LUIS ÁLVAREZ

LUIS ÁLVAREZ

Zafra, 4 de Marzo de 1919. Tristísimos, por demás, fueron para esta numerosa Comunidad ,1os funestísimos días de la pasada epidemia que tan horribles destrozos causó en. medio de nosotros. Descontadas rarísimas excepciones, todos nos vimos acometidos del accidente gripal; siendo cuatro las victimas que consumaron el sacrificio hasta el último ápice, rindiendo sus espíritus en brazos de la muerte que, en menos de quince días, los arrebató a nuestro cariño, defraudando a la Congregación de sus más legítimas y fundadas esperanzas.

Cabe decir esto, con mayoría de razón, del inolvidable hermano y querido compañero nuestro el estudiante Sr. Luis Álvarez e Icaza, cuya vida angelical y candorosa, más bien que el reducido espacio de una necrología ordinaria, merece, por lo extraordinario de ella, el anchuroso marco de extensa y bien redactada biografía. A él pueden con propiedad aquellas tan consabidas palabras: Consummatus in brevi explevit tempora multa.» Abreviados fueron sus días; pero lo vivió con plenitud de buenas y santas obras, enriqueciéndolos con sus virtudes y merecimientos. Sucumbió víctima de caridad para con los enfermos; y ha bajado al sepulcro en la flor de la edad, cuando en el horizonte de su vida, siempre tranquilo y sereno, lucía para su dichosa “alma la aurora del día de su ordenación sacerdotal. Descanse en paz nuestro buen hermano y que desde el cielo interceda por nosotros.

En México, capital y diócesis del mismo nombre, vio la luz primera nuestro llorado hermano el Sr. Luis, el 3 de Julio de 1892. Fueron sus padres D. Ignacio Álvarez e Icaza y doña Carolina Icaza: matrimonio felicísimo y bendecido por Dios con numerosos hijos, tres de los cuales, han abrazado el estado religioso.

Noble y distinguida entre las familias de la sociedad mexicana, la de nuestro buen hermano es además una de las más afectas y bienhechoras con que en aquella República cuenta nuestra Congregación querida. Ella, en efecto, ha contribuido a llevar a cabo todas las obras por nuestros Misioneros realizadas, y ella ha sido también la que, por espacio de más de dos años, ha dado cariñoso hospedaje a tres o cuatro de nuestros Padres, durante el período revolucionario. Eterna es, pues, la gratitud que le debemos. Un dato que pone más de manifiesto la piedad de esta familia es que ella compró el terreno y edificó la capilla llamada de las Rosas, que es el sitio donde la Santísima Virgen de Guadalupe arregló las rosas en la tilma de Juan Diego.

Meciose, pues, la cuna del niño Luis en una atmósfera embalsamada de piedad y religión; y con la sangre heredó de sus cristianísimos padres estos mismos sentimientos que hicieron de él un ángel de pureza y de candor, extremadamente amable y amado de todos los suyos. Hermosas son, en verdad, las noticias referentes a su infancia. Cuando apenas contaba tres años, el mejor medio que su niñera había hallado para hacerle callar cuando lloraba era mostrarle una imagen de Jesús o de la Virgen, a las que besaba cariñosamente quedando consolado. Cristiana y muy piadosa esta misma niñera, visitaba con frecuencia al Santísimo Sacramento en la iglesia de Jesús María, a la hora en que el buen Jesús hallábase más solitario: llevaba consigo a Luis, que entonces tendría unos dos años, y mientras ella hacía sus rezos y oraciones, el chiquitín poníase a limpiar los bancos y confesonarios con un plumerito que de su casa llevaba. SorprendióIe un día en tan ingenioso entretenimiento el entonces Superior de aquella casa P. Clemente Miró, y al verlo tan afanado dijo: “éste será para nosotros”. No se equivocaba; ya mayorcito el deseo más ardiente del niño Luis era, como él graciosamente decía, llegar a ser Jesuita del Corazón de María. Su buen padre veía ya tales encantos en el corazón del niño, que, al agasajarle con ternura le repetía frecuentemente: “Mi Luis Gonzaga, mi Luis Gonzaga; hijito, que seas un Luis Gonzaga.» Palabras que la experiencia ha hecho salir verdaderas.

Contaba ocho años cuando hizo su primera comunión, en nuestra iglesia de Jesús María, el día de la Asunción gloriosa de la Virgen; que coincidió aquel año con el primero de la novena de nuestra excelsa Titular. Recibió el pan de los ángeles de manos del R. P. Benito Ripa, y en el fervorín que dicho Padre le dirigiera, hablando con la Santísima Virgen, le decía que allí le ofrecía la primera azucena; y en verdad, así ha sido después.

Niño todavía de tres años, perdió a su bondadosa madre, y su tía Micaela Álvarez e Icaza vino a desempeñar los oficios de tal, cuidando con esmero de cultivar las buenas inclinaciones de Luis.

No tenía otras delicias, en este tiempo, sino el formar capillitas y altares, empleando todas sus diversiones en celebrar misa y predicar su manera. Ya de ocho o diez años, junto con Joaquín, el menor de sus hermanos, hacían ambos sus ejercicios cuaresmales en su capillita, no acudiendo otros fieles que las criadas de casa, quienes escuchaban el sermón del niño Luis, saliendo todos conmovidos de cuanto el infantil predicador les decía sobre la Pasión y verdades eternas. Sus pequeños dinerillos, en vez de gastarlos en juguetes y otras naderías de niños, empleábalos ordinariamente en la indumentaria de las imágenes que tenía, como cierto día hizo, sin nadie decirle nada, proveyendo de túnica y manto al glorioso San José.

Crecía mucho más este su fervor por las cosas santas cuando se trataba del Santísimo Sacramento. Así es de ver por el caso siguiente. Hallábase un día en el Colegio de los Hermanos Maristas, y en una edad en que los niños no suelen fijarse en estas cosas, ideó reemplazar el conopeo usado que tenían otro nuevo. Dicho y hecho: toma una tela de seda blanca, busca las flecos de oro necesarios, y todo lo pone en  mano de una de sus hermanas, hoy religiosa, pidiéndole que se lo bordara y dándole explicación de la forma en que lo quería.

Con tales antecedentes ya no extrañará que en edad tan temprana el niño Luis fuera tan asiduo en hacer sus visitas a Jesús Sacramentado, tan fervoroso en sus oraciones y comuniones y tan dado a la lectura espiritual, que todas las noches oía con suma atención la que le hacían antes de irse a descansar.

Sucedía muchas veces que sus hermanos le llevaban en coche a recorrer praderas y contemplar escenas de la naturaleza, tan abundantes y admirables en México; y mientras sus hermanos gozaban entretenidos en tan grata recreación, él se pasaba las horas enteras disfrutando con la lectura de la Vida del angélico Gonzaga. Al volver, cuando sus hermanos contaban en casa lo que sus ojos hábían contemplado, él decía: ¡Qué alma tan pura la de San Luis! ¡Cuánto he gozado leyendo sus virtudes!

En una de estas excursiones acaeciole un caso, no diré milagroso, pero sí verdaderamente extraordinario, y que varias veces se lo oímos referir. Hallábase en cierta ocasión en una de las haciendas de su padre, y con ánimo de solazarse entro, con otro hermanito suyo, en una laguna para divertirse en ella con un bote. La impericia de los improvisados marinos en el manejo de los remos hizo que, volcado el bote, ambos vinieran al agua. En tan arriesgado peligro, los dos se encomendaron a la Santísima Virgen; y sin saber cómo ni por quién, salvos e ilesos salieron a la orilla. Siempre su familia ha mirado el hecho como prodigioso.

El esmero que en casa tenían por la buena educación del niño Luis, fue más tarde secundado por la acción de los beneméritos hermanos Maristas, en cuyo colegio estudió las primeras letras. Años después pasó al de los padres de la compañía y colocóse, por último, en el seminario conciliar de México, donde comenzó los años de latinidad con miras al estado religioso que muy en breve había de abrazar. En este tiempo, quizá ya antes en el Colegio de los padres jesuitas, hizo sus primeros ejercicios espirituales, siendo de notar la formalidad que daba a estas cosas, no obstante sus pocos años. Véase si no, entre otros, algunos de los propósitos formulados por él en los ejercicios del seminario: 1º nunca, nunca jamás, cometer un pecado mortal. 2º hacer diariamente por la noche el examen particular. 3º hacer todos los días mi meditación. 4º no cometer pecados veniales. Era tal el concepto que del pecado se había formado, que el propósito de nunca jamás cometerlo era siempre el primero que formulaba en todos sus ejercicios. Así lo he podido comprobar en 25 hojitas que todavía conservaba de los ejercicios hechos por él durante su vida. Esta misma guerra había declarado a las faltas e imperfecciones que siempre acompañan a nuestra naturaleza. Nunca hacer paz con las faltas, escribía más tarde en su vida religiosa; Y con las pasiones, no parar hasta cortarles la cabeza.

Rasgos tan edificantes, cualidades tan hermosas y delicadas rebelaban en nuestro hermano, ya en sus primeros años coma un corazón de oro y un alma todo endiosada dispuesta a recibir, en cualquier momento, las voces e inspiraciones del cielo. La vocación religiosa, aspiración de almas nobles, encendió en el piadoso joven deseos vehementes de más perfecta vida; y la Santísima Virgen, enamorada de tanta pureza, encargose de trasplantar al jardín de nuestra congregación la azucena blanquísima que tan gratas esencias había derramado en el erial del siglo.

Muy contadas, por no decir rarísimas, son las vocaciones religiosas en América. Que un niño o jovencito, criado entre los regalos y blanduras de la familia, pase por encima del amor de los suyos, abandone la patria y atraviese los mares, ávido de la soledad y retiro de. la religión, buscando mayor perfección para su alma, es verdadero milagro de Dios y una obra que exige virtud y esfuerzo de héroe. Entre estos afortunados hemos de contar a nuestro inolvidable Sr. Luis. Abandonó las comodidades de su casa. en aras de la vocación sacrificó el cariño de los suyos, y dando un adiós eterno a su familia y patria, en compañía de nuestro Rmo. P. General y tres compañeros más que, como él, hacían idéntico sacrificio, emprendió el largo viaje para España, en Mayo de 1909.

Al desembarcar en Cádiz, el fervoroso joven dirigió a San José de la Montaña un memorial en que para sí y sus compañeros pedía al Santo glorioso el don de la perseverancia. El texto de este memorial lo conservaba aún, entre sus papeles, como precioso recuerdo de su vida. 

Días más tarde, el 18 de Junio del mismo año y a los diez y siete de edad, ingresaba en calidad de postulante en nuestro Colegio de Jerez de los Caballeros. Cuál fuera la alegría y regocijo de su alma en la presente ocasión, sólo él nos lo pudiera decir, que con ansias tan vivas había deseado verse al abrigo del claustro y al amparo del Corazón de la Virgen. En el postulantado, previo el estudio del latín, del que recibía clases particulares, cursó el cuarto año de Humanidades, pasando al noviciado de la misma casa colegio en el verano de 1910. Terminado felizmente el año de probación, emitió su profesión religiosa el mismo día precisamente en que recordaba el de su primera comunión: el 15 de Agosto de 1911, festividad de la gloriosa Asunción de María a los cielos.

Hasta aquí sólo he apuntado, llamémoslas así, sus pequeñas virtudes, los primeros destellos de su alma sencilla, candorosa y pura.

Hemos visto al Luis Gonzaga del siglo; en adelante veremos al Luis Gonzaga del claustro; sigámosle los pasos en su nuevo estado de religioso.

Parece que la edad había de robarle los bellos encantos de su alma, y la edad vino cabalmente a dárselos nuevos y más delicados.

Valga por muchos un solo dato que pone de relieve la santidad de su vida y que creo no desmentir a ninguno de cuántos le conocieron: la inocencia de su alma punto estoy casi cierto de que al descender al sepulcro, su alma pudo presentarse ante el Tribunal divino ostentando nívea e inmaculada la estola bautismal. 27 años contaba de edad, y puedo afirmar que en materia de castidad había subido ignorándolo todo casi completamente. Tan pura y delicada era su alma ¡quién sabe si Dios nuestro señor y la Inmaculada madre, prendados de tanta inocencia, y viéndole tan cerca de ejercer el sagrado Ministerio, lo han recogido del mundo para que ni sus ojos y sus oídos vieran y entendieran la malicia y perversidad de tantos corazones, como en virtud del mismo Ministerio había de tratar.

Bien se deja comprender cuán cuidadosamente observaría los votos de pobreza y obediencia quién así se distinguía en el de castidad. Su amor a la pobreza era tal, que de una sola estampa no disponía sin que antes no mediara el permiso del superior. Con esmerada solicitud miraba todas las cosas a su cuidado encomendadas, y daba gracias al señor por lo bien que le trataba en su santa casa, aún en cosas materiales.

La sencillez, la prontitud, el rendimiento y la alegría eran las notas características de su obediencia. Palabras de crítica o menos respetuosas a la autoridad del superior, nunca oímos salieran de sus labios. Antes bien, la paciencia y la resignación venían a tranquilizar su ánimo cuando en algo veíase contrariado.

Tierra Virgen era su alma, y por eso hallaban en ella cumplido crecimiento todas aquellas virtudes que como además de ser guardianas de los votos como son a la vez el fundamento de la piedad, el brillo y más bello ornato del perfecto y religioso varón. Campeaba y sobre todos resplandecía su ardiente caridad y aquel amor de Dios tan puro y tan encendido que sentía verdaderas ansias de morir por gozar de la divina presencia. Sobre el amor de Dios llevaba el examen particular, y tan viva era esta llama en lo interior de su pecho que hubiera arrostrado la muerte por satisfacerla. ¿Qué sueño más dorado ni qué ilusión más halagüeña podía acariciar su alma, que verse un día junto al altar Santo, ofreciendo a Dios por sus propias manos el más Augusto de los sacrificios? y sin embargo, el amor de Dios le atraía con más irresistible violencia. “Padre, le decía en cierta ocasión a su director espiritual, si en la víspera de mi ordenación el Señor me diera opción para morirme, con muchísimo gusto me moriría por solo tener la satisfacción de verle un día, aunque fuera unas horas antes”. Y en una de sus cartas, que eran siempre modelos de piedad, le decía últimamente a una hermana suya religiosa: “mira, Angélica, dos sentimientos vivísimos me torturan: el uno es un deseo vivísimo de poseer a Dios ya sin velos y alabarlo en el cielo; el otro un deseo también muy vivo de quedarme en la tierra, trabajando por la gloria de Dios en la conversión de los pecadores”. A esto obedecía, sin duda, el que, estando ya para morir, no mostrase sentimiento alguno por verse privado del carácter sacerdotal coma y el que en sus últimos días repitiese incesantemente el dicho memorable de San Martín: “Señor, si soy necesario a tu pueblo consérvame la vida; si no, llévame contigo”.

Hogar donde las almas enciéndense en este fuego sagrado de la eucaristía; y en ella había depositado todos sus afectos el corazón de nuestro buen estudiante señor Luis. Así podía decir con aquella llaneza que le caracterizaba: ni un solo día he dejado de recibir la sagrada comunión. Junto al Sagrario veíasele con extraordinaria frecuencia, y ante él rezaba siempre el oficio divino. Codiciaba verse cerca del sacerdote, sirviéndole en el Santo sacrificio, y era extremado su gozo cuando, en virtud de las órdenes sagradas recibidas, veíase en más íntimo trato con el sacramento del altar.

 

“¡Qué dicha, escribía a raíz de su ordenación de Subdiácono, qué dicha tan grande servir tan cerquita a Jesús Sacramentado, descubrir el cáliz que contiene la Sangre preciosa de Jesús, tener tan largo rato en las manos la sagrada patena donde cada día se pone a Jesús Sacramentado!”.

Iguales ternuras y delicadeza de sentimientos guardaba en su pecho para con la Santísima Virgen, a quien amaba con afecto de hijo, honrándola con piadosos obsequios y preparándose a todas sus fiestas con particulares ejercicios y novenas. Apenas había santo alguno, en el decurso del año, el cual él no honrase con especiales obsequios. Su devoción, no obstante, era singularísima para con el glorioso San José, San Luis Gonzaga y el bendito San Antonio de Padua. No contento con elegirse un patrono para cada año o cada mes, tenía por costumbre señalarse uno para cada hora del día. Esto y las numerosas devociones particulares que a diario practicaba, hacían que su alma incesantemente se moviera en un ambiente saturado de piedad y fervor.

No paraba aquí su piedad. En cuanto de su parte estaba, procuraba toda la solemnidad posible en los actos del culto divino. Tanto era así, que insignificancias que para otro pasan desapercibidas, para él constituían nuevos motivos de santa alegría. El estreno de un nuevo ornamento, dos luces más que lucieran ante la imagen de la Virgen, dos macetas o ramitos de flores colocados en el altar o junto al sagrario: eran lo bastante para recrear sobremanera su espíritu. Acaecíale lo contrario cuando en este punto notaba algún descuido o negligencia.

La Iglesia la Congregación eran también objetos especiales de su cariño. Nadie quizá cómo él se industriaba en ponerse al tanto del movimiento católico en todo el mundo. En listas, al efecto destinadas, tenía. consignados minuciosamente los nombres de los Cardenales de S. I. R., con la edad y propia nacionalidad, fecha de nombramiento y cargos que desempeñan. Otro tanto tenía apuntado respecto de los Obispos, así españoles como mejicanos. A la Congregación mirábala como a verdadera madre y para él no había obras de mayor interés que realizadas por nuestros Misioneros. No cabía en sí de contento cuando en público leía nuestros apreciados ANALES o cualquiera otra de nuestras revistas. Hablando de la Grande Obra y del lustre que de ella podía acarrear nuestro querido. Instituto, decía una vez a uno de sus compañeros: “Aunque sea Lina obra nacional y fio se refiera a mi patria, pienso, con el permiso de los Superiores, dejarle buena parte de los bienes que me tocaren. Haga usted lo mismo. Y con ingenua complacencia solía decir, siempre que tenía noticia de alguna obra de importancia efectuada por alguno de los nuestros: “A la primera ocasión que tenga he de felicitar a tal Padre por el bien que ha hecho a nuestra Congregación.

Alma tan enamorada de Dios y de cuanto pudiera contribuir a su gloria, parece que había de andar reconcentrada en sí misma, esquivando el trato y conversación con los hombres, sin embargo, nada menos que eso. Desvivíase por el bienestar de sus hermanos de religión, y nadie como él sentía las tristezas de ellos ni gozaba tanto al verles rodeados de dicha y prosperidad. En sus relaciones de Colegio, era amable y bondadoso hasta dónde puede llegarse, sincerado siempre por el espíritu de verdad y rehuyendo toda doblez, sin que nunca viese su alma nublada por la menor sombra de intención aviesa, rencor, envidia ni cualquier otro bajo sentimiento. No anteponiéndose a otros se hacía inaccesible a toda contienda; y, dado caso que surgieran desavenencias con aquel con quien trataba, la impresión era cuestión de momento: al instante nuestro inolvidable. hermano era el primero en dar satisfacción al que juzgaba ofendido, por más que la razón hubiera estado de su parte.

Proceder tan noble y generoso le había proporcionado tal sosiego y tranquilidad de ánimo que, como él mismo decía, con grande satisfacción de su alma todavía ignoraba lo que era padecer.

Cierto hubo de ser así, pues su frente fue, en todo tiempo, cielo sin sombras, y su corazón alegre moraba donde no tuvo cabida la tristeza.

Donde mejor y con más exquisita delicadeza ejercitó siempre su caridad, fue con sus hermanos enfermos. Veíasele frecuentemente a la cabedera de ellos; y hallaba tanto consuelo cuando les servía, que en sus escritos ha dejado consignada esta o parecida frase: “Gracias, Dios mío, porque me habéis dado ocasión de ayudar a mis hermanos enfermos: es entonces cuando me hallo en mi centro”. Verdaderamente, así dio muestras de ello en los días en que la epidemia reinante se nos entraba por casa. ¡Quién lo dijera! El mismo celo y amor, con que en esta ocasión se ofreció al cuidado de los enfermos, le ocasionaron a él el golpe mortal que en breves días había dé llevarle al sepulcro. Es más: los perniciosos efectos que la insidiosa enfermedad causaba entre nosotros, impresionaron de tal modo su alma que, en generoso arranque, ofreció a Dios su vida por salvar la de sus hermanos. No era esta la primera vez que semejante heroísmo nacía de su alma. Según he podido ver en sus apuntes particulares, tiempo hace que tenía hecho igual ofrecimiento por conseguir del Señor la paz de su patria y el restablecimiento en ella de la Religión perseguida. El hecho de que después de muerte la Comunidad no ha tenido que lamentar nuevas pérdidas y el que a la hora presente la República mejicana entra en una era de relativa tranquilidad para la Iglesia y sus Ministros, da bien entender lo agradable, y acepto que fue al Señor su generoso sacrificio. No fueron estas las únicas virtudes que embellecieron su alma: pudiera decir otro tanto de su humildad nada común, de su espíritu de, orden, de su observancia regular, y más que todo de su inquebrantable constancia.  Paciencia verdaderamente benedictina se necesitaba para traer como él trajo hasta el fin de sus días el Diario que tenía para su uso particular. En él apuntaba la jaculatoria y propósito qué cada día sacaba de la meditación de la mañana; tenía extractados breves resúmenes de todas las conferencias, pláticas, sermones, novenas y ejercicios espirituales que había oído durante sus años de Congregación; y sobre esto añadía, otra multitud de noticias y acontecimientos que hacen de sus escritos un archivo historial de todas las casas por donde pasó, y a las cuales embalsamó con sus edificantes virtudes.

He terminado mi empeño en dejar estampada en estas páginas, siquiera sea en sus rasgos más salientes y para perpetuo recuerdo de su memoria, la fisonomía moral de nuestro bendito hermano el estudiante Sr. Luis Álvarez e Icaza. La brevedad acostumbrada en trabajos de esta índole y la extensión que ya llevan estas notas necrológicas, me obligan a desistir de un estudio más detenido de su vida, en todo y por todo ejemplar y la que debe llevar el este Hijo del Corazón de María.

Como remate glorioso de su breve jornada sobre la tierra, daré breves noticias sobre su dichosa y santa muerte. Fue verdaderamente envidiable, ni podía menos de serlo, siendo cierto que cual la vida así es el fin de ella. Murió con aquella preciosa muerte que la Santísima Virgen tiene preparada para los hijos más queridos de su Corazón. Murió como quien tranquilamente descansa después de haber trabajado y cumplido con su deber. Ya he indicado que su primera y última enfermedad la contrajo en su asistencia a los numerosos enfermos que la gripe tenía retenidos en cama: fueron aquellos días en que se hizo necesario el esfuerzo y la abnegación de todos. Desgraciadamente, cuando nuestro malogrado hermano, obedeciendo al mandato del Superior, se retiraba, a guardar cama para cortar los pasos a la contagiosa enfermedad, era ya demasiado tarde, el mal había progresado de tal suerte, que pocos días bastaron para que se desmoronase aquella vigorosa existencia que nunca se había resentido.

Antes de retirarse despidió uno por uno de todos los Sres. Estudiantes; y con aire de tristeza, como quien sentía dejar el reglamento ordinario de la Comunidad, nos iba diciendo a todos: “Es la primera vez que caigo enfermo: esta es mi última visita. Indudablemente que ni él ni nosotros creíamos, en aquellos instantes, que sus palabras habrían de tener realidad tan triste y prematura. En el lecho del dolor sus virtudes y ejemplos fueron admirables: agradecidísimo siempre a todas las atenciones que con él se tenían y sin que nunca el dolor le arrancase la menor queja ni el más ligero acto de impaciencia.

Impotente la ciencia médica para atajar el fatal desenlace que ya temía, y desvanecida toda esperanza de que el enfermo recobrara la salud, se le administró el Santo Viático con todos aquellos espirituales auxilios con que la Religión prepara a sus hijos en la última hora.

El consuelo de su alma al recibir la postrera visita de Jesús fue tan intenso y emocionante, que reiteradas veces manifestó su deseo de que los Sres. Estudiantes le cantasen el himno Ave, maris Stella, al punto de morir.

¡Bendita y dichosa alma que así salía al encuentro de la muerte, como quien sale a recibir al mejor de los amigos, entonando cánticos de júbilo por su llegada! Una idea, sin embargo, vino a afligirle en aquellos angustiosos instantes: el recuerdo de su buen padre y el desconsuelo que recibiría con su familia al enterarse de su temprana muerte. Fuera de esto, no parece sino que a su cabecera había sentado sus reales el ángel de la paz.

Momentos antes de expirar se le oyeron murmurar pocas palabras: eran la expresión más ardiente de su tierna devoción al Corazón divino. “Amo mucho al Corazón de Jesús” dijo, y no bien hubo acabado de pronunciar tan hermosas palabras, cuando el ósculo frío de la muerte selló para siempre sus labios, hasta que su alma, rápida como el ángel, voló a la mansión de los justos, a recibir del Señor el premio conquistado por sus virtudes. Sucedía esto el 28 de Octubre, a las cuatro y veinte de la tarde. Tenía 27 años.

Creemos fundadamente que nuestro estimado y querido hermano gozará ya sin velos de la vista clara de Dios recreándose en eternas delicias. Con todo no dejemos de aplicarle los sufragios acostumbrados, pues aunque ángel en la inocencia de vida, no olvidemos que cruzó por la tierra, donde tan fácil es contraer manchas e imperfecciones en nuestro continuo andar con las criaturas. 

 José Almuedo, C. M. F.

 

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