Manuel de Jesús Subirana

MANUEL SUBIRANA Y SU RELACIÓN CON CLARET

 

Introducción

El año 1893 partía el P. Domingo Solá hacia Honduras. El P. Xifré había aceptado la solicitud del obispo de Comayagua, Mons. Manuel Francisco Vélez, pidiéndole una fundación de los Misioneros Claretianos en aquel país[1]. No dudó en encargarle el delicado y difícil cometido de explorar las posibilidades al P. Domingo Solá, que en aquel entonces se encontraba en México con el fin de establecer allí la Congregación.[2]  

El P. Solá partió el 29 de octubre de aquel año desde Toluca para emprender una larga y muy arriesgada expedición. Primero Luisiana, después de tres días de ferrocarril. Luego en un vapor desde Nueva Orleans por el caudaloso río Missisipi a Belize. Y, finalmente, por mar a Puerto Cortés, en Honduras, a donde llegaba el 7 de noviembre. De allí, en ferrocarril, hasta San Pedro Sula, desde donde partió a caballo hacia la ciudad de Ziguatepec, residencia ordinaria del único obispo de Honduras. Seis días trepando montes y vadeando ríos. Llegó finalmente, aunque indispuesto, a Ziguatepec donde le esperaba una sorpresa, el Sr. Obispo se había ausentado dos días antes hacia Comayagua. No se desanimó el P. Solá, y después de algunos días de descanso salió hacia Comayagua. Ocho días estuvo conferenciando con el Prelado, conviniendo en hacer la fundación en Tegucigalpa, capital de la República, en el convento de San Francisco. Una fundación que nunca llegó a realizarse.

Una de las cosas que más llamaron la atención del P. Solá, fue la extraordinaria devoción que profesaban allí el clero, incluso el Obispo, y los simples fieles al P. Claret. Ese hecho se debía a que hacía muchos años, un sacerdote español, llamado Manuel Subirana, condiscípulo del P. Claret y al que había acompañado a Cuba en calidad de misionero, cuando aquél fue nombrado Arzobispo, y a cuyo lado estuvo cerca de seis años. Subirana había recorrido la mayor parte de la República hondureña, haciéndose popularísimo, y había comunicado a la gente la devoción que profesaba al P. Claret, devoción que todavía duraba en 1893, cuando todavía faltaban cuarenta años para ser beatificado.

He recogido este interesante recuerdo para justificar unas páginas en las que presentaré exclusivamente esa relación de amigos y compañeros de trabajo misionero que llevaron a ambos, Claret y Subirana, a madurar como misioneros y como santos.

Unidos por la Providencia

El año 1807 veía nacer a ambos, Claret y Subirana. Del primero sabemos la fecha, el día 23 de diciembre; del segundo se ignora. El primero nació en un pequeño pueblo industrial, Sallent; el segundo en la ciudad de Manresa. Ambos de la provincia de Barcelona, España. Parecía que la Providencia les tenía reservada una vida paralela a lo largo de su vida.

El primer encuentro fue en el Seminario de Vic el año 1829. Manuel Subirana había ingresado en 1825, a los 18 años, Antonio Claret cuatro años después, el 29 de septiembre de 1829, con 22 años. Desde 1825 regía la diócesis D. Pablo de Jesús Corcuera, que hasta su muerte en 1835 se distinguiría por su celosa actuación episcopal, especialmente en la formación de los candidatos al sacerdocio.

En aquella época transitaban por Vic, con diferencia de pocos años, santos y fundadores de la talla de Santa Joaquina Vedruna, Beato Francisco Coll, San Pedro Almató, Lucas Rosendo Salvadó, Juan José Castañer y Ribas. Filósofos como Jaime Balmes. Poetas como Jacinto Verdaguer. Y seminaristas y sacerdotes virtuosos y sabios que luego llegarían a regir diócesis como José Torras y Bages.

Seguramente, como Claret, Subirana se hospedaría en alguna de las familias de Vic, dada su humilde situación económica. Los estudios comprendían 4 años de Humanidades, 3 de Filosofía y 7 de Teología. Subirana entró directamente a los estudios filosóficos. Según Corcuera era preferible que supieran un poco menos pero que fueran piadosos. A pesar de la diferencia de ambos en lo referente a la fecha del ingreso en el seminario, coincidieron como seminaristas durante cinco años. De hecho ambos pertenecieron a la Congregación de la Inmaculada y de San Luis Gonzaga. El día 17 de mayo de 1834, Subirana seguramente se ordenó de diácono y Claret de subdiácono. Y el día 20 de diciembre del mismo año Subirana de sacerdote y Claret de diácono. Claret escribió: “nos ordenamos juntos, aunque con alguna ordenación de diferencia” (Aut. 593). Aquel 17 de mayo se ordenaba también de Diácono el filósofo Jaime Balmes. Claret se ordenaría de sacerdote al año siguiente, el 13 de junio de 1835[3].

Una vez ordenado sacerdote, Subirana fue destinado a Manresa, su ciudad natal, donde, según Claret, fue beneficiado con licencia de predicar y confesar a personas de ambos sexos, en cuyo ministerio se ejercitó hasta el año 1845. En ese tiempo Claret ya había sido Vicario y Ecónomo de su pueblo, Sallent, novicio en Roma de la Compañía de Jesús durante seis meses, de 1839 a 1840, y Misionero Apostólico desde entonces en Cataluña. El año 1844 se encontraba en Manresa predicando la Cuaresma y dando tres tandas de Ejercicios, la primera de ellas al Clero, a la cual es muy probable que asistiera Subirana[4]. Por entonces Claret estaba proyectando la creación de un Grupo de misioneros. El primero en sumarse había sido el sacerdote Esteban Sala, en 1843. Pero fue en agosto de 1845 cuando Claret hizo una solicitud a la Santa Sede presentando el proyecto y pidiendo gracias especiales para los jóvenes misioneros, de los que Subirana ocupaba el octavo lugar. Eran por su orden: Jaime Soler, Jaime Passarell, Mariano Puigllat, Mariano Aguilar, Pedro Bach, Francisco Gonfaus, Esteban Sala, Manuel Subirana, Manuel Batle y Ramón Vicens. Todos ellos, según Claret, “obreros evangélicos, animosos de veras, prontos y resueltos a seguir el mismo tenor de vida y de fatigas apostólicas como el Orador”, o sea él mismo. De modo que “pudieran ejercitarse por otras Provincias de España y derramar en ellas la palabra de Dios”. Claret pedía para todos ellos el título de Misioneros Apostólicos que él poseía desde el 9 de julio de 1841, gracia que no pudo alcanzar porque según su agente en Roma “es cosa que no se da a muchos y muy raras veces a alguno y aquí se deseaba para 11 individuos”. Subirana, como hemos indicado, se sumó al estilo de vida misionera de Claret y en su compañía. Es el mismo Claret el que escribiría de él: “sintiéndose llamado a la vida apostólica, se presentó a su Ordinario, el que aprobándole con singular placer su vocación, le facultó para que recorriera las Ciudades y Pueblos de aquella vasta diócesis y predicase en ella el santo Evangelio, como lo verificó, reportando en esta tarea copiosísimo fruto. Así mismo con licencia de su Ordinario recorrió gran parte de la Diócesis de Barcelona, habi`´endosele concedido de antemano licencias de confesar y predicar en la misma calidad de Misionero, donde consiguió no menos frutos de Vich con la predicación de la Divina Palabra, llevando esta vida evangélica y edificante sin más recompensa que los trabajos hasta el año de mil ochocientos cincuenta”. [5]

El estilo de vida del grupo quedaba descrito en un texto de Claret titulado: “Reglas que debe observar el que quiere salir un Misionero perfecto”. En ellas podemos vislumbrar el género de vida que llevó Subirana junto a Claret y sus compañeros. Antes de ir a misiones debían hacer los Santos Ejercicios. Cada día les señalaba, a los menos, media hora de oración mental, la celebración de la Misa, el rezo del Oficio Divino, la Estación al Santísimo, una parte del Rosario y la Corona “Dignare me laudare”. También debían leer cada día un capítulo del Nuevo Testamento y, si estaban en casa, otro del Padre Rodríguez de “Ejercicios de Perfección y virtudes cristianas”, y los sábados las “Glorias de María de Ligorio. Durante el tiempo que estaban desocupados: juntos sermones y pláticas por la mañana y moral y mística por la tarde. No tenían otro vínculo obligatorio, ni duradero entre sí, fuera de su celo por la salvación de las almas, que comenzaron a ejercitar por los pueblos y ciudades de Cataluña, ya solos, ya emparejados. Años más tarde recordaba Claret el apostolado de aquellos años y elogiando a Subirana escribía: “fue muy virtuoso, sabio y celoso en Cataluña” (Aut. 593).

Fue entonces, cuando Claret comenzó a pensar en una Congregación religiosa, a partir del grupo de misioneros que había creado. Y así lo realizó, después de su misión en Canarias, el 16 de julio de 1849, con cinco misioneros. Aunque parezca extraño, el P. Subirana no formaba parte de aquel grupo. Sólo el P. Esteban Sala se contaba entre ellos.

El 11 de agosto de aquel mismo año el P. Claret era nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba. Varios sacerdotes se ofrecieron al nuevo Arzobispo para compañeros de fatigas en Cuba, entre ellos el P. Subirana. Cuenta Claret: “el año 1850 se nos presentó ofreciéndosenos para la misión en esta Isla; y conociendo su virtud y celo por el bien de las almas, le admitimos desde luego en nuestra Compañía”.[6] A todos les fue enviando a convivir con sus misioneros al Convento de la Merced, convertido en Casa-misión, a fin de que en unión de los que se habían sumado a la nueva congregación, fueran empapándose en el espíritu misionero y adquiriendo los oportunos conocimientos técnicos y generales, al mismo tiempo que se ejercitaban en la virtud.

Unidos en Cuba

El 26 o 27 de diciembre de 1850 salían de Vic los compañeros de Claret para unirse con él en Barcelona el día 27 y emprender el viaje a Cuba el día 28. La expedición contaba con 13 jóvenes, nueve eran sacerdotes: Juan Nepomuceno Lobo, Manuel Vilaró, Antonio Barjau, Lorenzo Sanmartí, Manuel Subirana, Francisco Coca, Felipe Rovira, Paladio Curríus y Juan Pladebella. Iban también 18 Hermanas de la Caridad y los pajes Ignacio Betriu, Felipe Vila y Gregorio Bonet. En total 68 personas con la tripulación. En el trayecto vivieron como una comunidad religiosa, con sus momentos de oración, estudio y esparcimiento. Después de una parada en Málaga de tres días debido al temporal, salieron el 19 de enero para llegar a Canarias el día 23. El día 16 de febrero a las 12 y cuarto llegaban finalmente a Santiago.

Llegados a Cuba Claret comenzó a poner en práctica su estilo misionero. Todos los llegados formaban una verdadera comunidad. Escribía posteriormente Claret “Todos fueron de conducta intachable. Jamás me dieron un disgusto; por el contrario, todos me sirvieron de grande consuelo y alivio, todos eran de muy buen genio y de solidísima virtud; desprendidos de todo lo terreno, nunca jamás hablaban ni pensaban en intereses ni honores; su única mira era la mayor gloría de Dios y la conversión de las almas” (Aut.606; Cfr. Aut. 607-608). “Yo alguna vez pensaba cómo podía ser aquello, que reinara tanta paz, tanta alegría, tan buena armonía en tantos sujetos y por tanto tiempo, y no me podía dar otra razón que decir: Digitus Dei est hic” (Aut. 609).

Poco después de llegados a Cuba se le ofrecieron al Arzobispo cinco sacerdotes más, entre ellos los capuchinos Esteban de Adoain en 1850 y Antonio de Galdácano en 1853. Escribía Claret de Adoaín: “Se quedó en mi palacio y con otro sacerdote, de pareja, iba también a las misiones… Era celosísimo y muy práctico en hacer misiones y tenía mucha maña para sacar de la mala vida a los amancebados”[7]. Uno de los que compartirían misión con Adoaín fue Subirana.

La archidiócesis necesitaba de una estructura formativa, el Seminario, y fue allí donde implicó a varios de sus colaboradores, pero dejó libres a algunos de ellos a su inmediata disposición, entre los que se encontraba Subirana, junto a Adoaín y Coca. Terminada la Misión y Visita Pastoral a la capital de la archidiócesis comenzaron las cuatro grandes misiones a todo el territorio: de 1851 a 1853, de 1853 a 1854, de 1854 a 1855 y de 1855 a 1856. Para llevar a cabo las misiones el P. Claret les dio 6 consejos de cara a las predicaciones: Primero: no quejarse de las cualidades del país. Segundo: no hacer elogios del país natal, ni hablar de él con alardes innecesarios. Tercero: mantener siempre una mansedumbre inalterable. Cuarto: ser desprendidos de intereses materiales. Quinto: ser castos como los ángeles del cielo. Sexto: ser celosos, píos y devotos. Los misioneros preparaban la visita con el Sr. Arzobispo, el cual la concluía con la Visita Pastoral, aunque no siempre podía acompañarles por tener otros empeños en la capital.

El 20 de mayo de 1851 comenzaba el P. Subirana con su compañero el P. Coca la misión en El Cobre. Era la primera, y donde iban ya a manifestarse las dificultades que entorpecerían el apostolado: casamiento de españoles con otras razas, En unos informes pedidos en 1852 por el Gobierno político y militar de la Provincia Oriental a las autoridades civiles de los pueblos, el Juez escribía que el Arzobispo, Subirana y Coca observaban conducta excelente, pero que como misioneros predicadores, eran imprudentes en el lenguaje en contra de las uniones ilícitas de los amancebados. Escribía Claret en su Autobiografía: “Después pasé a la ciudad del Cobre, en que estaban haciendo la Misión D. Manuel Subirana y D. Francisco Coca, como he dicho; trabajaron muchísimo durante todos aquellos días e hicieron grande fruto; baste decir que cuando fueron allá no más había ocho matrimonios, y, terminada la Misión, quedaron cuatrocientos matrimonios y que se hicieron de gente que vivía en contubernio. Yo estuve allí algunos días para administrar el sacramento de la Confirmación y para acabar de dar la última mano a la Santa Misión, y, al propio tiempo, dispensar algunos parentescos, pues que el Sumo Pontífice me había facultado para dispensar” (Aut. 517).

Subirana y Coca siguieron misionando por otros pueblos. Contaba el P. Claret: “El Pbro. D. Francisco Coca: Era un sacerdote muy bueno, sencillo como un niño, muy celoso y fervoroso. Éste siempre iba de pareja con D. Manuel Subirana; entre los dos había grandes y buenas simpatías. Todos [eran] muy celosos y fervorosos, y siempre estaban misionando de una aldea a otra, sin descansar jamás. Los dos tenían armoniosísimas voces, por manera que sólo para oír sus cantos iban todos a la misión, y como después del canto venía el sermón, quedaban cogidos. Es inexplicable el fruto que hicieron” (Aut. 594).

Subirana misionó también con el P. Adoaín en agosto de 1851 en Morón, Janate, San Juan de Buenavista y Tiarriba. El cura y el alcalde de Tiarriba se mostraron disgustados con la presencia de los misioneros, pero estos lograron ganarse sus corazones con arte y habilidad. De ahí se trasladaron a la Hacienda “La Simpatía”, en Yaguas, el 28 de noviembre. Y posteriormente dieron 5 misiones más recorriendo caminos que eran verdaderos abismos de barro. En enero de 1852 ya estaban ambos misioneros en Baracoa, la parte más oriental de la isla, donde hacía 64 años que no se daba una misión. De allí a Mayarí de Abajo donde terminada la misión quedó solo Subirana. Finalmente, Adoaín y Subirana regresaron a Santiago a practicar los Ejercicios Espirituales con el Sr. Arzobispo[8].

Terminados estos, ya estaba Subirana en camino de nuevo, esta vez con el P. Coca hacia Palma Soriano y la zona de El Cobre. En noviembre de 1852 fueron llamados a ayudar a Adoaín, ya que su compañero, Sanmartí había enfermado. Por aquel entonces se había declarado el cólera en Santiago y pueblos adyacentes como Jiguaní, donde predicaba Subirana con el P. Adoaín. Allí hubo 11 muertos el día 17 de noviembre, y día a día iban aumentando hasta llegar a 27 defunciones diarias. La población se encontraba consternada y el terror no tuvo límites cuando el día 26 del mismo mes, a las 3 de la madrugada, fueron sorprendidos por un formidable temblor de tierra que afortunadamente no causó desgracias personales. El día 21 había caído enfermo el Párroco y el 23 cayó el P. Subirana, dejando solo al P. Adoaín. Restablecido el P. Subirana, marchó con el P. Adoaín a Yarei, donde había comenzado a remitir la peste, y de ahí a Bayamo. Terminada la misión el P. Subirana volvió a Santiago solo para acompañar al P. Claret.

El 23 de enero de 1853 le vemos de nuevo acompañando al P. Claret, Coca, Rovira y Betriu en la última etapa de su Visita Pastoral. De nuevo interminables caminatas a caballo, vadeando ríos como el Jojó al que atravesaron 33 veces, subiendo cumbres como las de las Cuchillas de Baracoa, escarpados precipicios por caminos tan estrechos que, como escribía Claret “el caballo no tenía lugar para dar la vuelta para atrás, y tan altas que se ve el mar, de una y otra parte de la isla, y al bajar tan pendientes que yo me resbalé y caí dos veces, aunque no me hice mucho daño, gracias a Dios”. Luego en barco hacia Sagua y Mayarí. En todas partes salían en multitud a recibirles. Finalmente, el día 21 de marzo llegaban a Santiago, donde una multitud salió a la calle a recibir al Arzobispo y sus misioneros. Así terminaba la primera y más laboriosa Visita Pastoral de casi dos años de duración, en la que Subirana y los otros compañeros tanto contribuyeron al buen éxito.

En los años en que se desenvolvió la labor de Claret y Subirana la isla de Cuba se encontraba en una efervescencia separatista que ocasionó tres intentonas. En la primera y más grave actuó de mediados Claret para reducir y aún anular las penas de varios conspiradores. Curiosamente muchos de ellos eran contrarios a la actuación de Claret y sus compañeros, considerando que entorpecían y aún anulaban sus ideales. La esclavitud estaba prohibida oficialmente pero de hecho continuaba bajo la tácita anuencia de ciertos gobernantes. La codicia de sus amos constituía otra causa perturbadora de la moral matrimonial tan en el corazón de los misioneros. Ya el año 1853 quiso renunciar Claret ante la situación de hostigamiento. Solía decir “que si le quitasen la mitra, daría un salto de contento que llegaría hasta las nubes”.

El 7 de febrero de 1853 escribía Claret al General Cañedo un largo descargo desenmascarando las acusaciones de supuestos excesos de sus misioneros y defendiéndoles valientemente: “En año y medio ha recorrido ya conmigo casi toda la Diócesis, atravesando páramos intransitables, sufriendo escaseces de todo género, expuestos a los rigores de un clima insufrible a los europeos, sin descansar ni un solo día, en todo el año. Convenía que Vuestra Excelencia supiera que, en este año y medios, estos siete hombres, entre ellos el P. Adoaín, a quienes más o menos se trata por algunos de hacer aparecer como promovedores de desórdenes por dejarse llevar de un celo excesivo, han contribuido eficazmente a ganarme los corazones de la gran mayoría”[9].

Un año más tarde en el larguísimo escrito al Marqués de la Pezuela, el 27 de enero de 1854 se solidariza con sus misioneros: “El celo prudente de este virtuoso sacerdote (se refiere al más calumniado de todos, el P. Adoaín) y el de sus compañeros…los hace merecedores de todo mi aprecio, y de que considere como propia su causa, de modo que estoy resuelto a no abandonarlos, ni separarme de ellos, ni en la gloria de la misión, ni en sacrificio, si llegara ese caso. Ellos todos, sin excepción, y yo, cargamos juntos y gustosos con la cruz de nuestro adorable Redentor, que con su ayuda será siempre muy ligera”.

De las misiones y visitas pastorales de los tres años siguientes no quedan tan abundantes noticias[10]. Los Padres Subirana y Coca formaban, sin duda, una de las binas de misioneros que se esparcieron ya por el Sur, ya por el Norte, porque el 19 de julio de 1854 los vemos llegar a auxiliar al Padre Esteban de Adoaín en su misión de Aura, hasta que llegó el P. Antonio de Galdácano, compañero de hábito. Después se desplazaron a la zona de Bayamo para acompañar el Sr. Arzobispo en medio de un calor abrasador. Posteriormente le acompañaron por Baracoa y Nuevitas junto a Adoaín, Curríus y el paje Betríu. No es el caso aquí de seguir todo su itinerario, sólo que en Puerto Príncipe ambos enfermaron. Escribía Claret con grande delicadeza ante la solicitud de Coca de marchar dejando solo a Subirana: “Pienso cómo quedará el Padre Subirana sin ningún compañero, ni casi conocido. Tal vez el verse solo le sumergirá en tristeza y le prolongará y quizás impedirá la curación. Si Subirana quisiese pasar a Cuba allá tendría más proporción de curarse por los médicos y medicinas; pero como tiene repugnancia al estar allá quizás esto sería bastante para impedirle la curación, y por esto no me atrevo a decírselo; pues que si se lo digo para obedecer lo hará, porque es muy obediente”[11].

En aquel clima de malquerencia hacia Claret y sus misioneros el 1 de febrero de 1856 llegó Claret a Holguín. Al anochecer fue a la iglesia parroquial de San Isidoro, en la que anunció al pueblo el objeto de la Santa Visita. Terminada la función salió para su hospedaje, acompañado de su Vicario Foráneo, a la derecha, y su Capellán, a la izquierda, el paje que lo seguía, algunos militares y gran multitud del pueblo. La calle oscura y un sacerdote alumbrando con un farolillo. A los cincuenta metros un hombre se acercó encorvado, en ademán de besarle el anillo, pero “al instante -cuenta el mismo P. Claret- alargó el brazo armado con una navaja de afeitar y descargó el golpe con toda su fuerza. Pero como yo llevaba la cabeza inclinada y con el pañuelo que tenía en la mano derecha me tapaba la boca, en lugar de cortarme el pescuezo como intentaba, me rajó la cara, o mejilla izquierda, desde frente [a] la oreja hasta la punta de la barba, y de escape me cogió e hirió el brazo derecho, con que me tapaba la boca” (Aut. 575).

Fácilmente podemos imaginar los pensamientos y sentimientos que embargarían la mente y el corazón de los familiares de Claret, entre ellos del P. Subirana. Si Claret renunciaba o se iba, nada les quedaría a ellos por hacer sino marcharse. El día 19 de junio comenzaron todos los Ejercicios Espirituales acostumbrados, dirigidos por Claret. Ahí estaba Subirana. En la plática Claret les indicó: “Quizá es la última vez que hacemos reunidos los Ejercicios; ya otro año estaremos, probablemente dispersos; por consiguiente aprovechémonos de esta reunión. Comunique el fervoroso su fuego al frío y tibio: “Quam bonum et jucundum habitare fratres in unum!”[12]. En este ambiente, y con ese anuncio, no es raro que aquellos Ejercicios fueran días de discernimiento sobre su futuro para Subirana y demás compañeros.

La despedida

El que primero inició la marcha fue el P. Lobo para ingresar en la Compañía de Jesús, a la que más tarde habían de seguirle Coca, San Martín, Llausá y el paje Betríu. El segundo en despedirse de sus compañeros fue Subirana, junto al P. Coca. En efecto Claret firmaba el 5 de julio de 1856 las letras testimoniales de sus antecedentes y trabajos: “conociendo su virtud y celo por el bien de las almas, le admitimos desde luego en nuestra compañía y desde nuestra llegada a esta Diócesis ha trabajado sin descanso en la Santa Misión, recorriéndola en todas direcciones, sufriendo privaciones y enfermedades, consecuencias de su continuo trabajo y de los rigores del clima en la zona tórrida, recogiendo muy abundantes frutos y sirviendo de edificación y buen ejemplo, tanto a los seglares como a los sacerdotes, por su ejemplar conducta y por el excesivo celo que siempre lo ha animado a seguir las Misiones”[13].  

No sabemos el día en que dejó la compañía de Claret y los suyos, pero sabemos que tuvo como compañero de viaje al P. Coca, y que los dos se dirigieron de primera intención a Guatemala, tocando probablemente Trujillo y Omoa en Honduras, para desembarcar en Puerto Izabal. El P. Coca ingresó en el noviciado de los jesuitas de Guatemala el 26 de julio. Subirana tenía 49 ó 50 años de edad. Iba bien preparado. En parte por sus dotes personales, buena presencia, hermosa voz, científicamente bien formado y con conocimiento del inglés. En parte debido a su experiencia pastoral junto a Claret y su equipo. En España y en Cuba. Sabía de trabajos por tierra y mar, de enfermedades y peligros de la vida, y también de resistencias a su vocación de predicador. Era modesto y humilde. A diferencia de sus compañeros no queda ningún escrito de aquellas aventuras junto a Claret, pero sí una fotografía de la que aún no se ha conseguido individuarlo.

Parecía el final de su historia misionera, pero el mes de octubre de 1856 llegaba a Honduras, donde comenzaría su más gloriosa y definitiva historia. Allí, con la excepción de algunas ausencias a El Salvador y Nicaragua, gastó su vida en favor de los indígenas de aquel pueblo hasta morir agotado en noviembre de 1864. Su cuerpo reposa con fama de santidad en la ciudad hondureña de Yoro.

Mientras tanto Claret abandonaría Cuba el 12 de marzo de 1857 para convertirse en el confesor de la Reina de España, Isabel II. El 23 de septiembre de 1858 escribía desde Madrid al P. Juan Nepomuceno Lobo: “He tenido carta del P. Subirana que con sus Misiones hace prodigios en Honduras”[14]. En 1868 Claret era expulsado por la revolución. Pau, Paris y Roma, en donde participaría en el Concilio Vaticano I. El 16 de noviembre de 1869, ya en Roma asistiendo al Concilio Vaticano I, escribía al P. José Xifré: “El S. Manuel Subirana se quedó en el obispado de Unduras (sic), en donde había muchos indios: el P. Subirana formó muchos pueblos, les instruyó, les bautizó, les enseñó a trabajar y cultivar la tierra, pues que conocía muy bien los felices resultados que dio en Cuba el Librito titulado “Delicias del Campo” que yo escribí. He hablado con el Sr. Obispo de Unduras como he dicho. Le he preguntado por Subirana, y me ha dicho que hace dos años que murió víctima del celo, yo y todas aquellas gentes te tene(mos) por un Santo; me dijo que había pasado la visita pastoral por todos aquellos pueblos que había formado el S. Subirana y quedó asombrado y para honrar su memoria, quiso que la Capital de aquellos pueblos se llamara Subirana, y todos los recibieron con grande entusiasmo”[15]. Moriría Claret en el exilio en el monasterio cisterciense de Fontfroide, Francia. Sus restos reposan en la ciudad de Vic, donde se habían encontrado Claret y Subirana por primera vez cuando todavía eran jóvenes seminaristas. Fue canonizado en 1950. De Subirana todavía hay esperanzas de verlo en los altares.

 

 

 BIBLIOGRAFÍA

Alvarado García, Ernesto: “El Misionero Español Manuel Subirana”, Tegucigalpa, 1964

García, Pedro: “Manuel Subirana. El Ángel de Dios en Honduras”. San Pedro Sula, 1995.

García, Pedro: “Letras testimoniales del P. Manuel Subirana” (Studia Claretiana pg. 69-71), Roma    1990. 

Garrido, Santiago SJ: “El Santo Misionero Manuel de Jesús Subirana”. San Salvador, 1964.   

Mejía, Wilfredo: “Tras las Huellas de un Misionero…”. Sal Salvador, 1960.

Villar, Valentín: “El Santo Misionero Manuel de Jesús Subirana. En el Centenario de su Muerte”, El Salvador 1964.                                                                                                                                                   

[1] Ya el 16 de noviembre de 1869 el P. Claret escribía a Xifré comentándole la propuesta del S. Obispo de Unduras (sic) que hablándole del P. Subirana exclamaba: “¡Ah! Si yo tuviera a lo menos cuatro Sacerdotes para conservar el espíritu de aquellos pueblos”, refiriéndose a los misionados por Subirana. Y seguía Claret describiendo a América como la “viña joven”. Cfr. Epistolario Claretiano, vol. I, pg. 1430.

[2] Recibió en Prades la tonsura y las órdenes menores de manos del P. Fundador. En 1876 había sido elegido miembro del Gobierno General. El P. Xifré le encargó fundar en Madrid, calle Toledo 42. Fue nombrado primer Prefecto Apostólico de Fernando Póo, pero renunció al cargo siendo destinado a México en 1883. En 1899 fue elegido de nuevo miembro del Gobierno General. En Madrid logró llevar a cabo la construcción del primer templo al Corazón de María. Falleció en Barcelona.

[3] “Viendo Corcuera que el Sr. Claret destacaba por su aplicación, talento, conocimiento y ejemplar conducta dijo al sacerdote que le tenía en su casa como familiar, D. Fortian Bres: D. Fortunato, quiero ordenar luego a Antonio, porque allí hay algo extraordinario. Él, que era tan exigente en la preparación de los seminaristas, adelantó sus órdenes menores”. Cfr. Aguilar, Fco. De Asís, “Vida de Claret…”, pg. 414.

[4] En carta a Pedro Cruells el 19 de marzo de 1845 escribía Claret: “me alegra la noticia de M. Subirana a qui saludara de part mia y li dira que los Exercicis al Clero se comensaran en lo dilluns de Pascuetas en la tarde”. Cfr. Epistolario Claretiano, vol. I. pgs. 142-143.

[5] Fechado 8 de julio de 1856. Archivo de la Curia de Tegucigalpa (Honduras). Copia en el Archivo General de los Misioneros Claretianos. Cfr. Letras Testimoniales. Studia Claretiana vol. VIII, 1990, pg. 70.

[6] Letras Testimoniales. Studia Claretiana vol. VIII, 1990, pg. 70.

[7] De Cuba fue a un convento de capuchinos en Guatemala, continuando su gran labor misionera. Expulsado, fue a California, luego a Francia y finalmente a España, muriendo en Sanlúcar de Barrameda el 7 de octubre de 1880. Fue beatificado por Benedicto XVI en 2008.

[8] Cfr. Claret, A.M. “Autobiografía”, Buenos Aires, 2008.  Pg. 666.

[9] Epistolario Claretiano, Vol. I, pgs. 750-767.

[10] Sabemos por carta del superintendente de Hacienda de la Isla que el 11 de marzo de 1854 Claret había nombrado a D. Manuel Subirana para una plaza de Congregado en el Convento de Santo Domingo, en Bayamo. Epistolario Pasivo Claretiano, vol. I, pg. 390

[11] Carta a Antonio Galdácano, 22 septiembre 1853. Epistolario Claretiano. Vol. I, pgs. 889-890.

[12] HD, I p. 982. Cfr. Claret, A.M. “Autobiografía”, pg. 679.

[13] Letras Testimoniales, Studia Claretiana vol. VIII, 1990, pg. 70.

Fechado 8 de julio de 1856. Archivo de la Curia de Tegucigalpa (Honduras). Copia en el Archivo General de los Misioneros Claretianos.

[14] Epistolario Claretiano, vol. I, pgs. 1636-1637.

[15] Epistolario Claretiano, vol. I, pg. 1430.

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