Ramón Fluviá

Ramón Fluviá y Prat, cmf

 

Nació en Hostalet de Bas, diócesis y provincia de Gerona, el día 22 de julio de 1850. Profesó en Prades el día 2 de febrero de 1871. Murió en Barcelona el día 15 de julio de 1928.

Hijo de cristianos padres, sintió bien pronto la vocación al altar y, por ello, entró en el seminario del Collell, donde estudió latín y retórica, pasando luego al seminario diocesano de Gerona a estudiar Filosofía. Al terminar Filosofía, entró en nuestro Noviciado de Prades: el P. Bernardo Bech había hecho propaganda y de él se valió el Sr. Fluviá para entrar en relaciones epistolares con el P. Xifré. Con él pidió la admisión al Instituto el Sr. Pedro Mulleras. Fluviá fue admitido sin dificultad.

Durante el Noviciado dio relevantes ejemplos de vida de virtud: su salud, con todo, flaqueaba, de manera que hubo de ser enviado unos meses a su casa para ver si los aires natales causaban una reacción favorable a aquella constitución endeble. El P. Serrat, su maestro, le escribía con frecuencia animándole y exhortándole a conservar su vocación. Algo repuesto, regresó al Noviciado, donde profesó perpetuamente en la fecha arriba indicada.

En Prades primero y luego en Thuir, continuó los estudios eclesiásticos, recibiendo la ordenación sacerdotal el día 28 de febrero de 1874. Se ordenaron otros diez estudiantes: fue entonces cuando Su Excelencia el Obispo Ramadié, aludiendo al número de once, dijo: “no hay aquí ningún Judas”.

Pronto lo enviaron a Vich para restablecer su salud, pues los aires de esta ciudad parecían ayudarle mucho. Pasó luego a Segovia, donde predicó varias misiones en compañía del P. José Villaró. Pronto regresó a Vich, como Ministro local y Maestro de Hermanos Novicios. Este nombramiento hubo de ser muy acertado y parece que bien pronto se convencieron los superiores de la vocación especial que Dios otorgara al P. Fluviá en la Congregación: sería ministro hasta poco antes de morir.

El Rmo. P. Xifré, que tan buen ojo tenía para adivinar las cualidades de los individuos, se extrañaba de cómo el diligente ministro de la casa madre se las apañaba para mantener aquella numerosa comunidad. En cierta ocasión, no sabiendo cómo explicar aquel misterio, dijo públicamente: “Nunca el P. Fluviá me pide dinero para mantener a los estudiantes, Padres y Hermanos, y hasta me paga los viajes cuando los visito”. También el P. Serrat, que, como superior de Vich sabía algo de lo que pasaba, sentía admiración por el diligentísimo Ministro de la comunidad. Hablando un día con el P. Superior de los Franciscanos de dicha ciudad y quejándose este de las dificultades económicas, replicó el P. Serrat: “Nosotros tenemos una segunda providencia en nuestro Padre Ministro”, que era el P. Fluviá. Gracias a sus gestiones se alimentaba bien y sin dificultad una comunidad de ciento treinta individuos.

Amaba a los Hermanos, a los que deseaba ver perfectos religiosos y perfectos en su servicio. A uno lo mandó a Barcelona para que se perfeccionase como sastre. A la casa de Vich trajo por ocho días a un sastre eminente de Barcelona para que diera lecciones prácticas a los Hermanos. Los atendía en las enfermedades y alguno llegó a afirmar que le debía la vida. Formó una verdadera pléyade de Hermanos dignísimos, que han sido en años posteriores una verdadera providencia para nuestro amado Instituto.

De Vich pasó a Barcelona como ayudante del M.R.P. Rota en la administración general de los bienes de la Congregación: allí continuó prestando servicios enormes a los ministros generales, hasta que habiendo renunciado a este cargo el M.R.P. José Mata, el Rmo. Xifré nombró al P. Fluviá, y en el mismo cargo fue confirmado en los Capítulos Generales de 1899, 1906, 1912, y fácilmente lo hubiera sido en el Capítulo General de 1922, pero su edad avanzada y sus achaques movieron a compasión a los Padres Capitulares.

Cierto que en sus ocupaciones encontró siempre hermanos beneméritos que le ayudaron en sus cuentas, en hacer diligencias por la Congregación: basta citar los nombres de los beneméritos y santos hermanos Giol, Redín y Vilanova. Pero no hay duda de que el P. Fluviá era un gran administrador y un recadero incansable. Porque este era un oficio desagradable si se quiere, sobre todo para un alma amante del recogimiento, como la del P. Fluviá. No obstante, lo desempeñó hasta la muerte. Hizo incontables diligencias para enviar cosas a Fernando Poo, para comprar cosas de culto para las comunidades de América, para procurar visas de transporte a los que tenían que volar a otros continentes en alas de la obediencia religiosa, para procurar pasajes a los muchos que en aquellos años salían de España para África, para América. El P. Fluviá fue para todos ellos una providencia visible. Era incansable recorriendo innumerables veces aquellas calles de Barcelona, agenciando cosas para sus Hermanos de Congregación.

En su conducta como religioso fue siempre ejemplar. Estas notas personales suyas delatan al religioso perfecto: “Pondré un cuidado especial en evitar todo pecado advertido y deliberado, por leve que sea, en seguir las inspiraciones de la gracia, en sufrir lo que sobrevenga. Pediré a Dios nuestro Señor adversidades y trabajos y paciencia para sobrellevarlos: pediré al Señor indiferencia en el cumplimiento de su voluntad y de mis superiores. En mis apuros económicos para la sustanciación de los colegios, acudiré con filial confianza a nuestra buena Madre y al V.P. Fundador…”.

Era hombre de mucho trabajo, de muchísima oración: a la ordinaria, añadía oraciones particulares: quien con él vivió en la misma comunidad muchos años, el Hermano Vilanova, asegura que diariamente, después del ejercicio de la noche, el P. Fluviá se retiraba a su cuarto, donde estaba en oración hasta las doce, “y se levantaba a las cuatro de la mañana, con todos”, añadía con admiración el citado Hermano.

Era amable con todos, sencillísimo en su trato, condescendiente con todos, dorado de una memoria facilísima: era una fuente de información bien segura, pues se acordaba de detalles de nuestra historia que valían un potosí.

Amaba a la Virgen Santísima, visitando diariamente la Basílica de nuestra Señora del Pino, que santificara san José Oriol con sus ejemplos extraordinarios y sus milagros estupendos.

Amó entrañablemente a la Congregación. Era público que por amor a la Congregación se imponía sacrificios que deben calificarse simplemente de heroicos: ¿quién no ha oído decir que se iba a pie de Vich a Barcelona para arreglar asuntos de la Congregación? ¿Quién desconoce que a pie cruzó muchas veces los Pirineos para ir a Thuir a cobrar la renta de los colonos que habitaban nuestra casa? Son sacrificios que revelan un amor acendrado a la Congregación.

Amaba la pobreza religiosa, presentándose siempre limpio, pero muy pobre a los ojos del mundo. Y pensar que fue ministro por espacio de cuarenta y ocho años, y que por sus manos pasaron sumas grandes de dinero… Es algo que revela el temple del P. Fluviá, digno ciertamente de un monumento. Por algo le decía el Rmo. P. Alsina, chanceándose, que también los santos gustan de bromas de buena ley: “cuando lo hagan santo, habremos de pintarle con un billete de mil pesetas en la mano”. No es probable que llegue este día: pero por santo lo han tenido los que íntimamente lo conocieron.

Era amable con los enfermos, para quienes no le dolían gastos: era servicial con los forasteros, atento con las autoridades civiles y religiosas, deferente con todos con una deferencia que radicaba en su humildad de veras grande. Consiguió amistades poderosas para la Congregación y no pocos bienhechores que nos ayudaron en circunstancias difíciles.

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