MARCOS ZULUAGA

MARCOS ZULUAGA

Sólo y únicamente porque pudiera ser provechoso para alguien, que estuviera sintiendo en su interior la llamada de Dios a la vida consagrada, acepté la invitación del Excmo. Monseñor José Dimas Cedeño, Arzobispo de Panamá, para presentar ante ustedes el testimonio de mi vida Sacerdotal, en esta celebración de la Cena de Pan y Vino, a favor del Seminario Mayor San José de Panamá, este año de 1999, 560 aniversario de mi ordenación Sacerdotal.

La historia de toda vocación cristiana; pero muy especialmente a la Vida Consagrada, es un diálogo entre Dios, que llama, y el hombre, que en su libertad responde. Estos aspectos los vemos reflejados en San Marcos, 3, 13, cuando el Señor al formar el Colegio Apostólico dice: “y llamando a los que quiso, vinieron a Él”. Encontramos la misma idea en la carta de Pablo a los Efesios, l, 4-5., cuando afirma que: “toda vocación cristiana se fundamenta en la Elección en Cristo, hecha conforme al beneplácito del Padre, desde toda la eternidad.”

Por eso no dudamos en afirmar que en relación a la Vocación Sacerdotal no puede haber ninguna presión humana, ni nadie puede reclamar derechos.

La llamada de Dios al Sacerdocio se manifiesta de diversas maneras, en mi aso concreto debo confesar que ya desde muy niño sentí una gran inclinación a todo lo sagrado; la Misa, la predicación de la Palabra y un claro deseo de vivir la vida misionera.

Dios quiso que naciera en Zeánuri, un pueblo sencillo, que no llegaba a 2.000 habitantes, en la Provincia de Bizkaia del País Vasco Español. Tenía fama de ser un verdadero semillero de vocaciones Sacerdotales y Religiosas. Por un folleto recordatorio de la Ordenación sacerdotal de 6 seminaristas del pueblo en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús del año 1935, puedo confirmar que en dicha fecha Zeánuri contaba con 268 entre Sacerdotes Diocesanos, Religiosos y Religiosas.

Los que ingresamos en los Seminarios en la década de los 30 en España, no podíamos sospechar lo que nos esperaba. Negros nubarrones de persecución religiosa asomaban en el horizonte nacional y ríos de sangre inundarían muy pronto todo el territorio español. En muchas regiones, donde dominaban los partidos izquierdistas, el ser obispo, sacerdote, seminarista o católico prácticamente era causa suficiente para ser fusilado. Estadísticas confirmadas arrojan la espeluznante cifra de 7.238 (entre Obispos, Sacerdotes, Religiosos y Seminaristas eliminados). De los católicos practicantes, no se ha podido establecer su número, pero fueron muchísimos.

En este momento no puedo menos de hacer mención del heroico Seminario Claretiano de Barbastro: Todo un Seminario, 51 Claretianos: (Superiores, Formadores, Hermanos Coadjutores y Estudiantes), supo afrontar con generosidad y valentía su ofrenda martirial, dando a todos un testimonio heroico de fe y perseverancia cristiana y religiosa. A unos kilómetros de distancia y el mismo día (15, Agosto, 36), mientras nuestros hermanos eran abatidos por balas asesinas en Barbastro, nosotros, ignorantes de cuanto ocurría, emitíamos nuestros primeros votos religiosos. “Nos conmueve, el hecho de que hayan sido llamados a dar testimonio de Cristo, no aisladamente, sino de modo comunitario, constituyendo así, en cierto sentido Un Seminario Mártir (Homilía del Papa en la Beatificación). En otro momento, El Santo Padre, Juan Pablo II, exhortaba a los Seminaristas y Seminarios de fa Iglesia a tomar a estos Beatos Mártires como patronos y ejemplo digno de imitación.

Sin embargo a mi humilde entender, el golpe más duro para los Seminarios y las Vocaciones Consagradas fue la obligatoriedad del Servicio Militar. Los seminarios quedaron casi vacíos. Personalmente pude librarme porque éramos tres hermanos, los Tres religiosos, y en tales casos uno podía quedar libre; mis hermanos quisieron que fuera yo el que se acogiera a dicho privilegio. Eso sí, nadie me pudo librar de los tres meses de instrucción militar, tiempo más que suficiente para darme cuenta, que la vida de los cuarteles no era la apropiada para quien aspiraba al sacerdocio. Sería muy interesante que se hiciera un estudio sobre los Seminaristas que fueron al ejercito; los que murieron en los frentes de batalla; los que volvieron al Seminario; los que abandonaron su vocación por diversas causas. Lo que sí sabemos es que estos últimos fueron bastantes en número.

Por fin el mes de septiembre de 1943, cuando la guerra Europea era más apocalíptica y encarnizada en los diversos frentes de batalla, amaneció para nosotros el día venturoso de nuestra Ordenación Sacerdotal. Pasamos, ciertamente por mil peripecias y aventuras; pero eso sí, llegamos a coronar nuestra carrera muy conscientes de que el Sacerdote debe ser el hombre llamado por Dios a configurarse con Cristo, a seguir sus pasos, que debe estar muy empapado en su mensaje, que en el cumplimiento de su misión debe tratar de ser fiel a Cristo, fiel a la Iglesia y servidor incansable de sus hermanos en todo lo referente a su salvación.

Los dos primeros años de mi sacerdocio los dediqué a la formación de jóvenes y cuando ya había recibido un preaviso de mi Superior mayor de que fuera preparándome para, a mediado del años 1946, encargarme de la dirección de un Seminario Menor Claretiano del Norte de España, me llegó una carta del general de la Congregación en la que me pedía, que a la brevedad posible sacara mi pasaporte, arreglara los demás documentos y luego de despedirme de la familia me presentara en Bilbao, donde ya se estaba reuniendo una expedición misionera con destino a Cuba. El 5 de Febrero salimos de Bilbao en el barco Magallanes y el 13 de Marzo llegamos a Panamá donde nos esperaba Mons. José M. Preciado, Vicario Apostólico del Darién, con quien nos trasladamos a Colón, final de nuestro viaje.

Éramos tres los que llegamos a Panamá. Sabíamos que veníamos a ocupar puestos dificiles y así fue: uno fue destinado a San Blas (Kuna Yala), otro al Darién, y el más joven —el que les habla- a la zona más peligrosa entonces, la Costa Debajo de Colón.

Como era natural, por falta de experiencia, etc., pronto la malaria se apoderó de mi organismo. Al segundo año de mi trabajo en Costa Alujo, afectado por la malaria negra, estuve a punto de morir, me salvé de puro milagro. Para recuperarme me trasladaron a Panamá a la Parroquia de Cristo Rey, y desde entonces mi vida estaría dedicada al servicio parroquial (1949-1974) 25 años dedicamos completos a la Pastoral parroquial; Cristo Rey, Catedral de Colón, Santuario Nacional, Parroquia Corazón de María de San Salvador, El Salvador. Llegaron destinos más cortos en San Blas, Aguadulce y Heredia de Costa Rica, como formador de nuestros estudiantes teólogos.

Habiendo sido elegido en 1974 Superior Mayor Claretiano de Centro América, ocupaba ese difícil cargo, cuando recibí una llamada de la Nunciatura Apostólica de Panamá: Mons. Eduardo Robida quería hablar urgentemente conmigo.

El 14 de diciembre de 1976 llegué a la Nunciatura. Me atendió personalmente Monseñor Robida, me invitó a que me sentara y me dijo sencilla y llanamente: Acabamos de recibir un comunicado de Roma que dice: “El Santo Padre, Pablo VI, ha nombrado como Obispo Auxiliar de Mons. Jesús Serrano, cmf. Vicario Apostólico del Darién a Mons. Marcos Zuluaga Arteche, religioso Claretiano, comuníquese…”

La noticia fue impactante para mí. Nada sabía, ni siquiera sospechaba. Tuve que guardar absoluto silencio hasta que se aclararan algunas dificultades jurídicas que provenían de la nuestra Constitución Panameña. Cumplidos todos los requisitos exigidos por el Derecho Canónico, el 25 de Marzo de 1977 fui consagrado Obispo por el Excelentísimo Mons. Eduardo Robida, Nuncio de su Santidad Pablo VI en Panamá, con la participación de todo el Episcopado panameño e inmensa concurrencia de fieles católicos.

Sabía muy bien que ser Obispo no era un honor, era un servicio. El Obispo para mí era aquel cristiano que ha sido designado por el Papa -Obispo de Roma- para cuidar de una parcela de la Iglesia y unido a Cristo, Siervo, Sacerdote, Pastor, Guía y Maestro, trata de cumplir con el ministerio que se le ha encomendado, de procurar la salvación de los hermanos.

Obispo Auxiliar es aquel que es enviado por el Papa a otro Obispo quien por causas reconocidas necesita de la ayuda para el desempeño fiel de su Ministerio Episcopal. En mi caso fui enviado en ayuda de Mons. Jesús Serrano, cmf., ya bastante mayor y enfermizo, para compartir con él el gobierno del Vicariato Apostólico de Darién, que comprendía: las provincias de Colón y Darién y la Comarca de San Blas (Kuna Yala). Ambos nos conocíamos bien, ya que habíamos compartido muchos años nuestra vida sacerdotal y religiosa.

Al principio todo fue “felicitaciones”, planes y proyectos: ayudar a los Misioneros, cuidar de los marginados, sobre todo interesarnos del bienestar de los pueblos indígenas. Tratamos de incrementar todo lo posible el movimiento popular de los Delegados de la Palabra, que surgía floreciente en el Vicariato… Pero un accidente de carro en la carretera al Darién, sin inaugurar todavía, tronchó todas mis aspiraciones y proyectos.

Mi salud quedó tan afectada que, luego de varias operaciones y sin esperanza de recuperación, debidamente consultado y asesorado en todo por nuestro gran Jurista, Claretiano Panameño, P. Ignacio Ting Pong Lee, me sentí en la obligación de presentar mi renuncia al Papa, Juan Pablo II y el 13 de noviembre de 1981 recibí la contestación de que el Santo Padre, vistas las causas aducidas, aceptaba mi renuncia.

Desde entonces mi vida ha sido de retiro y sacrificio: Impedido para actividades pastorales fui acogido por mis hermanos Claretianos, primer en la Comunidad de la Parroquia de Cristo Rey y luego en el Santuario Nacional del Corazón de María, donde he tratado de ayudarle en su intensa labor parroquial. Mi ocupación principal ha sido y sigue siendo la de ofrecer, en una aceptación resignada, mis oraciones y sufrimientos por el bien de la Iglesia de Panamá, muy especialmente por las Misiones y por las vocaciones sacerdotales y religiosas.

Agradecimiento,

Para terminar quiero agradecer a nuestro buen Padre Dios la vocación recibida, lo mismo que a la Iglesia el haberme llamado al Servicio Sacerdotal y Episcopal.

Agradezco públicamente a mi familia y a la Congregación Claretiana por haberme formado para el Ministerio Sacerdotal y haberme ayudado y acompañado en el cumplimiento de mi vocación, en los momentos de prueba y dolor, de alegría y felicidad.

Y agradezco también a la iglesia panameña, representada por Ud. Excmo. Monseñor Arzobispo, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, laicos comprometidos y todos ustedes, hermanos aquí presentes, el haberme permitido servirles durante más de 50 años como sacerdote y Obispo. Muchas gracias.

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