PEDRO MULLERAS

PEDRO MULLERAS

 

Había nacido el día 31 de enero de 1943 en Olot, Gerona. En la Congregación profesó el día 10 de octubre de 1870. Y murió en Ciudad Real el día 29 de enero de 1900.

Dos seminaristas de Gerona se estaban entusiasmando con la idea de ir a un Seminario de Misiones que estaba funcionando en Prades, Francia: escribieron al efecto la petición, y habiendo llenado los formularios que para hacer las cosas más en regla se les enviaron, deseaban ansiosos la respuesta: no se hizo esperar; uno de ellos, el Sr. Fluviá, estaba admitido: el otro el Sr. Mulleras no, por estos tres motivos: era viejo para los estudios, había sido soldado liberal y había estado como aspirante entre los Escolapios.

Y la amistad que había entre los dos estudiantes era tan íntima, que la separación se les hacía difícil por no decir imposible. Al mes recibió el Sr. Fluviá otra carta de Prades: antes de abrirla llamó a su amigo Mulleras, y los dos entraron en la Catedral y rezaron fervorosamente ante la tumba de San Narciso, para que aquella carta tuviera una buena noticia para ambos: acabada la oración abrió el Sr. Fluviá la carta que era del P. Xifré: “me extraña, le decía el Rmo. P. General, que no haya venido a este Seminario para el cual estaba admitido: además me conviene saber si el Sr. Mulleras ha quitado aquellas tres cosas que impedían su admisión a nuestro Instituto”. Aquí una carcajada de ambos estudiantes interrumpió la lectura: ¿que soy viejo? pues lo soy cada día más, dijo Mulleras; que fui soldado liberal, pues es cierto y no lo puedo remediar; que fui aspirante a los escolapios, también es cierto. Los lectores pueden sospechar la respuesta que el Sr. Fluviá daría a la carta, y con qué palabras pediría que se admitiera a pesar de todo, al Sr. Mulleras.

No se hizo esperar mucho la respuesta de Prades. Los dos estaban admitidos. Fueron contentísimos y comenzaron el Noviciado en aquella casa donde era difícil distinguirse por la virtud, como decía el P. Fluviá, ya que todos eran muy santos. Mas un día notó el Sr. Fluviá que su amigo Mulleras estaba triste: fue a inquirir la causa y supo que el P. Xifré no podía olvidar que había sido soldado liberal y había resuelto dimitir al joven novicio. El Sr. Fluviá se fue al cuarto del P. Serrat, el Maestro de Novicios, manifestó que aquel estudiante era una joya, y pidió encarecidamente que no lo enviasen a su casa. El P. Serrat consiguió aplacar al F. Xifré, y Mulleras se quedó en la Congregación para ser una de las figuras más interesantes de nuestra historia.

El P. Mulleras, llamémoslo así, ya que no tardó en ordenarse, pues estaba muy adelantado en sus estudios eclesiásticos, estaba dotado de hermosa figura, de voz potente y bien timbrada, de facultades intelectuales magníficas, de una imaginación brillante, de una dicción completa. Era el tipo ideal para un excelente predicador: y lo fue de verdad, tanto que es de los mejores que haya tenido nuestro Instituto: distinguiose en la predicación popular.

 

Sus cualidades morales valían mucho más: era observante, mortificado, muy piadoso y adictísimo a la tradición y a sus superiores. Poseía gran prudencia, y además era constante en las empresas, por cuyo motivo triunfaba siempre. Y a fe que fueron bastantes las que hubo de realizar para extender la Congregación.

Fue superior ejemplar de varias casas, y de algunas de ellas fue fundador, v. gr. la de Alagón, la de Lérida. A él se deben principalmente los pasos que culminaron en la adquisición de la famosa ExUniversidad de Cervera que por tanto tiempo fue la casa más importante de la Congregación. Por cierto que la casa de Lérida se inauguró cuando en la ciudad imperaba el cólera, y el P. Mulleras se ofreció a cuidar apestados, haciéndolo por varios días, lo mismo que otros individuos de la comunidad, cautivados por este ejemplo de su superior. La ciudad agradecida otorgó a la comunidad el diploma de honor y beneficencia.

La fundación de Cervera le costó muchos sinsabores, ya que hubo de limar muchas asperezas, causadas por ciertos elementos quisquillosos. Y la de Ciudad Real debe considerarse gloria suya, aunque el P. Heredero había comenzado a agenciarla.

Asistió al Capitulo General de Cervera celebrado el año 1895, y tomó parte activa en las deliberaciones que culminaron con la división de Provincias.

Como misionero predicó muchísimas misiones y novenas importantes ocupando los pulpitos más famosos de España y dejando siempre muy alto el prestigio de la Congregación. Era elocuente y sus sermones tenían un fondo doctrinal admirable. Obtuvo muchas conversiones, y de no haber estado su actuación algo cohibida con el cargo de superior que desempeñó tantos años, hubiera sido uno de los misioneros que más sermones han predicado: parecía incansable, sobre todo cuando de predicar misiones se trataba.

Muchas veces le sucedió tener que predicar al aire libre, y en varias ocasiones hubo de interrumpir   sermones ante el llanto general de los fieles que estaban conmovidos por las verdades que el P. Mulleras les predicaba con su unción verdaderamente evangélica.

Admirado por sus hermanos, que veían en él al Superior bueno y al misionero ejemplar; querido por los fieles que encontraban siempre en él consuelo y bálsamo, el P. Mulleras bajó a la tumba cuando todavía la Congregación esperaba mucho de é1.

De sus cualidades se expresa así el P. Aguilar: “El P. Mulleras cuya pureza de costumbres nunca desmentida era verdaderamente angelical, tenía un gran coraz6n, un corazón verdaderamente paternal, como suelen tenerlo los santos. Por esto donde quiera que estuvo, se granjeó las simpatías de toda suerte de personas, y su popular elocuencia tenían un atractivo especial que disimulaba ciertos defectos de elocución cuando predicaba en castellano”. 

Ciudad Real entera se vistió de luto el día de su muerte, que si fue sentida en la Congregación de cuantos le conocieron, lo fue no menos fuera de ella de cuantos le trataron, singularmente en la ciudad de Lérida, donde tan gratos recuerdos dejó durante su superiorato.

José Berengueras

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