San Ignacio de Loyola

SAN IGNACIO DE LOYOLA

Compatrono

 

Vida

Íñigo López de Loyola nació en Azpeitia (Guipúzcoa) hacia el año 1491. Destinado a la vida militar, el 20 de mayo de 1521, fue herido en una pierna, en el asedio del castillo de Pamplona por los franceses. Durante la convalecencia en el castillo de Loyola, no encontrando en casa libros de caballerías, se puso a leer dos libros viejos, titulados Vida de Cristo de Lodolfo Cartusiano y la Leyenda Áurea (vidas de santos) de Jacopo da Varagine (1230-1298). Al leerlos con atención, se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien yo puedo hacer lo que ellos hicieron». Y se convenció de que el único caballero al que podía dedicar toda su vida era Jesús de Nazaret. Tras una aparición de la Virgen, para iniciar su conversión, decidió peregrinar a Tierra Santa en febrero de 1522 desde Loyola, pasando por Barcelona; pero se detuvo en la abadía benedictina de Montserrat, donde hizo una confesión general, se despojó de la ropa de caballería e hizo voto de castidad perpetua.

Debido a una peste, se tuvo que detener en la ciudad de Manresa, donde llevó vida de oración y de penitencia durante un año y fue allí donde, al lado del río Cardoner, recibió una gran iluminación y decidió fundar una Compañía de consagrados. En una cueva comenzó a escribir una serie de meditaciones y reglas, que luego dieron origen al libro de los Ejercicios Espirituales. Entre otras cosas escribió: «A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a Él, de verdad, cada vez más; quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre más que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, más que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo». Y se decidió a escoger el camino de Dios, en vez del camino del mundo hasta lograr alcanzar su santidad. Más tarde, después de haber padecido una terrible noche oscura, el Señor lo llenó del más profundo gozo espiritual.

En febrero de 1523 peregrinó a Tierra Santa; pero no pudiendo permanecer allí, como era su deseo, regresó a España, sin saber qué rumbo tomar, y se dedicó al estudio. A los 33 años comenzó a estudiar la gramática latina en Barcelona y luego los estudios universitarios en Alcalá y en Salamanca y después en París, sin dejar de dedicarse a la penitencia. Además de estudiar, instruía a los niños, organizaba reuniones espirituales en el hospicio y convertía a numerosos pecadores con sus reprensiones llenas de mansedumbre.

En 1534, Ignacio y sus primeros compañeros emitieron los votos en la capilla de Montmartre y marcharon a Roma para presentarse ante el Papa Paulo III y tres años después varios miembros de la Compañía fueron enviados a toda Europa y a Asia. En 1537, Ignacio recibió la ordenación sacerdotal en Venecia y, cerca de Roma, en La Storta, tuvo una visión que le confirmó en la idea de fundar una Compañía que llevara el nombre de Jesús. El Instituto fue aprobado por el Papa Paulo III el 27 de septiembre de 1540 y el 22 de abril de 1541 Ignacio y sus seis compañeros hicieron la profesión en la Basílica de San Pablo. En ella, además de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, hicieron el voto de ir a trabajar por el bien de las almas adondequiera que el Papa lo ordenase. En sus orígenes, la Compañía era un grupo misionero a disposición del Sumo Pontífice, dispuesto a desarrollar cualquier tarea para la mayor gloria de Dios.

Ignacio pasó el resto de su vida dedicado a gobernar a su Orden y a predicar el Evangelio, cosa que hacían también sus hermanos desparramados por todo el mundo. El Santo solía decir con frecuencia: «Señor, ¿qué puedo desear fuera de Ti?». Quien ama verdaderamente no está nunca ocioso. Y ponía su felicidad en trabajar por Dios y sufrir por su causa. Dedicado a la piedad y al trabajo, debido a las enfermedades y a las fatigas, el 31 de julio de 1556, este valiente soldado de Cristo falleció en una modesta habitación situada cerca de la capilla de santa María del Camino en Roma. Fue canonizado por Gregorio XV el 12 de marzo de 1622 y Pío XI lo proclamó patrono de los ejercicios espirituales y retiros. San Ignacio, en su lucha tenaz contra el error y el vicio, fue el iniciador de la reforma que culminaría en el Concilio de Trento.

Consideración claretiana

San Ignacio fue un referente importante en la vida y en la espiritualidad de san Antonio María Claret. En su juventud, durante los años de seminarista en Vic, bajo la dirección del P. Pedro Bac, se impregnó de espiritualidad ignaciana; y lo mismo sucedería más tarde, ya sacerdote, en Roma, en los meses que vivió como novicio en la Compañía de Jesús.

Muchas veces lo cita como modelo de catequistas. Lo sigue en el tercer grado de humildad y el espíritu batallador en el anuncio del Evangelio. Los dos primeros textos constitucionales, redactados por el mismo P. Fundador, rezuman también espiritualidad ignaciana.

Admiró en san Ignacio su gran amor a Jesucristo y su ardiente celo apostólico. Y en este santo vio cómo la Iglesia — y en ella nuestra Congregación de Misioneros— debía luchar con la palabra de doble filo contra todas las potestades de este mundo que se oponen a él. Le entusiasmó el lema de san Ignacio Ad majorem Dei gloriam, aunque él para su vida misionera escogió el de san Pablo: Caritas Christi urget nos.

Ambos, como santa Teresa de Jesús, nos han dejado sus autobiografías en las que «narran cómo se encontraron con el Dios vivo y fueron redimidos por su gracia» (3, p. 35). Ambos se convirtieron en su juventud: Ignacio por la herida en una pierna y Claret por los desengaños en Barcelona. A ambos la visión de la Virgen les «les procuró la victoria definitiva en la castidad y en ambos provocó la decisión de consagrarse plenamente al servicio de Cristo» (3, p. 143). Los dos cultivaron una espiritualidad teocéntrica profundamente cristológica (3, p. 216) y fueron contemplativos en la acción (3, p. 291). Tanto Ignacio como Claret han sido dos grandes santos al servicio de la Iglesia, con un amor profundísimo al Señor en el misterio de la Eucaristía.

También fue grande la veneración del P. Claret por la Compañía de Jesús, que conoció sobre todo en sus meses de noviciado en Roma. En ella admiró principalmente la solidez espiritual con su característico cristocentrismo y el espíritu de lucha valiente por la causa del Evangelio en el mundo entero.

 

BIBLIOGRAFÍA

  1. DE DALMASES, C. El padre maestro Ignacio, Madrid 1982.
  2. LESMES, F. San Antonio María Claret y la Compañía de Jesús, en Razón y Fe, 104 (1934) pp. 434-460.
  3. LOZANO, J. Mª. Un místico de la acción, San Antonio María Claret, Barcelona 1983.
  4. RIBADENEIRA, P. Flos sanctorum, t. II, Madrid 1761.
  5. TELLECHEA, I. Ignacio de Loyola, solo y a pie, Madrid 1986.

 

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