuperándose lentamente; ha recobrado algo el movimiento de la pierna [derecha, la afectada], no así del brazo, ni el habla.

            Es tanto más de lamentar ese percance, cuanto que su colaboración ahora hubiera sido muy valiosa en los trabajos preparatorios para el Capítulo General, dada su competencia en asuntos de la Congregación, especialmente en las dos Comisiones de que formaba parte[38], así como para dirigir la impresión de su obra de historia de la Congregación, que por aquellos últimos días de diciembre se empezaba a imprimir”[39]. En este tiempo de clínica se utilizó con el Padre un complicado ingenio ortopédico en esperanza de que recuperase el andar, pero el resultado fue mínimo.

Debió de ser vuelto a casa en el mes de mayo, pues el Acta del consejo local del día 30 recoge: “nos informó el R.P. Superior del pago de estancia y medicinas a la Clínica de Sta. Elena, donde ha estado hospitalizado varios meses el enfermo” (p. 345).

b.- Vuelta a casa sin apenas mejoría

Dejada la clínica, el P. Cristóbal no fue llevado a su habitación personal. Probablemente por facilitar las visitas y atenciones de médicos, amistades y Siervas de María, se le aloja en una habitación situada en el 4º piso del edificio más reciente del inmueble generalicio (levantado al comienzo de los años 50 sobre el solar del antiguo santuario), que tiene la entrada por J.A. Mendizábal 65, a donde se accede por escalera propia y sin atravesar la vivienda de la comunidad. El piso, habitado anteriormente por los Padres del “año de pastoral”, se encontraba ahora vacío y disponible.

Se le siguen administrando todos los cuidados posibles. Un quiropráctico le realiza fisioterapia algunas veces por semana, a la que el Padre no es demasiado dócil, sin duda por el dolor que le causa; se intenta una y otra vez la recuperación del movimiento de la pierna, pero apenas llegó a dar unos pasos, siempre sostenido por otra persona. A lo largo de este tiempo, además de sus hermanos de comunidad, le asiste generosa y heroicamente la Srta. Consuelo Pinilla, antigua alumna suya en el colegio de la Asunción y con cuya familia el P. Cristóbal mantuvo duradera y profunda amistad. Frecuentemente la joven le prepara incluso la comida en la misma habitación, sirviéndose de un infiernillo.

De esta época se cuentan no pocas anécdotas del siempre vivaz P. Cristóbal –incluso en aquellas circunstancias-. A comienzos de 1968 el P. Antonio Leghisa, elegido Superior General cuatro meses antes, giró lo que el llamó una “vísita di cortesía” a las comunidades de España; a la de Madrid-Buen Suceso llegó el 20 de enero, y enseguida quiso visitar al ilustre enfermo; anunciaron a éste que iba a entrar el P. General a verle, y debió de pensar todavía en el P. Peter Schweiger, pues, cuando vio que entraba el P. Leghisa, se consideró engañado y, en gesto de displicencia, se volvió hacia el lado contrario. Genio y figura…

En junio de 1968 la casa de Madrid / Buen Suceso cambió de condición jurídica, pasando de generalicia a interprovincial, dependiente de la recién creada Conferencia de Provinciales de España; éstos comienzan por darle un nuevo gobierno local: el P. Pedro Franquesa (de Cataluña) como superior y los PP. Macario Díez (de Castilla) y José Mª Mesa (de Bética) como consultores. Al mismo tiempo realizan un buen número de destinos de y a la comunidad, en función de la mejor atención a los apostolados de la misma.

El 17 de agosto se reúnen los seis Provinciales en la casa misma de Buen Suceso. Según el Acta de dicha reunión, un punto del Orden del Día versó sobre “Personal de la casa de Buen Suceso”, en relación con el cual se tomó la siguiente decisión: “Dada la finalidad de esta casa, al pasar a ser de régimen interprovincial, parece oportuno que algunos individuos vuelvan a su provincia. Se determina que el P. Cristóbal Fernández, imposibilitado hace ya más de dos años [aquí hay claro error cronológico], pase a Castilla; el P. Gregorio Martínez de Antoñana, a Cantabria; el P. Máximo Peinador, a Bética; el P. Jesús Beruete (…); el Hnº Herrero (…)”. Pero esta decisión no se llevó a cabo en todos sus extremos, pues intervino el Gobierno General concediendo a los PP. Antoñana y Peinador continuar en Buen Suceso. Tal intervención fue considerada por los PP. Provinciales como una injerencia indebida del Gobierno General en una casa a cuyo gobierno inmediato había renunciado, y así lo expresaron en su reunión del 5 de noviembre. Pero ya antes, en su sesión extraordinaria de los días 20-22 de septiembre, a la vista de lo sucedido, los Provinciales habían modificado los términos de su decisión anterior: “Se determinó que debían salir de la casa de Buen Suceso el P. Jesús Beruete, el P. Cristóbal Fernández, y los Hnos. Santiago Herrero, Ángel Sánchez y Alberto Domingo”.

Por lo que al P. Cristóbal se refiere, esta segunda decisión resultaba ya superflua, pues Castilla se había hecho cargo de él unos días antes, siguiendo el comunicado que a su provincial, P. Luis Gutiérrez, había sido dirigido el día 31 de agosto y que transcribimos aquí íntegramente:

“Muy amado Padre: Tengo el gusto de comunicarle que en la reunión de la Conferencia de Provinciales del día 17 del presente se determinó que el P. Cristóbal Fernández no podía seguir en esta Casa de Buen Suceso y que por tanto debería reintegrarse a su Provincia de origen. Conocemos todos su estado de salud y comprendemos lo delicado de la operación. Por eso hemos tardado tanto en verificar el comunicado oficial. Ahora lo hacemos después de haberlo pensado bien. Le ruego lo trate con el P. Superior de Buen Suceso y vea la forma de trasladarle cuanto antes, pero con la mayor delicadeza posible. Sabemos muy bien que en Colmenar Viejo[40], a donde nos dicen le llevarán, tienen medios para atenderle y que estará incluso mejor que aquí. Sólo es necesario evitar la excesiva impresión que le pueda causar. Sin más, de V.R. affmo. in C.M.”[41]

c.- Hacia su última morada

No tardó el P. Luis Gutiérrez en ponerse al habla con el P. Pedro Franquesa para ejecutar lo decidido; el cronista de la casa de Buen Suceso, P. Alfonso Rivera, ya en el mes de octubre, nos deja este testimonio del traslado del P. Cristóbal a su Provincia de origen: “Conforme a lo acordado entre esta Casa y el Provincial de Castilla, se ha hecho cargo de nuestro hermano enfermo la comunidad de Víctor Pradera. Estos últimos meses, desde julio, se había dedicado a cuidarle especialmente y con caridad fraterna digna de todo encomio el P. Gregorio López” (t.II, p. 175).

            El Libro de Personal de Víctor Pradera 67 (p. 46) informa con toda exactitud de la incorporación del Padre a la comunidad: “R.P. Cristóbal Fernández.-  Procedente de la casa de Buen Suceso (Madrid) viene enfermo, en cama, destinado a ésta de Víctor Pradera el 17 de septiembre de 1968”. Y la crónica de la misma casa, en octubre de 1968 (p. 80), proporciona algunos datos más: “Es trasladado a nuestra comunidad, a cuyos cuidados queda, el Rvdo. P. Cristóbal Fernández, que lleva ya dos años medio paralítico y privado del habla después de un ataque cerebral. Hasta ahora han cuidado de él nuestros hermanos de Buen Suceso; y en la actualidad le cuida el Hno. Félix Hontoria y una Señorita amiga del Padre. Por las noches le asisten unas monjitas, Siervas de María”.

No fue, por tanto, trasladado a la enfermería de Colmenar Viejo, sino a la, por entonces, casa-curia de Castilla (Víctor Pradera 67); pero, sin duda en orden a su mejor atención, con fácil acceso de sus cuidadores, continuó en una habitación del edificio generalicio de Víctor Pradera 65, aunque hubo de ser trasladado a una planta inferior, pues en los pisos 4º y 5º estableció Castilla, a partir de octubre de 1968, una Residencia Universitaria. En la nueva habitación, contigua a la escalera que separa las dos casas, el P. Cristóbal podía ser cómodamente atendido desde el exterior y visitado asiduamente por sus nuevos Hermanos de comunidad. 

d.- “El adiós postrero”

            Los meses irán transcurriendo en la penosa situación descrita, sin ninguna mejoría sino todo lo contrario; la figura del Padre se torna cada vez más diminuta y escuálida, y va también disminuyendo su ya escasa capacidad de movimiento y de expresión gestual; así hasta su último suspiro, el 19 de marzo de 1969.

De nuevo dejamos la palabra al cronista local de la casa-curia, P. Lamberto Picado: “Después de una larga y dolorosa enfermedad que ha ido purificando lentamente su alma, ha muerto a las cinco de la tarde el Rvdo. P. Cristóbal Fernández. La vida de este hermano nuestro, ilustre como historiador de nuestro Padre y de nuestra Congregación, merecerá una biografía extensa, que no cabe en las líneas, breves por fuerza, de esta crónica. Los funerales han sido solemnes. Se han unido cuantos miembros de la Congregación han podido. Sus huesos –esto era sólo a la hora de su muerte- han estrenado el nuevo panteón que la Congregación ha construido en el cementerio de la Almudena para el sueño definitivo de sus hijos” (p. 85).

            También el P. Alfonso Rivera, en la crónica local de Buen Suceso 22 (t.II, p. 185s), deja sentida constancia del fallecimiento: “El día 19, fiesta del Patriarca San José, ha fallecido el P. Cristóbal después de larga y penosísima enfermedad, con que el Señor quiso sin duda purificarle más y más. Ha sido benemérito de la Congregación como escritor de una vida monumental de nuestro Santo Fundador, de una Historia de la Congregación de la que se han publicado varios tomos, así como de otros libros de divulgación sobre ambos temas. Residió en esta Casa Generalicia durante muchos años, habiendo sido director de Iris de Paz por algún tiempo. La Comunidad como tal le atendió solícitamente durante casi toda su enfermedad, hasta su traslado a la Curia de Castilla. Muchos miembros de esta Casa han asistido a sus funerales, acompañando sus restos al cementerio”.

            Y, un mes más tarde, en el Boletín de la Provincia de Castilla, escribía el P. Manuel Zurdo la ya mencionada, y sentida, nota necrológica, que comenzaba con estos párrafos: “Descanse en paz. Pocas veces como en la presente aflora tan espontáneamente en los labios la final deprecación litúrgica de las exequias: ‘descanse en paz’. Sí. Descanse en paz el que fue R.P. Cristóbal Fernández, sometido a una de las pruebas más dolorosas que hemos presenciado entre los miembros doloridos de Cristo. Preciso es haber conocido su genio vivo y sus briosas reacciones temperamentales para sopesar la ingente cruz que por tanto tiempo hubo de llevar nuestro hermano, sin la válvula de escape de una palabra o expresión dolorida; ya que a la cálida fluidez de su lenguaje sucedieron los sonidos inarticulados con que angustiosamente trataba de manifestar sus peticiones y deseos…”[42].

            Y, párrafos después, hace la interpretación teológico-espiritual de aquellos interminables 27 meses de crucifixión: “la obra purificadora iba llegando a su término en conjugación estrecha de cuerpo y espíritu: aquél, reducido a una impresionante vitola esquelética; éste, cada vez más fino y acendrado en el crisol de la prueba. Alguien sugirió a nuestro paciente hermano, días antes de la defunción, que se pusiese bajo la protección de San José, cuya novena se estaba celebrando; idea que aceptó el Padre con muestras visibles de complacencia. Y en la fiesta de San José, hacia las cinco y media de la tarde, su espíritu voló al seno de Dios”.

            La Congregación despedía a una de sus personalidades más destacadas. El la había servido generosamente, como buen hijo, en la búsqueda y exposición literaria de su más recóndita historia y de su más inconfundible identidad, sin desmayar aun en medio de dificultades y, alguna vez, de incomprensiones o rechazos. No tuvo el P. Cristóbal Fernández la suerte de ver toda su obra en la imprenta; tampoco lo apeteció apasionadamente (aunque pocas cosas de su vida estuvieron privadas de “pasión”). Sus obras impresas siguen siendo de consulta obligada en los temas que tratan; y sus escritos no publicados han quedado en nuestros archivos congregacionales para servicio de futuros investigadores; su trabajo, parte nobilísima de su vida, continúa entre nosotros. No sólo desde la visión creyente de la glorificación futura, sino incluso meramente de tejas abajo, podría el Padre Cristóbal Fernández haberse despedido de este mundo con las palabras del vate latino: exegi monumentum aere perennius… non omnis moriar (HORACIO, Odas, III, 30).


[1] M. ZURDO, Nota necrológica del P. Cristóbal Fernández, en “Boletín de la Provincia Claretiana de Castilla”  XV (1969-70) p.113, tomado de INFORMACIÓN nº 12 (15 de abril de 1969), p. 16.

[2] C. FERNÁNDEZ, Compendio Histórico de la Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María. Vol. I. Ed. Coculsa. Madrid 1967, p.527 (donde la fecha de 1912 debe quizá corregirse por 1910).

[3] Cf. Annales Congregationis43 (1955-56) pp. 450-461.

[4] Cf. I. TORRES CMF, Mártires Claretianos en Santander. Ed. Coculsa; Madrid 1954; p. 70s.

[5] Habían sido censores los PP. Julián Yagüe y Ramón Genover; uno dio dictamen positivo y otro negativo, y el P. Xifré optó por el tuciorismo. La obra fue finalmente publicada en 1999, año sesquicentenario de la fundación de la Congregación.

[6] Se discute si el impío autor fue Salustiano Olózaga o José Olózaga.

[7] Entre sus documentos se conserva uno, expedido por la Delegación de Excombatientes de Zamora en enero de 1940, por el que dicha “Delegación le considera Ex-combatiente”.

[8] Aunque tanto la Crónica Local de Zamora como la Crónica de la Provincia de Castilla, año V, nº 15, p. 242, hacen suponer que su traslado fue a comienzos de 1940, el Libro de Misas de Villagarcía ya le incluye entre los celebrantes desde noviembre de 1939; quizá hubo varias “idas y venidas”.

[9] También este traslado parece que se realizó “por etapas”, con Zamora como “meta volante”, pues el 21 de enero escribe al P. Juan Postius desde Madrid, pero en el Libro de Misas de la comunidad de Zamora se le anotan 18 en febrero, 20 en marzo y 18 en abril, y todavía 6 en mayo y 8 en junio; en Buen Suceso van aumentado desde 8 en febrero hasta las 31 del mes de julio.

[10] Esta Acta demuestra que la fecha del imprimi potest (15 de enero de 1941) que figura en el vol. I de la obra impresa no se corresponde con la realidad.

[11] Los PP. Anastasio Rojas Hernando y Jesús García Fernández-Bayón eran respectivamente superior y consultor II de la casa de Buen Suceso, de modo que convivían permanentemente con el P. Cristóbal.

[12] Así consta en la Crónica Local de la casa de Buen Suceso, t. I, p. 305.

[13] Iris de Paz, LXV (1948) p. 286: “hace ya una porción de meses se anuncio en esta revista como inminente la aparición al público de ese libro, ya entonces impreso, pero del que el Iris de Paz no ha vuelto a ocuparse”.

[14] Iris de paz, LXIV (1947) p. 65.

[15] Véase la recensión completa reproducida en Iris de Paz  LXV (1948) p. 287.

[16] Razón y Fe 137 (1948) pp. 272s

[17] C.FERNÁNDEZ, El Confesor de Isabel II. Ed. Coculsa; Madrid 1964; p. 12.

[18] El traslado se realizó el 4 de agosto de 1940 (cf. Crónica Local, t. I, p. 96).

[19] Lo fue hasta el 12 de junio de 1947, fecha en que pasó a la iglesia del Buen Suceso y adquirió dicho nombre. Durante estos 6 años el párroco era un sacerdote secular, y cuatro Padres de la comunidad tenían el cargo de coadjutores (cf. Crónica Local, t. I, p. 316).

[20] Cf. Actas del Consejo Local, t. I, pp. 76 y 89.

[21] Libro de Visitas Canónicas, p. 104.

[22] C.FERNÁNDEZ, M. Carmen Sallés. Fundadora de las Religiosas Concepcionistas de la Enseñanza. Gráfica Unión. Madrid 1943; 229 pp.

[23] Libro de Visitas Canónicas, p. 20

[24] Actas del Consejo de Revistas, p. 76 (único libro del archivo local que no pereció en la guerra civil).

[25] Amplia noticia en la Crónica Local, t. I, p.151; y en Actas del Consejo de Revistas, p. 84.

[26] Es curioso este repetido reparo para con la obra del P. Cristóbal, quien consideraba un “lunar” de la historia del P. Aguilar precisamente “el trato, que parece adular, al P. Xifré, vivo aún, que no necesitaba de tales empalagosos procedimientos para ser presentado con talla de gigante” (Prólogo, p. 13).

[27] La constituían los PP. I. Díez, F. Dirnberger, A. Leghisa, J. Álvarez Laso y L. Bossi (Actas p. 6).

[28] Actas del XVI Capítulo General (1961),  p.130.

[29] El Misionero  39 (1962) p. 266.

[30] En AA.VV., Monasterio de San Lorenzo el Real. El Escorial en el cuarto centenario de su fundación (1563-1963). El Escorial 1964, pp.515-560.

[31] Annales Congregationis 49 (1967-68) p. 81s.

[32] Annales Congregationis 49 (1967-68) p. 330.

[33] J. GÓMEZ MERAYO, Crónica de la casa-colegio de San Vicente de la Barquera, en “Crónica de la Provincia de Cantabria” IX (1966-67) p.130

[34] Ignoramos cuáles fuesen esas “otras casas”; quizá se trate de algunos pisos de dos edificios sitos en las calles de La Magdalena y Conde Duque respectivamente, sobre las que trata el Gobierno Local en enero de 1949  (cf. Actas, vol. II, p.58). Y en 1947 y fechas posteriores (cf. Ib. pp. 13 y 55) se trata sobre otro inmueble en Antón Martín – Atocha, dejado en herencia por D. Luis Vilamitjana algunos años antes.

[35] Fue al P. Manuel Casanovas; véase anécdota y comentario en Arxiu Claret III (1990-92)  p. 207.

[36] Unos años antes se había acabado de edificar la “casa nueva” sobre el solar del antiguo santuario; al trasladar la biblioteca de la comunidad al segundo piso de dicho edificio, se reorganizó la vivienda con cierta holgura.

[37] Cf. Crónica de la Provincia Claretiana de Castilla 29 (1964) p. 8s (por Máximo González cmf). Y Crónica de la Provincia de Cantabria 8 (1964-65) p. 19s.

[38] Éstas eran la Comisión Doctrinal y la De Vida Religiosa; cf. Annales Congregationis 49 (1967-68) pp.7ss.

[39] Crónica de la Provincia Claretiana de Castilla 32 (1967) p. 55.

[40] Efectivamente en Colmenar comenzaba Castilla a organizar una enfermería bajo la dirección del Hnº Jesús Hernández e integrada por los PP. José Rivera, José Larrea, Víctor de Miguel, Alberto Herranz (de Cantabria-Euskalerría) y el hnº Pablo Pérez (de León).

[41] Esta minuta se conserva en el archivo de la Conferencia de Provinciales; dado el plural con que el redactor se expresa, suponemos que al Provincial de Castilla –en cuyo archivo no se encuentra- le llegó firmada por el Presidente (P. Federico Fernández) y el Secretario (¿P. Pedro Franquesa?) de la Conferencia.

[42] Información de la Provincia de Castilla nº 12 (15 de abril de 1969), p. 16.

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