SEVERINO MARÍA ALONSO

SEVERINO MARÍA ALONSO

Nació Severino el 21 de febrero de 1933 en un pueblecito de los montes leoneses, Pedrosa del Rey, hoy anegado por las aguas del pantano de Riaño. Es justo que deje constancia del nombre de sus padres: Ramón y Fernanda. Era el menor de ocho hermanos. Él y sus tres hermanas fueron llamados al seguimiento del Señor en la vida consagrada. El año 1946, huérfano de padre y a la edad de frece años, ingresó en el seminario claretiano de Segovia, donde inició los estudios de humanidades, continuados en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) y en Valmaseda (Álava). Tras el año de noviciado, emitió sus primeros votos el 16 de julio de 1952, en Salvatierra (Álava). A partir de ese día, y hasta el día de su muerte, su nombre será Severino-María. En el futuro, Severino ya no sabrá caminar sino de la mano de María, la Madre. Aprenderá a ser apóstol en la fragua del corazón materno de María. Creo que Severino-María se sentiría a gusto con estos dos tercetos del poeta: «Acúname en tus brazos ardidos y duérmeme en tus ojos consentidos, soñándome velero hacia ti sola. Boga, pues, mi Barquera, mar adentro: naufrague yo en tus ojos. En ti encuentro, Madre, un mar crecido en cada ola» (Macario Díez Presa).

Pasamos de Salvatierra a Santo Domingo de la Calzada donde Severino-María cursa los estudios filosóficos y parte de los teológicos, que concluirá en Roma el año 1959. El día 5 de abril de ese año será ordenado presbítero. Doctorado en teología y titulado en teología espiritual y en mariología, retorna nuevamente a Santo Domingo como profesor de teología durante el curso 1961-1962. Los dos años siguientes (1962-1964) franscu1Ten en Oviedo, donde fue director de la residencia universitaria. De Oviedo al Líbano, como director espiritual de los Maronitas. Posteriormente, a lo largo de los cursos 1966-1968, recala en Roma, como profesor y formador de los estudiantes claretianos de teología (1966-1968). El año siguiente volverá a dirigir la residencia universitaria de Oviedo (1968-1969). Finalizado ese curso, su destino es León, como vicario provincial y como superior provincial de la provincia claretiana de León (1969-1980). Desde 1980 y hasta el día de su muerte su comunidad será ésta a la que yo mismo pertenezco. A lo largo de los últimos veintinueve años de su vida, esta comunidad de Buen Suceso será el centro de sus actividades docentes, ministeriales y misioneras. Fue superior de la comunidad durante más de doce años, director del Instituto y de la Escuela, director de la revista Vida Religiosa, miembro de la comisión teológica de la Confer, escritor fecundo, conferenciante brillante, asesor de numerosas congregaciones masculinas y femeninas, acompañante espiritual infatigable de muchas personas consagradas… No pocos aeropuertos, estaciones de tren y carreteras de España y de América hispana se familiarizaron con la presencia de Severino-María.

Miles de personas consagradas se han beneficiado a lo largo de este tiempo con el magisterio oral o escrito de Severino-María. Su buen y equilibrado criterio, su talante esperanzador, su amor apasionado al Señor y a María, su exquisita sensibilidad ante el dolor de sus hermanos, su cercanía y amor a cada persona, etc., se tradujeron en miles de páginas escritas, en clases y cursillos magisteriales, en la animación litúrgica y sacramental, en acompañamiento espiritual, en dirección de retiros y de ejercicios, en centenares o miles de cartas… En el rostro necesitado y doliente de sus hermanos y hermanas veía el P. Severino-María un rasgo del rostro dolorido de Cristo. ¿No nos servirá el siguiente fragmento de un poema?: Yo siento que me crece tu perdón, como un mar se acrece con el río. Tu palabra dolida me ha tomado el dolor desdolorido. Me creces tú, Señor, me creces todo en mi más corazón de ti transido, y en tu más corazón también presiento lo que ambos, sin palabras, nos decimos» (Macario Díez Presa)

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Con temor y temblor me formulo la pregunta que nos sitúa ante el secreto de este gran hombre, creyente y misionero, que explique tanta magnanimidad y tan magna actividad misionera.

UNA RESPETUOSA MIRADA HACIA EL INTERIOR

La pregunta a la que aludo es la siguiente: ¿cuál es el hondo secreto de la vida del maestro y misionero claretiano, P. Severino-María Alonso? En el libro más conocido y extendido, cuya primera edición se remonta al mes de noviembre de 1973, el autor titula uno de capítulos: «sentido profético de la vida religiosa». Porque donde Jesús pisa se estremece el polvo, según el decir de Paul Claudel, aquel que ha sido llamado a la vida consagrada no tiene más remedio que ser profeta. «El verdadero profeta —escribía el P. Severino-María hace ocho años— no está preocupado por su propia palabra, sino por decir la Palabra de Dios, que es Jesús mismo. Por eso el profeta deja a Jesús vivir en su propia vida, actuar a través de tu propia acción y hablar por medio de su propia palabra». Esta breve y profunda descripción de la profecía me sugiere una segunda pregunta: ¿Quién es el profeta?

Comienzo por lo más fácil: qué no es o quién no es el profeta. No es un visionario, que predice el futuro porque previamente lo ve. Tampoco es una persona amargada que la emprende contra todos y contra todo: contra el rey y sus ministros, contra el sacerdote y sus acólitos, contra la ciudad y el templo. Dios ha salido al encuentro del profeta, y se confidencia con él cara a cara, como se relacionan los amigos entre sí. Del Dios del profeta no puede decirse que no hace ni bien ni mal, que permanece aislado en su cielo, ajeno a cuanto sucede y se sufre en la tierra. Muy al contrario, es un Dios de tal ternura que es capaz de estremecerse ante la desgracia de su pueblo, y llora junto con la madre del pueblo (Raquel) y con el profeta (Jeremías). Efraín es un hijo tan querido y tan amado que «ternura hacia Efraín no ha de faltarme», proclama Dios. Dicho con una sola palabra: Dios es «pasión». El profeta vive simpáticamente la pasión divina, de modo que nada de cuanto vive su pueblo le es ajeno. Sufre con su pueblo; con su pueblo espera; con él busca el rostro de Dios, etc.

¿Quién es el Dios del P. Severino-María Alonso? Respondo con sus palabras: Tú «eres el Amor, la Verdad, la Vida, la Libertad, la Salvación, la Felicidad. Creo que me amas.. ., y que eres el sentido último y la razón total de mi existencia. Lo creo con fe inquebrantable, con cabal certidumbre… Tú lo eres todo para mí:… mi Verdad y mi Amor, mi Dios y mi Rey, mi Amigo y mi Amistad, mi Corazón y mi Alma, el único Señor de mi vida y de mi muerte.. .». Aunque el P. Severino reconozca que cuanto ha confesado no lo conoce «por vital experiencia, por convencimiento sabroso», creo que estamos ante el santuario de su intimidad. Desde este santuario, lleno de la presencia de Dios, saldrá el P. Severino, como el profeta, al encuentro del mundo, al encuentro de sus hermanos. El profeta tiene la rara habilidad de asir a Dios y al mundo en una sola mirada.

Nos explicamos así que en el corazón de Severino-María encontraran acogida hogareña cuantos llamaban a su puerta. ¡Cuánta esperanza y consuelo fue derramando a lo largo de su vida! ¡De qué modo fue enseñando a amar, porque él se supo siempre muy amado! Hombre de una cálida humanidad y de una acendrada fe, Severino-María sabía que Cristo era su identidad más profunda. Lo decía él con palabras de Unamuno: «Eres tú más yo que yo mismo», para añadir a continuación su propia palabra: «Sin ti, Jesús mío, me pierdo irremediablemente, pues me desvanezco como una sombra en el agua. En cambio, contigo y en ti, soy verdaderamente yo. . . !». Porque Severino-María se adentró simpáticamente en el pathos divino, hablaba de Dios con pasión, como se advertía en su palabra y en su gesto: esa mano que estrechaba con afán el crucifijo…

Desde la vivencia del Dios-pasión se explican tantos y tantos aspectos de la vida y de la docencia de Severino. La iniciativa no era suya, sino de Dios; es lo que Severino denomina primacía de la gracia». Alejado de la herejía pelagiana, el P. Severino confiaba no en el esfuerzo personal, sino en el protagonismo divino. El sacramento de la reconciliación era para él «un momento fuerte en el proceso de la configuración con Jesucristo». «Su acción era más bien pasión». No era ajeno ante el sufrimiento humano y mucho menos ante la arbitrariedad o la injusticia. Sabía ir a lo esencial de la vida personal, de la vida consagrada, de la comunidad…

Un resumen de la docencia de Severino, oral o escrita, la encuentran ustedes en el número especial que ha editado la revista Vida Religiosa con motivo de sus sesenta y cinco años.

Ahora que el P. Severino-María conoce «por vital experiencia» lo que aquí creyó; ahora que tiene «conocimiento sabroso» de Aquel por quien vivió y en quien murió; ahora continúa siendo el profeta que fue durante la vida, Ya no irá de estación en estación, de avión en avión, de un país a otro. Pero, aun jubilado como catedrático, continuará enseñando. Permítanme finalizar este escrito mío, que se mece entre la loa y la elegía, con unos versos nuevamente prestados: «Me estoy encontrando todo, al albur de la esperanza, en mi viaje al corazón. Olas, viento, tarde, amor, llevadme mar adentro, ¡que llueve en el corazón… !» (Macario Díez Presa).

Ángel Aparicio

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