PEDRO MULLERAS

PEDRO MULLERAS

Nació el Rdo. P. Mulleras en Olot (Gerona) el 31 de Enero de 1843: desde sus primeros años se dio a conocer su inclinación a las prácticas religiosas, su alejamiento de las diversiones pueriles, apesar del carácter jovial y simpático que le distinguía, y sobre todo el horror que le inspiraba el oír palabras o ver acciones inmorales; indicio seguro de que el Señor le tenía predestinado, como vaso de elección, para pregonar y extender entre las gentes las grandezas de su santísimo nombre.

 «A los nueve años de su edad, nos dice su Sr. hermano D. Camilo, íbamos los dos con otros varios a recibir lecciones de latín del P. Benaset, religioso Carmelita ;y mientras los demás como niños, nos entregábamos al juego después de las clases, él se retiraba, a casa para estudiar, o a la – iglesia para visitar a Jesús sacramentado; si era por la tarde; por manera que los superiores, al reprender nuestras irreflexivas travesuras, nos ponían por modelo de sumisión, piedad y aplicación a nuestro querido hermano Pedro. Todos los días a las seis de la mañana ya estaba en la iglesia ayudando a misa y encomendándose a Dios hasta la hora de la clase. Los domingos y demás días festivos, tan suspirados por los niños para dedicarse a sus diversiones favoritas, él los dedicaba por entero a Dios y al ejercicio de obras de caridad; pues gran parte de la mañana la pasaba en el templo orando, asistiendo a misa y recibiendo los Santos Sacramentos, y por la tarde, luego de haber asistido a los divinos oficios, se ocupaba con la mayor naturalidad y gozo de su alma en lavar y asear a los enfermos del hospital, edificando por este medio a todos, y consolando y suavizando las penas de los pobres desvalidos. No menores pruebas de su virtud y candor mostró en la fábrica de tejidos, donde nuestro padre nos hacía trabajar tres horas diarias; pues los operarios, conocida su religiosidad, de propósito se desataban en palabrotas grotescas o canciones obscenas; pero él, apartando indignado su vista de ellos, se ponía a cantar la Salve con todas sus fuerzas, y a repetirla una y otra vez, hasta que los tentadores, cansados de vocear, desistían de su maligna intención. También recuerdo que era puntual en asistir todos Jos viernes a la función que se celebraba en la Iglesia de los Dolores tomando parte en Jos ejercicios de penitencia, como cilicios, disciplinas y otros, con que los fieles desagraviaban al Señor ya la dolorida Madre por las ofensas de los pecadores.

 «Por disposición de nuestro padre, q. e. p. d., entró nuestro querido Pedro a los 20 años en una casa de Comercio de Gan día, y a poco tiempo su principal, rico en bienes de fortuna y buen católico, adinerado de sus bellas prendas, quiso darle la mayor prueba de amor y confianza, proponiéndole la mano de su hija; pero mi buen hermano le declaró su invariable resolución de hacerse religioso para dedicarse a las misiones; é in  mediatamente se retiró por decoro a nuestra Casa paterna de Olot, esperando vencer la pertinaz resistencia que nuestro padre ponía a su vocación para dar rienda suelta a sus sentimientos religiosos,»

No pudo en principio recabar de su padre, con amarle de corazón, otro permiso que el de seguir la carrera eclesiástica; y en su virtud ingresó en el Seminario del Collell (Gerona) por los años de 1862; donde muy pronto se granjeó la admiración y el respeto de sus profesores y condiscípulos con su devoción y observancia de la disciplina escolar, con su aplicación y progreso cn las ciencias eclesiásticas obteniendo la neta de meritíssimus en todos los cursos, y mayormente con su gran caridad a favor de los enfermos y la dulzura de su trato y especial habilidad en atraerse y ganar para Dios a los díscolos y disipados.

Terminada la filosofía hacia el año 1867, pasó a cursar la teología en el seminario conciliar de Gerona, donde, para no ser gravoso a sus padres, se ganaba el sustento material cuidan’ do de la instrucción de varios estudiantes de familias bien acomodadas. Con ellos vivía constantemente, les daba conferencias diarias, acompañábales todos los días a la Santa Misa y a las 40 horas, infundiendo en aquellos jóvenes tal modestia y devoción que parecía una pequeña comunidad religiosa.

Antes de que el Señor le llamara real y efectivamente a la vida religiosa orillando todos los estorbos que se lo impedían, ya tuvo la dicha de servir de instrumento para comunicar la vocación a otros, cuales fueron siete jóvenes gerundenses que por su medio ingresaron en el Convento de Trinitarios de Roma, cabalmente en la época más clítica de aquella Comunidad, que se iba extinguiendo por falta de vocaciones.

Por entonces pasó nuestro Rdo. P. Bech a Gerona con motivo de unas predicaciones, y no bien tuvo por este medio conocimiento de nuestra querida Congregación, quedó tan prendado de ella y del buen espíritu que la informaba, que no paró hasta conseguir su admisión en el noviciado de Prades el 6 de Septiembre de 18’59,

Va se deja comprender que, si tan buena mañana se había dado en promover vocaciones para otros Institutos religiosos, no había de escasear las exhortaciones con sus condiscípulos v compatriotas para aumentar el número de nuestros novicios; y en efecto, muchos otros seminaristas de aquella levítica diócesis y no pocos sacerdotes, inclusos algunos profesores, deben después de Dios la gracia de la vocación y su nombre de hijos del Corazón de María al celo propagandista de nuestro buen P. Mulleras.

Pasado el año de prueba, se dispuso con fervientes ejercicios espirituales a su total consagración a Dios, cabiéndole la dicha de ser el primero que hizo sus votos religiosos, después de la sanción apostólica de nuestras santas Reglas, acto solemne que realizó en 1. 0 de Octubre de 1870. 

 Su Sr. padre, que tanto había trabajado en un principio para extinguir en el corazón de su hijo sus tendencias a la vida religiosa, no solamente accedió de buen grado a que se alistara en las filas de los Misioneros del Corazón de María: sino que sentía verdadero placer en llamarle su misionero y se colmó de gozo su corazón paternal cuando le visitó en nuestro noviciado de Thuir, con .su mencionado hijo D. Camilo, para asistir a la primera Misa del P, Pedro.

Por algún tiempo desempeñó el cargo de Coadjutor del Maestro y más tarde el de profesor; pero viendo los Superiores los talentos extraordinarios del P. Mulleras para el púlpito, le encomendaron la cuaresma de Pezillá de la Riviere (Francia), donde recogió, opimos frutos luchando con valor contra el jansenismo que estaba en aquel rincón de Francia atrincherado. El 1875 fue destinado a ocupar la nueva casa de Alagón siendo su primer Superior, (donde trabajó no poco en la reparación de aquel entonces derruido edificio; sustituyóle pronto el R. P. Gavín, pasando el P. Mulleras de Superior a la casa de la Selva, donde comenzó a desplegar el celo apostólico que bullía en su pecho, recorriendo ya en misiones, ya en visita pastoral, acompañando al Prelado, toda la Archidiócesis de Tarragona. Vuelto a Alagón con el mismo cargo de Superior extendió el beneficio de su persuasiva palabra por las diócesis de Zaragoza, Teruel, Tarazona, Calahorra y Pamplona; y hasta en el reino de Galicia, dando en todas partes nombradía a nuestra Congregación, y proporcionando a la misma innumerables vocaciones. Por motivos de obediencia fue trasladado a Gracia, siguió sus tareas apostólicas por Vich, y Barcelona, y fue a las nombradas misiones de Cádiz, so Fernando, Santispiritus y Cazalla en las provincias andaluzas.

Pero donde se retrató el malogrado P. Mulleras con toda su grandeza fue en Lérida de cuya casa fue fundador y primer Superior, siendo el héroe de la ciudad, yendo al frente de la Comunidad en la asistencia de los enfermos invadidos del cólera el año de 1885: conquistó para Dios innumerables almas en dicha diócesis de Lérida y en las de Urgel, Barbastro y Solsona y llevando el consuelo a infinitos corazones en el santo tribunal de la penitencia. Por lo cual los respectivos Sres. Obispos, singularmente el Excmo. Sr. Costa y Fornaguera de Lérida a la saz fin, hoy Arzobispo de Tarragona, el Emmo. Cardenal Casañas, de Urgel, y el Emmo. Sr. Benavides, Arzobispo que fue de Zaragoza, le profesaron singular amor, Providencialmente se determinó en Capítulo general de 1895 que el P. Mulleras pasara a la fundación de Ciudad-Real; pues el Sr. Obispo Rancés, Prior entonces de las Cuatro Ordenes militares y Prelado de esta diócesis, suspiraba y pedía a Dios por un sacerdote con quien desahogar las cuitas de su corazón. y cuando llegó el Simpático P. Mulleras, vio puertos de claridad y dio gracias al Dador de todo bien por tan señalado beneficio. Aquí como en todas partes ganó con su prudencia, fama y celo las simpatías de los manchegos que le amaban como a Padre. Razón tuvo el Sr, Obispo Piñera cuando dijo: que a nuestro llorado Padre se le pueden. muy bien aplicar aquellas palabras del Apostol: Bonum certamen certavi, cursupn consumavi fidem servavi; in reliquo reposita est mihi corona justitiae. Por no alargar más esta relación, me contento con decir que delante tengo una lista que parece fabulosa donde el buen Padre hace constar los ejercicios, misiones, cuaresmas, novenarios, etc., que ha dado en innumerables poblaciones de España. Y antes de referir su preciosa muerte debo hacer constar que el P. Mulleras era todo de la Congregación y se desvivía por el sostenimiento de los colegios, evitando gastos superfluos en la casa donde estaba con el afán de recoger fondos para el mencionado fin. V no es pequeña loa de su prudencia que todos hayan deseado tenerle por Superior; que estando él al frente de las Comunidades han reinado siempre amistosas relaciones con las autoridades eclesiásticas y civiles y con la población en masa; por eso ya no es de extrañar que haya siempre dirigido las conciencias de los Sres. Obispos, ni que el Sr. Rancés lo contara entre sus más íntimos amigos, ni  que diga el Sr. Piñera «basta hablar con el P. Mulleras para quererle», ni que el actual Obispo de Lérida Sr. Messeguer ‘haya hecho grandes elogios del malogrado Padre, y deseado tenerle siempre a su lado.

La última predicación del finado fuele encargada por dicho Excmo. Sr. con anuencia de nuestro Rmo. 1). General. Fue, pues, nuestro Padre a Lérida a predicar la novena del Santo Pañal; y en los días que estuvo en Cataluña fue acometido por un pertinaz catarro con el cual llegó a esta el 17 de Enero; en un principio no parecía de importancia, pero a medida que el tiempo transcurría, iba aumentando su mal. Aconsejado por los Padres púsose en cama el 21 de Enero, llamóse al facultativo y el diagnóstico que dio nos fue poco favorable, el cual desgraciadamente se confirmó en los días sucesivos; reunióse consulta de médicos, y calificaron su enfermedad de bronco-neumonía gripal, y convinieron en que se debía disponer al paciente con los Santos Sacramentos. No fue necesario, porque el fervoroso Padre, previendo el fatal desenlace de su mal, quiso disponer su espíritu para la eternidad. Sabedor el Señor Obispo del estado de nuestro P. Superior quiso en persona, administrarle el Santo Viático, y traérselo él mismo para mayor solemnidad de la parroquia de Santiago. No se invitó a nadie y a pesar del malísimo temporal que reinaba, más de seiscientas personas, de toda clase de gente de la población acompañaron bajo palio a su divina Majestad, en medio de innumerables antorchas, Acercóse Su Excia. al enfermo preguntándole si le ocurría alguna cosa antes de comulgar; a lo que el enfermo contestó que quería hacer protestación de la fe y con una voz fuerte y tranquila contestó según el ritual a todas las preguntas del Prelado. V teniendo el Sr. Obispo al Señor en sus manos, rcnov6 el P. Mulleras las promesas del bautismo, la ordenación sacerdotal, juró obediencia al Romano Pontífice, a los Superiores generales de la Congregación, encargándonos que lo comunicásemos, prestó sumisión al Obispo de la diócesis, dio gracias a los asistentes y pidió humildemente perdón a la Comunidad que postrada en torno suyo lloraba sin consuelo, mezclando sus lágrimas y sollozos con los sollozos y lágrimas de innumerables fieles que no podían contemplar con ojos enjutos tan conmovedora escena. Y ofreciendo al Señor su vida exclamó: Si es voluntad de Dios que muera, yo muero gustoso, y quiero que mi cuerpo sea reducido a polvo en castigo de mis pecados. Cosa más tierna y conmovedora no la he contemplado en mi vida. Pasó la noche tranquilamente, pero a las ocho de la mañana del siguiente día se le aumentó la calentura de suerte que hubimos de administrarle la Extrema Unción, hacerle la recomendación del alma, la indulgencia del Jubileo y la Bendición apostólica, y el enfermo respondía con mayor entonación que la Comunidad, que derramaba copiosas lágrimas a vista de aquel espectáculo. Quiso unirse con Jesús sacramentado a quien profesaba tiernísima devoción y a las 2 de la tarde comulgó devotamente y lo restante del día empleó en rezar el santo rosario, su devoción favorita.

Repetía como un niño las jaculatorias que le sujeríamos, y cerró sus labios con estas últimas palabras que le oímos pronunciar: Jesús, José y María. Va no habló más aquella lengua que tanta gloria dio a Dios, que conquistó tantas almas, y. tanta santidad alcanzó. Al anochecer vino de nuevo el, Prelado, hizo la recomendación del alma al enfermo al que encontró sin sentido, pero no sin conocimiento al parecer, y a las nueve, y cuarto de la noche, sin estremecerse lo más mínimo, entregó su dichosa alma al Creador el 29 de Enero, rodeado de sacerdotes que contemplaban llorosos tan sensible desgracia. El 30 de Enero a los 57 años menos un día de edad fue enterrado su cuerpo en medio de la manifestación más completa que se ha visto en esta ciudad. Digo manifestación completa porque, si durante el curso de la enfermedad, vimos innumerable- muchedumbre interesarse por la salud del enfermo, al entierro concurrió sin excepción toda 1a ciudad en masa. Comisiones de los Asilados, Hospicianos, Colegio de S. José, Hermanas del Hospital Hospicio, Colegio, Hermanitas; Seminaristas, Adoración nocturna, Cabildo Catedral y Parroquial y Clero todo llenaban las calles durante cl trayecto que par beneplácito de los Sres. Curas atravesó la jurisdicción de las tres parroquias de esta capital. La inmensa muchedumbre despidióse ante el duelo en el cementerio, cl cual lo componían el Sr. Obispo Prior, el M. R. P. Provincial, la Comunidad de Misioneros, sobrino y parientes del finado, el Secretario del Gobierno civil y el Presidente de la Audiencia. Perdían del féretro seis anchas cintas que eran llevadas por otros tantos Sacerdotes. La Cruz de nuestra Iglesia presidía el lúgubre cortejo llevando la capa uno de los Padres en uso de nuestros privilegios, y cantores de todas las parroquias oficiaban en el entierro. Al día siguiente hubo solemnes funerales en la Iglesia de Santiago, asistiendo el Prelado de medio pontifical y cantando la misa el M. R. P. Isaac Burgos. Colocóse en el centro de la Iglesia un soberbio catafalco y muchedumbre de fieles ocupaban el sagrado recinto orando por el finado. Numerosos y sentidos pésames hemos recibido estos días de dentro y fuera de la población, y fervorosas oraciones y misas en abundancia se han aplicado por su alma. Justo es que unamos también las nuestras y no olvidemos nunca al R. P. Pedro Mulleras, cuyo nombre debe figurar entre los individuos más conspicuos y beneméritos de nuestra Congregación amada. R. I. P. A.—

Cosme Lorente. C. M. F.

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