San Francisco Coll

SAN FRANCISCO COLL

CLARET Y COLL

DOS SANTOS, DOS MISIONEROS Y DOS AMIGOS

Juan SIDERA, CMF

 

1 .- ORÍGENES

Antes de llegar a confluir en el Seminario de Vic en 1829, las vidas de

Claret y Coll habían seguido cursos bien distintos. Antonio Claret y Ciará

nace el 23 de diciembre de 1807 en la villa de Sallent, a orillas del

río Llobregat y en el borde norte del amplio llano del Bages (Pía de Bages).

Cuatro años más tarde, el 18 de mayo de 1812, nace Francisco Coll i

Guitart en Gombrén, en el Prepirineo, en el estrecho y profundo valle por

donde discurren las escasas aguas del Merdás, afluente del Fresser, en las

cercanías de Ripoll.

Es fácil señalar el contraste geográfico de los lugares de nacimiento.

Claret nace en la Cataluña central, en el llano relativo del Bages. Sus ojos

desde la infancia se abren a un horizonte amplio, cerrado a los lejos por las

crestas de Montserrat y por el Moncau; y hacia el norte, si bien es verdad

que una cortina de montes le cierra el paso, se trata de colinas de formas

suaves y vestidas de campos y bosques. El niño Coll, en cambio, es un mon-

tañés del Pirineo. Allí la tierra llana apenas existe: el terreno en seguida se

eleva a las alturas por uno y otro lado; montes abruptos, con frecuencia des-

camados en sus moles rocosas, cortados por barrancos por donde saltan las

aguas torrentosas.

Los hogares familiares de Claret y Coll presentan rasgos semejantes:

familias numerosas, bien construidas y consistentes, unidas por la religiosi-

dad y la honradez del trabajo. Claret nos puede poner al principio de su

Autobiografía la lista de sus nueve hermanos, y conocemos además las lis-

tas de numerosos primos de su misma edad. Del P. Coll nos dicen sus bió-

grafos que su padre en primeras nupcias tuvo cinco hijos y luego de enviu-

dar y perderlos, se casó nuevamente con Magdalena Guitart, de Vallcebre

(más Pirineo todavía), y en este segundo matrimonio fueron diez los hijos.

El P. Francisco fue el último de la lista.

Los oficios de ambas familias tienen cierto parecido: Juan Claret

Xambó en Sallent se dedicaba a la industria textil, con un pequeño taller

propio, en el cual fabricaba telas “indianas”, según decía en sus pasaportes.

El progenitor del P. Coll tenía el oficio de “paraire”, que algunos traducen

por “cardador de lana”; era el que compraba la lana y la preparaba con

diversas operaciones como peinar, cardar, lavar, para entregarla a los tejedo-

res. Oficios parecidos con que las dos familias menestrales en Sallent y en

Gombrén ganaban el sustento.

 

  1. – UNA INFLEXIÓN EN EL CAMINO

 

Los cursos vitales de los niños Claret y Coll transcurren en ámbitos

regionales y familiares muy diversos. Pero en el paso de la niñez a la adoles-

cencia encontramos un punto de similitud propiciada por la religión. Ambos

niños, criados en ambientes de piedad, sienten la llamada a la vida sacerdo-

tal; pero a ella responden en formas divergentes.

En Sallent, Antón Claret, después de haber hecho un curso de catecis-

mo como preparación a la primera comunión, en que es premiado con la

calificación de “Approbat – Optime”, recibe con gran fervor el sacramento

y a continuación inicia la vida seminarística. Hay en Sallent desde antiguo

una escuela de latinidad, como preparación a los cursos del seminario dioce-

sano de Vic. Claret se apunta a ella y cursa así el primer año de la carrera

eclesiástica. Pero Claret es un seminarista fracasado: se cerró la escuela,

quedó él en la calle y su padre lo puso a trabajar en la fábrica doméstica.

Aquí los biógrafos claretianos han caído en un error, creyendo que en

Sallent pasó lo mismo que años más tarde le sucedió en Barcelona: allí,

poco tiempo después de apuntarse a las clases particulares de un sacerdote,

éste murió. Pero Claret encontró otro maestro. No pasó esto en Sallent en

1820: el maestro de la escuela de latinidad, el Dr. Juan Riera, beneficiado de

Sallent y cura ecónomo de San Pedro de Fucimanya, continuó en vida y en

trabajo hasta su muerte en 1837. En 1820 la que “murió” fue la escuela de

latinidad, que se cerró. ¿Cuál fue la causa del cierre? Los vientos huracana-

dos antirreligiosos que desató el triunfo del pronunciamiento de Riego en

Cabezas de San Juan a principios de aquel año. El triunfo de los liberales

pronto presentó su cara antirreligiosa y anticlerical. La comunidad parro­

quial de Sallent vio la incertidumbre en que quedaba el provenir del semina-

rio y se vio precisada a cerrar aquella escuela preparatoria. El padre de

Antonio Claret, por muy absolutista y por muy parroquial que fuera, vio que

no podía exponer a su hijo a los tiempos borrascosos que se anunciaban, y,

en espera de mejor época, puso a su hijo a trabajar en la fábrica bajo su vigi-

lancia. Así Antonio Claret emprendió el camino del obrero textil, que más

tarde le llevó a Barcelona buscando la tecnificación.

Dos años más tarde, en 1822, el niño Francisco, de Gombrén, a sus

once años, siente la llamada al sacerdocio y, en unas circunstancias peores –

porque la revolución había avanzado y había dado pruebas de su espíritu

antieclesial: ya se veían los destrozos causados y la reacción realista se

había levantado en armas-, se traslada a Vic e ingresa en el seminario. Real-

mente llama la atención, y hasta nos hace dudar del acierto de sus biógrafos,

que Francisco Coll comenzase el estudio del latín en el seminario de Vic en

  1. En la montaña de Cataluña es donde tienen lugar las luchas feroces

entre liberales y realistas, que infestan de atropellos las comarcas, por más

pacíficas que éstas sean. En estas circunstancias, es llamativo que un niño

de once años deje su familia y pueblo de Gombrén para viajar y morar en

Vic como alumno externo del seminario. Y en Vic, y en su seminario, trans-

currirá en adelante la vida de Francisco Coll. Lástima de falta de conoci-

mientos.

 

3 .-CLARET Y COLL, JUNTOS EN EL SEMINARIO DEL OBISPO

CORCUERA

 

Las vidas de los dos aspirantes al sacerdocio se encontraron en el

seminario conciliar de la Sagrada Familia de Vic. Fue en el curso escolar

1829-1830: un año en que la vida escolar gozó de mayor estabilidad e inten-

sidad. Se sitúa entre el final de la revuelta “deis Agraviats” y los preparati-

vos del alzamiento carlista que haría el primer estallido en Prats del Llussa-

nés en octubre de 1833.

En esos años (1829-1830), Francisco Coll estudia el tercer curso de

filosofía. Claret ingresa, y, aprobados en examen sus conocimientos de latín,

se incardina al curso primero de filosofía. Los dos estudiantes de la misma

facultad, aunque de cursos diferentes, debieron de coincidir en muchas oca-

siones en los mismos locales y actividades. ¿Se conocieron y trataron? Con-

tinúa nuestra ignorancia. De este período de la vida de Coll nada absoluta-

mente hay documentado; sólo existe el recuerdo de que fue alumno externo,

“estudiant de capellà”, acogido en la Casa Puigsesllosas de Folgueroles

como “senyor Mestre”. En el caso de Claret mejora nuestro conocimiento

gracias a los recuerdos que, bastantes años más tarde, dejó escritos en su

Autobiografía y a las declaraciones de algunos condiscípulos en el proceso

informativo para la beatificación, y también a la previsión de sus biógrafos,

que se apresuraron a recoger algunas notas de los archivos del seminario

antes de que los vándalos de 1936 lo quemaran.

Sobre esta coincidencia en el seminario nos quedamos con dos apun-

tes: pudieron conocerse, y el seminario les dio una misma formación.

Pudieron conocerse, pues pasaron muchas horas en un mismo esta-

blecimiento literario y religioso; aunque el hecho de pertenecer cursos

diferentes los separaba, quedaban unidos dentro de la sección de filosofía

y en el ambiente formativo. No podemos precisar más, pues es poco lo

que conocemos de la vida de los “estudiantes” de entonces. Los regla-

mentos los convocaban a dos horas de clase por la mañana y otras dos por

la tarde. El resto del día su conducta dependía de las condiciones de alo-

jamiento, de la dirección espiritual que recibían y de la voluntad del aspi-

rante que seguía el camino del sacerdocio. Encontrarían un modelo ideal

en los “colegiales”, es decir, el selecto grupo de seminaristas internos;

pero era un grupo tan minoritario que no iba más allá de dos docenas. El

gran elemento director de la vida espiritual de los seminaristas, fueran

“colegiales” o “estudiantes”, era la personalidad del obispo D. Pablo de

Jesús de Corcuera y Caserta, que ejerció una influencia extraordinaria y

única en el seminario de Vic. Poseía una lista nominal de todos los semi-

naristas, los conocía personalmente, cuidaba de ellos y fomentaba la vida

espiritual de todos.

Fuera de las paredes del seminario, a excepción de las entradas y

salidas, no quedaban espacios para el conocimiento entre Claret y Coll.

La Casa Puigsesllosas de Coll y el piso de Mosén Fortià Bres de Claret

no tenían puntos de contacto. Una ocasión favorable al trato y amistad

pudo ser la visita que Claret, según confesión propia, hizo diariamente

en sus años de seminarista a la Virgen del Rosario en la iglesia del con-

vento de Santo Domingo. Francisco Coll visitaría también la iglesia y el

convento para dar salida a su ideal de llegar a ser fraile dominico. Pero

esto no pasa de suposición aventurada, porque se da el caso raro de que

Claret nunca se relacionó con ningún fraile de aquel convento; al menos

no ha dejado escrito ningún recuerdo. Y sólo sabemos, por otras fuentes,

que formó parte de la “Academia del Cíngulo de Santo Tomás de Aqui-

no”, una cofradía que agrupaba a toda la intelectualidad de Vic, eclesiás-

tica o civil, fundada por los dominicos, establecida en su iglesia y dirigi-

da por ellos.

¡Cosa extraña! En aquel curso de 1829 a 1830 visitaban la iglesia y el

convento de Santo Domingo dos seminaristas que sentían el llamamiento a

un ideal de Vida Religiosa: Francisco Coll lo buscaba llamando a las puertas

del convento, cuyo superior, al no poder admitirlo, lo dirigirá hacia el con-

vento de Gerona; mientras que Claret, con el rosario en las manos, le pedía

a la Virgen poder realizar el ideal de entrar en la Cartuja de Montealegre.

Otra asociación en la que los seminaristas de todos los cursos coinci-

dían era la Congregación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga. La había

implantado el gran obispo Corcuera ya en 1826. Según sus estatutos, debían

obligatoriamente formar parte de ella todos los “seminaristas colegiales”; y

de entre los “estudiantes” todos los tonsurados u ordenados, además de

otros 60 elegidos por su talento y buena conducta. Éstos debían solicitar

expresamente la admisión. De Claret sabemos que entró a formar parte de

dicha Congregación al principio del curso de 1831-32. El P. Coll no sabe-

mos si fue congregante o no.

Todavía pudieron coincidir en las campañas de enseñanza del catecis-

mo promovidas por el celo del obispo Corcuera. Precisamente a lo largo de

aquel curso 1829-30 promulgó el Edicto Pastoral para promover la enseñan-

za catequética, y organizó en toda la ciudad su enseñanza para la niñez en

las iglesias. Quiso implantar su plan de manera llamativa y para ello escogió

el día 25 de marzo de 1830.

En ese día se reunirían los alumnos de todas las escuelas en la cate-

dral y de allí saldrían en procesión para hacer el recorrido de las iglesias

más principales; al regreso a la catedral se tendría en ella un acto catequís-

tico. En esta procesión tomaba parte el obispo “acompañado del Cabildo,

el Clero parroquial de nuestra santa Iglesia catedral, nuestro Seminario tri-

dentino y todos los clérigos cursantes en sus aulas públicas, de cualquier

clase que sean”. En realidad, del programa del obispo Corcuera no puede

deducirse que Francisco Coll asistiera a este acto fundacional de la activi-

dad catequística; pues al mencionar “nuestro seminario tridentino” se

refería a los “colegiales”.

Tanto si Coll y Claret tomaron parte activa en estos actos como si fue-

ron simples espectadores, es indudable que esta promoción de la enseñanza

del catecismo fue una lección bien aprendida que luego pusieron en práctica

en sus posteriores campañas de misiones populares, en las que era parte

principal la predicación catequética.

 

  1. – DE NUEVO POR CAMINOS PARALELOS PERO PRÓXIMOS

 

Al acabar el curso en el verano de 1830, Coll ingresó en la Orden

Dominicana en su convento de Gerona, alejándose así de Claret, que conti-

nuó la carrera en el seminario de Vic hasta el verano de 1835; en junio reci-

bió el presbiterado en Solsona, y a continuación se le instaló en su Sallent

natal, donde formaba parte de la comunidad parroquial con el beneficio de

la Monjía. Posteriormente fue vicario y ecónomo de aquella parroquia. Fray

Francisco Coll hizo el noviciado y la profesión de fraile dominico en Gero-

na y continuó el estudio de la teología, ascendiendo a los primeros grados de

las órdenes, hasta que, siendo diácono, se vio obligado a abandonar su con-

vento y la ciudad de Gerona el 7 de agosto de 1835; volvió a residir en la

Masía Puigsesllosas: estudió como pudo, y en 1836 se ordenó de presbítero

en Solsona, como había hecho Antonio Claret un año antes. Es muy posible

que, por haberse ordenado sacerdote transgrediendo la prohibición del

gobierno liberal, encontrara su Prelado, el Vicario Capitular D. Luciano

Casadevall, dificultades gubernativas para emplearlo en el servicio de la

diócesis. Por fin, en 1839, pudo obviarlas y fue destinado como vicario a

Artés y luego a Moiá. La proximidad de Sallent con Artés propiciaba las

posibles relaciones entre Coll y Claret. Más aún, los Claret, padre e hijo pri-

mogénito, tenían el cargo de colectores de rentas del obispado de Vic para

 

los términos de Sallent, Artés y Horta, creándose así una nueva posibilidad

de que el vicario P. Coll llegara a conocer a Mosén Claret, que tenía el pres-

tigio de ser el cura ecónomo de Sallent. Pero en Claret se había despertado

ya el ideal de ser misionero de infieles y en aquel verano de 1839 comenzó

a realizar su plan, viajando a Roma.

Precisamente en los mismos días, o poco después, en que Claret anda-

ba por Roma, el P. Francisco Coll llegaba a la parroquia de Moiá, a primeros

de diciembre de 1839, después de que, en los días 8 y 9 de octubre, las fuer-

zas carlistas del Conde de España sitiaran, asaltaran y destruyeran la villa

defendida por los isabelinos. Hubo muchos edificios arruinados y quema-

dos, más de 120 muertos, y las iglesias profanadas y saqueadas. Fue tal la

destrucción que el gran templo parroquial no fue reparado hasta febrero de

  1. El vicario Francisco Coll tuvo que refugiarse en la gran casa de

campo conocida como El Masot, cuyos dueños lo convirtieron en refugio de

los que quedaron sin techo ni bienes y en almacén donde recogieron los

objetos religiosos salvados del incendio de la parroquia. En esta casa residió

bastante tiempo el P. Coll y desde ella se acercaba al pueblo para ejercer sus

funciones de vicario.

Más adelante Francisco Coll pasó a residir en el pueblo, en un piso,

acompañado de su hermana. En Moiá tuvo su residencia hasta 1849 o 1850.

Con el tiempo Moiá tuvo tres y hasta cuatro vicarios y entre sus párrocos

destacó D. Juan José Castafier y Ribas, que más adelante sería obispo de Vic

(1858-1865). Con esta abundancia de clero parroquial se explica que el P.

Coll pudiera salir a predicar en parroquias del obispado más o menos próxi-

mas. De esta manera Coll comenzó la carrera parroquial por los mismos días

en que Claret la dejaba para seguir su ideal misionero, que pensaba realizar

en las misiones de infieles de Oriente.

 

  1. – CLARET Y COLL, PREDICADORES

 

“Amigos y compañeros” son dos títulos que Claret da en las cartas que

se han conservado dirigidas al P. Coll. Cuando le da estos títulos, ya son his-

toria pasada: Coll ha quedado Misionero y Fundador en Cataluña; Claret

está en las alturas de Madrid, de la Corte, y del Episcopado. Por tanto “ami-

gos y compañeros” lo fueron en época anterior.

Resulta desesperante la escasez de datos históricos seguros en que

fundar el conocimiento de las actuaciones misioneras de nuestros dos San-

tos. Tal vez más grave en el caso del P. Coll que en el de Claret; éste nos dejó

en su Autobiografía una lista de localidades en que predicó, y bastantes

sucesos que en ellas le ocurrieron. Y no son tan escasos los datos documen-

tados que recogieron sus biógrafos. Datos y hechos del Misionero P. Coll,

avalados por testimonios auténticos y precisos, apenas si los hallamos antes

de 1849.

 

  1. – EL P. CLARET AL LADO DEL P. COLL, FUNDADOR

 

Claret, confesor real; Coll, fundador. La historia documental que enla-

za a Claret con Coll enmudece cuando preguntamos acerca de sus contactos

en la época posterior a 1848, año en el que Claret va a misionar a Canarias;

y sigue callada cuando regresa a la Península en mayo de 1849, camina

hacia el episcopado en 1850, y durante su estancia en Cuba hasta 1857. Son

diez años de silencio o de olvido.

En este período San Francisco Coll se convierte en fundador de las

Hermanas Terciarias Dominicas de la Anunciata. Este será el motivo de la

futura colaboración entre ambos Santos.

El 15 de agosto de 1856, el P. Coll fundó el Instituto con siete jóvenes

en una casa del Cali Nou, en Vic. Tuvo mucha oposición… sus mismos ami-

gos le disuadían… hubo confesores que negaron la absolución a las aspiran-

tes y Hermanas… oposición y dificultades que duraron varios años…; “no

obstante el Ven. P. Claret, conocedor del espíritu del P. Coll, le animaba a

llevar adelante su obra comenzada” 50.

 

A – Contacto epistolar documentado

Esta afirmación del P. Lesmes encuentra buena base en la carta del 5 de

agosto de 1857, cuando, apenas llegado Claret a Madrid y recién estrenado su

cargo de confesor real (últimos de mayo y primeros de junio de 1857), ya el P.

Coll acude a él pidiéndole su protección y ayuda. En la respuesta, el P. Claret

“anima” al P. Coll a proseguir su obra. Ya es notable el saludo: “Muy señor

mío, compañero y amigo” 51. Son dos títulos heredados los tiempos pasados,

en que, además de amigos, habían sido compañeros; cosa que ahora continúa,

añadiéndose el de “señor”, por la disposición a servir. También hay frases muy

significativas de aprobación, ánimo y promesa de colaboración: “Debo decir-

le que de mi parte haré todo lo que pueda a favor de su saludable pretensión.

Pero entretanto que yo vaya practicando las diligencias necesarias, vaya V.

trabajando, aumentando el número de las Terciarias de mi queridísimo Santo

Domingo, y váyalas criando con ese espíritu de pobreza. No se espante por

contradicciones y persecuciones que V. y ellas tendrán que sufrir; en esto

conocerán que es obra de Dios. Y sólo en Dios y en María Santísima pongan

toda su confianza”. Claret sería “tan feliz si le consiguiera todo lo que V. pide

a favor de esas Terciarias… Téngalo presente esto que le digo y anímese

mucho a trabajar lo que pueda en la viña del Señor”.

De aquel mismo año 1857 52 se conserva una nueva carta del P. Claret,

en la que el P. Coll sigue siendo tratado como “señor y apreciado compañe-

ro”. Como, por lo visto, las primeras gestiones realizadas habían tropezado

on la dificultad de que el Instituto no había sido aún aprobado, ni tenía

Constituciones, Claret indica al P. Coll los trámites que debe realizar y se

ofrece a gestionar él mismo ante el gobierno el que las Hermanas puedan

enseñar, aun en el caso de carecer de titulación oficial.

Existe una tercera carta del arzobispo Claret, fechada 21 de mayo de

1858, dirigida igualmente a su “señor y apreciado amigo”, el P. Coll. Esta

carta le sirve a Claret para sincerarse de que ha hecho todo lo que estaba en

su mano a favor del P. Coll y de su instituto: “Yo mismo escribí la solicitud

y varias veces he hablado con el Ministro que lo ha de despachar, para que

lo despache pronto; he enviado muchas veces al Ministerio para saber como

está [el asunto]”. Y le indica al P. Coll cómo debe él moverse en Cataluña

para saber dónde y en qué situación se encuentra el expediente, puesto que

ni “yo, ni el Ministro, ni la Reina podemos hacer más que esperar que vuel-

va a ésta el Expediente”.

¿Hubo algún contacto epistolar posterior? El epistolario claretiano no

lo atestigua, pero tampoco autoriza a excluirlo; no se han conservado todas

las cartas… Al no disponer de más cartas, no podemos saber cómo continua-

ron y acabaron estas gestiones de Claret ante el Gobierno. Nos queda como

seguro que fue un fiel colaborador del P. Coll en la consolidación del Insti-

tuto de Hermanas Terciarias Dominicas de la Anunciata.

 

B – ¿Contactos personales?

Cuando en 1856 el P. Coll fundó esta Congregación, el P. Claret esta-

ba todavía en Santiago de Cuba, de donde regresó a Madrid en mayo del año

siguiente. ¿Qué posibilidades existen de contactos Claret-Coll en lo sucesi-

vo? El P. Coll nunca fue a Madrid; pero Claret viajó a Barcelona y a Vic

varias veces, la primera en mayo de 1859 54. En Vic estuvo exactamente

desde la noche del día 25 hasta primera hora de la mañana del 30. ¿Se vio

con el P. Coll en esa ocasión? No hay datos. En el boletín diocesano encon-

tramos una relación pormenorizada de la actividad de San Antonio María

Claret por Vic en esos cuatro días; el cronista, que le sigue los pasos minu-

ciosamente, sabe que el día 27 celebró la misa en la capilla de las Beatas de

Santo Domingo, de las que era capellán el P. Coll, y que el domingo 29 por

la tarde, después de haber predicado a las mismas Beatas, se trasladó a la

catedral, donde predicó al clero. Nada se dice expresamente de la presencia

del P. Coll en uno y otro lugar, pero es muy probable. Tampoco se menciona

a sus Hermanas Dominicas entre las comunidades que Claret visitó, pero

esto no es significativo, pues tampoco se dice nada de las Religiosas Felipe-

rias del P. Pedro Bach: dos instituciones similares nacidas de dos grandes

amigos. Quizá no se las mencione porque, al no ser de clausura, pueden

haberse reunido con otras comunidades, como podían ser las Beatas.

Claret volvió a visitar Vic el 3 de octubre de 1860 55, en una escapada

de junto a la familia real, que pasaba unos días en Barcelona. Tampoco ha

quedado constancia de que en ese día se haya visto con el P. Coll o con sus

El Diario de Barcelona y el Boletín del obispado de Vic dan una amplia reseña

de la actividad del arzobispo en esos días, pero no completa, de modo que no nos sacan de

dudas: cf. EC, I, pp. 1776-1778.

Puede verse reseña de actividades en el Diario de Barcelona, edición del día 10.

“Terciarias”. En ese otoño de 1860 Claret visitó además varias ciudades de

la provincia de Barcelona, pero no pueblos pequeños, que es donde las Her-

manas tenían fundaciones.

Sobre la breve visita de Claret a Vic los días 9 y 10 de julio de 1864

-tras haber presidido en Gracia (Barcelona) un capítulo general de sus

misioneros- apenas han quedado noticias; fue, por lo demás, un viaje casi

clandestino, “para no llamar la atención de los malos”.

La última estancia de Claret en Vic y Barcelona (Gracia) tuvo lugar en

el verano y otoño de 1865, cuando, con motivo del reconocimiento del reino

de Italia por Isabel II, se separó temporalmente de su cargo de confesor real.

Permaneció en Vic de julio a noviembre, y mucho de su actividad en esos

meses está recogido en noticiarios y documentado en su propio epistolario.

Desgraciadamente no ha quedado constancia de encuentro alguno con San

Francisco Coll ni con sus HH. Dominicas de la Anunciata.

 

CONCLUSIÓN

Nuestro amor a los documentos, que forman la base del conocimiento

verdadero de lo que fueron e hicieron nuestros Santos, nos lleva a concluir

este trabajo recordando lo que fue para San Antonio María Claret su con-

temporáneo San Francisco Coll. En escritos de hasta 1847, cuando ambos

 

eran misioneros populares, y en cartas de 1857 y 1858, cuando los separaba

el lugar y el oficio, para Claret misionero o arzobispo el P. Francisco Coll

era “compañero y amigo”. Ahora, que han llegado al mismo honor en la

Iglesia, que ha elevado a ambos a los altares, es más brillante y significativa

esta calificación de sus relaciones mutuas: dos Santos de la diócesis de Vic,

compañeros y amigos.

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