LEONCIO FERNÁNDEZ

LEONCIO FERNÁNDEZ

  1. Infancia.

El lugar de nacimiento del P. Leoncio fue T osos, pueblecito de la provincia de Zaragoza, y sus padres D. Antonio Fernández, secretario de profesión y Dña. Cecilia Galilea, maestra nacional, quien en temprana edad se vio sorprendida por la muerte, dejando a su hijo en la horfandad.

La procedencia de. la familia era riojana, y la infancia del Padre se deslizó en Torrecilla sobre Alesanco (Logroño),

De su infancia no tenernos noticias especiales. El vivió siempre muy desprendido de la familia, y alguien ha dicho que durante la carrera apenas recibió carta alguna.

  1. – Estudiante Cordimariano.

Ingresó en el Postulantado de Alagón, distinguiéndose desde el principio por su aplicación, piedad y bastante amor propio. Las calificaciones durante la carrera fueron sobresalientes. Cursó 2 años en Alagón, 2 en Barbastro, haciendo el noviciado, filosofado y teologado en Cervera.

Su talento era bastante profundo, y su memoria, no sólo era buena sino extraordinaria. Durante la carrera, además de las asignaturas propias, se dedicó con el P. Ruiz Stengler, al estudio de las matemáticas, y luego al estudio de las lenguas, en las que había de ser uno de los más eminentes y beneméritos del Instituto.

III.      – Sacerdote Misionero – A Fernando Poo.

Después de sus primeros escarceos misioneros en el año de Aranda fue destinado, o pidió que le destinasen a las Misiones de Fernando Poo, en contra del parecer de sus profesores que le aconsejaban quedarse en nuestros colegios mayores dedicado a la enseñanza. Era la del P. una vocación demasiado definida hacia las Misiones para que se dejase llevar por estos consejos,

Despreciando prejuicios, se vino a las Misiones, sin que nunca hubiese de arrepentirse, con la voluntad de que tantas cuantas veces hubiese de elegir sería para las Misiones. A ellas arribó en 1917, siendo desde el primer momento de su arribo su divisa ésta: Me gastaré y desgastaré por vuestras almas.

Compañeros de destino fueron el P. Martínez Segundo y los Hermanos Faustino Nieva y Tomás Rodríguez.

  1. – Primeros destinos.

Su primer destino fue el de maestro en Santa Isabel. Como le gustaba llevar las cosas a sangre y fuego hubo de sufrir algunos disgustos por la indolencia de los niños. Un buen día, o una mala noche, se escaparon unos cuantos oficiales y colegiales, y a la mañana siguiente el P., al igual que el H. encargado, lloraban a lágrima viva por aquella falta de disciplina.

Al año siguiente, en enero de 1918, arribaba a las playas de Bata, y días después a Río Benito, ¡Qué impresión tan saludable, dice en sus Memorias, produjo en mí aquella tan destartalada Misión, y aquellos individuos tan alegres y contentos, tal llenos de vida, con tantos planes para la gloria de Dios y la salvación de las almas!

A las 2 semanas, acompañando al Excmo. P. Coll emprende su primera excursión Río Benito arriba, donde saborea los tornados, los peligros de los ríos y las dificultades de la tierra. La segunda expedición, ya solo, estuvo sazonada con una doble soledad: sin compañero y sin gente en los poblados, fallecidos muchos de ellos como efecto del envenenamiento ocasionado por haber comido carne de un elefante muerto con estrofanto.

Visitando los pueblos de la playa, al acercarse a un niño enfermo, el padre del mismo, pensando que lo iba a bautizar, le suelta este apóstrofe: « Oye amigo; si te atreves a echar esa agua sobre la cabeza de mi chico, te arranco el pellejo de tu cuerpo”. Ni que decir tiene que, al escuchar tan retadora bravuconada, salí más que aprisa… de camino topamos con una treintena de pamues, todos armados para reprimir la agresión de un pueblo vecino… Consolador encuentro después del saludo del amigo.

Estando en estos quehaceres, recibe orden del Excmo. P. Nicolás González para que pasase a Bata con el fin de acompañarle en la primera visita que haría a las capillas de esta misión, recién encomendada a nuestros Misioneros.

  1. – Hacia Bata.

La toma de posesión de la Misión de Bata se realizó en el año 1919 a 17 de enero. Y el 24 del mismo mes llegaban con el Excmo. P. Nicolás, los PP. Ambrosio Ruiz y Leoncio Fernández con el fin de hacer una visita a todas las capillas de la playa por la parte N. de Bata. Terminada la Visita el P. Leoncio recibe órdenes de permanecer en Bata. Su temperamento activo no le permitía estar sosegado, y sus visitas a las capillas eran constantes. Durante los meses de septiembre y octubre se ve obligado a no salir de casa por carecer en absoluto de alimentos, siendo la base de los mismos la yuca y los plátanos. La salud se resintió, nos dice él, no tanto por la comida, cuanto por la obligada permanencia en la Misión, sin salir de expedición.

Llegado el barco salí de expedición para Mbonda, Tika… siendo ésta la expedición más larga que he hecho. Recorrí todos los puntos donde tenemos reducciones. Me fue muy bien gracias a Dios

En el año 1920, ante los frecuentes ataques de hematúrica, se ve obligado a trasladarse a Santa Isabel, con el fin de tomar una temporada de descanso en la Península.

En agosto de 1923 acompañaba al Excmo. P. Nicolás por el interior de Río Muni para establecer una misión.

  1. – Superior de Río Benito.

En el año 1934 se puso al frente de esta Misión. La obra de estos años fue de adentramiento por el interior del Continente hasta la zona de las Ocho Barrigas, y hacer las famosas expediciones por todo el continente. Oigamos el testimonio del P. Leoncio sobre los efectos de estas excursiones: « Mucho han hecho las armas en nuestro continente; pero no ha sido la bandera que ellas llevaban la que más ha contribuido a la pacificación de ese territorio. Si junto al estandarte de nuestra soberanía no se hubiese levantado el estandarte de la cruz, levantada por los Misioneros, no se hubiese acabado nunca con los resquemores y rencillas, que estos despliegues guerreros llevaban consigo”.

VII.     – Superior de Bata.

Comenzaba entonces en el año 1924 la evangelización del interior del Continente, desechados todos los prejuicios que habían sido el obstáculo POI’ que los PP. del Espíritu Santo se establecieron sólo en las playas: por creer el acceso al interior poco menos que imposible.

Nuestros PP. no lo creyeron así. La experiencia de lo realizado en el estuario del Muni, les había mostrado lo contrario.

En esta Misión de Bata había de escribir el P. Leoncio una de las mejores páginas de su historial misionero.

El panorama que se les ofrecía a nuestros PP. estaba muy lleno de esperanzas pero con muy pocas realidades. Dice la Crónica de la Casa: « La palabra de Dios que con tanto ahínco predicaron los PP. del Espíritu Santo, no había podido penetrar en el interior, ni siquiera 5 kl. Cuando en el año 1918 nos hicieron entrega de la Misión, no tenían más capillas entre los pamues que una chabolita en Enkomaka, con una docena escasa de bautizados. Tan difícil era por entonces adentrarse por el bosque. Por la playa acampaba la evangelización a velas desplegadas ».

La misma crónica nos hace ver la actividad desplegada por nuestros PP. a lo largo de la playa e internándose entre los pamues. Para mejor captarla traigamos el testimonio que como despedida se pone al ser nombrado el P. Leoncio miembro del gobierno Viceprovincial: « El nombramiento de Consultor Provincial 10 no sorprendió a los que le tratábamos de cerca, pues le señalábamos de los más indicados  para formar parte del nuevo Gobierno; pero impresionó a los de casa y a los indígenas

Con el traslado del P. pierde la comunidad un elemento dificilísimo de suplantar de todo en todo. Dotado de extraordinarias condiciones intelectuales, y con una disposición para las lenguas nada común, robustecido con el interés siempre creciente de habilitarse cada día más y más, para el recto cumplimiento de sus ministerios, dominaba el combe cual si fuera su lengua propia, y se entendía perfectamente con los pamues y bugebas en sus lenguas nativas.

Añadamos a Io dicho el celo hacia los indígenas y encomendados suyos, por cuyo bienestar se multiplicaba maravillosamente, como lo palpamos en su ausencia, y no extrañaremos las demostraciones de verdadero duelo que dieron todos cuantos le conocían.

El P. Leoncio, siguiendo unas veces las disposiciones de los superiores y otras veces previendo las necesidades, edificó la capilla del Sto. Cristo y el pórtico de la iglesia de Bata, la casa de los obreros, la capilla de Mbonda, Makomo, Ekomakak y Tika. Otros muchos datos podíamos consignar de su actividad y celo

En el año 1927, nos dice la crónica: « A pesar de hallarnos en tiempos de lluvias no queda un día, en que el P. Superior no recorra con su bicicleta los pueblos circunvecinos para asistir a los enfermos, y hacerse cargo de las necesidades de los mismos ».

Las famosas capillas de entonces, Machinda, Nyakon, Makomo, Tika, Mbonda, son testigos de las muchas visitas que les hizo y de las obras que realizó.

VIII. – Excursiones al Interior.

Estas son las que le proclaman Misionero bregado a toda clase de sacrificios y trabajos. En un principio tuvieron por objeto reconocer toda la zona española y ver como recibirían a los Misioneros, y luego el concretar el lugar más indicado para el establecimiento de las Misiones del Interior. Fueron de sumo interés por haber sido en algunas zonas los primeros europeos que las cruzaron y por los importantes conocimientos que adquirieron para la futura evangelización.

En una de estas expediciones fue atacado por la fiebre, y para distraerle de las dolencias, los indígenas organizaron un balele, « que no había de ver semejante en lo sucesivo… tan nuevas y atractivas le resultaron aquellas melodías… Era el bosque en su primitiva sencillez y grandiosidad

Una de estas expediciones patrocinadas por el Gobernador, tuvo por objeto buscar el lugar más adecuado para el establecimiento de la capital del Continente. No obstante lo larga y penosa, no tuvo resultado práctico en orden al fin pretendido por el Gobernador, pero todas en conjunto dieron otros de más valía.

Dice el P. Leoncio en sus Memorias: « No fue obra exclusiva del Misionero la conquista pacífica del Continente; pero su acción fue sobremanera eficaz en ciertas zonas, y que los frutos de ellas cosechados fueron muy copiosos… Que ni los esason por el Río Campo, hasta entonces de muy mala entraña, ni los yenkens de Minkana y demás pueblos del interior del Ekuku dieron señales de sus instintos guerreros, una vez escucharon la palabra del Misionero…

Por lo que atañe a los samangones no hay por qué manifestar como se amansaron ante las doctrinas del Decálogo.

Bastó que se establecieran las 2 Misiones de Nkué y Evinayong con sus dispensarios, orfanatos y sighsas y escuelas para que toda aquella miseria se escondiera como alimaña maldita.

La prueba más eficiente la tenemos en los 50.000 bautismos que se hicieron en 3 lustros escasos ».

  1. – Superior de Santa Isabel.

El 8 de junio de 1930 era nombrado Consultor primero Provincial y en las elecciones Provinciales Superior de Santa Isabel. El campo para el ministerio era más limitado, aunque él procuró darle toda la amplitud posible.

En el orden de la comunidad puso el máximo interés por el cumplimiento del reglamento doméstico. En las oficinas que estuviesen todos los oficiales y los colegiales, en sus aulas. Las funciones de la Iglesia procuró con obsesión que se comenzasen a la hora exacta. En la observancia regular, en la que fue ejemplarísimo, quería que todos siguiesen el mismo camino. Los actos de piedad nunca los omitía, y las pláticas de retiros y días de fiestas las daba siempre él, costumbre que conservó siendo obispo, aunque sólo hubiese dos en el Palacio.

El apostolado lo ejercitó en la Catedral con el catecismo, pasándose horas y horas en este ministerio, en el que era incansable. La visita al hospital diaria, las predicaciones en la Catedral y a las comunidades religiosas, ocupaban también gran parte de su ministerio.

  1. – Vicario Apostólico de Fernando Poo.

Por decreto de la S.C. de Propaganda Fide del 18 de junio se le nombraba Obispo titular de Ariaso y Vicario Apostólico de Fernando Poo. El 18 del siguiente mes se embarcaba rumbo a la Península con el fin de recibir la Consagración episcopal el 29 de septiembre en Barcelona, festividad de San Miguel, a quien profesaba grande devoción e invocaba en todos los viajes.

Poco amigo de exhibiciones, recibida la consagración episcopal, se dirigió a Roma para tratar los asuntos principales del Vicariato con los Dicasterios Romanos y con el Gobierno de la Congregación. Poco tiempo empleó en estos trámites, pues el 10 de octubre estaba ya en su pueblo natal, declarándole hijo predilecto del pueblo y ofreciéndole un banquete en la casa natalicia. El 13 fue a Torrecillas sobre Alesanco, donde pasó la infancia. Los habitantes pudieron admirar aquella su facultad espantosa cognoscitiva, cuando después de 31 años conocía a todos sus compañeros y mayores como si hiciese un año que había salido del pueblo. El 19 se trasladaba a Madrid para bendecir la casa generalicia de las MM. Concepcionistas.

Guiado por su espíritu caritativo y sencillo en sumo grado hizo una visita a la cárcel de Porlier, donde había de todos los bandos e ideas, Sin excepción, quedaron los reclusos prendados de aquella humildad, sencillez y llaneza. Tal fue la admiración que causó que uno de los directivos, dijo: « Si todos los obispos de España fuesen como éste, no habríamos de lamentar tantos desórdenes, y sobraban estos establecimientos

Y el 20 en el primer viaje que hacía el Fernando Poo se embarcaba rumbo al Vicariato.

  1. – En plena Labor Apostólica.

Duros eran los días aquellos. A partir del triunfo del Frente Popular, las vejaciones y atropellos a que se vió sometido el Vicariato fueron continuos. En poco más de medio año, se vió cómo la cristiandad del Vicariato se desmoronaba.

En los solares de la Misión de Río Benito se establecía el Servicio Agronómico. En Evinayong el Gobernador se ensañaba contra la Misión por unas quejas de unos catequistas contra el Administrador y el médico; se coartó la acción de los Misioneros ordenándose el cierre de las capillas y en Nkué se presentaba la autoridad pidiendo el título de propiedad del solar, y como se carecía de él, se invitaba a los PP. para que la abandonasen, orden que no se cumplió, y por otra orden se suprimían todos los catequistas, y se prohibía levantar nuevas capillas.

XII. – Primeras Excursiones.

En este ambiente visitó inmediatamente todas la capillas y misiones, en su mayor parte a pie y celebrando la santa misa y administrando los demás sacramentos al aire libre, por estar cerradas las capillas.

Menos de un año duró aquella situación. El 14 de octubre terminaba la tragedia con el hundimiento del Fernando P00, y el 20 del mismo mes comenzaba una magna excursión en Punta Enmbonda, para terminarla el 15 de diciembre en Evinayong. Las satisfacciones que le proporcionaron al Excmo. P. aquellos contactos con sus cristianos recompensaron con creces los sufrimientos anteriores. La presencia del Obispo era celebrada con misas solemnes, y las interminables comuniones, y por la noche los animados baleles.

Estas expediciones se fueron repitiendo cada año. En el año 1937 con el P. Fuentes hizo 200 kl. a pie, y al siguiente año, con, los PP. Solanilla y Sialo, podómetro en pie, dice él, hicieron 918 kl. y con el P. Segú por la zona del Río Benito, 300 kl, En los 4 meses que estuvo en el continente había recorrido más de 1.000 kl.

Y todo este caminar con el mínimo atuendo y escasas provisiones, tan mínimas que no eran suficientes para satisfacer las más perentorias necesidades… y como postre el trabajo agotador de horas de confesonario, catequesis, confirmaciones… Como remate, los donativos que le daban aquellas buenas gentes, iban a parar a los catequistas o al muchacho acompañante.

Sazonándolo todo una piedad metódica y constante, no omitiendo jamás ni un acto de piedad, y si los viajes eran largos, suplía el oficio con el rezo de las tres partes del Rosario.

 

XIII.   – Las Obras en el Vicariato.

Este es un punto débil del P. Leoncio y que le llevó más allá de las posibilidades económicas del Vicariato. Aquel resurgir espiritual del Vicariato, aquellas florecientes cristiandades… exigían capillas e iglesias adecuadas; y todos, Obispo y Misioneros, se lanzaron a la construcción de las mismas.

Las Misiones centrales recibieron todas un cambio radical, y si exceptuamos la de Puerto Iradier, fueron todas hechas de nueva planta, casa, colegios e iglesias, amén de las innumerables capillas levantadas en todos los puntos del Vicariato, unas de material del país, pero la mayor parte de cemento, y algunas con visos de pequeñas catedrales, o de auténticas parroquias.

El Seminario lo reconstruyó por completo. Las Misiones de Nkué y de Bata se trasladaron de lugar, y reconstruyeron de nueva planta, a ésta dotándola de una amplísima Iglesia, de colegio y vivienda de la comunidad, y en Nkué. además de los edificios destinados para la Comunidad, colegio e iglesia, se levantó el orfanato, sigsa y vivienda de las religiosas. La Misión de Ebebiyin la fundó en el año 1950 y Akonibe en 1956.

XIV.   – Obras de Apostolado.

La obra material iba paralela a la espiritual; a aquella transformación de edificios acompañaba la venida al catolicismo de miles y miles de infieles regenerados con las aguas bautismales.

La buena época de Paz que le tocó vivir, y el apoyo de las autoridades fueron factores que intervinieron poderosamente en el cambio tan radical obrado en el Vicariato. No hemos de omitir igualmente la acción constante y agobiadora llevada a cabo por los PP. Misioneros, y también, debemos mencionar a los catequistas, que se pasaban horas y horas enseñando el catecismo.

El Excmo. P. Leoncio puso de su parte, además de su trabajo constante, infatigable y abnegado, todos los medios habidos a mano. Fomentó, aunque no con el método y constancia de su antecesor, los colegios y escuelas en todas las misiones; hacia los catecumenados se volcó con todo su corazón y acción incansable, no desdeñándose de pasar largas horas enseñando el catecismo y examinando; fundó las sigsas para evitar los peligros a que está expuesta la mujer indígena antes de contraer matrimonio, y para darle una formación más cristiana y civil; y para que los niños desamparados tuviesen un regazo materno, fundó el orfanato de Nkué.

  1. – Los colaboradores.

No nos referimos a los Misioneros llegados al Vicariato, sino a los formados por él mismo: los seminaristas y las religiosas Oblatas. Dos obras que si dieron grandes alegrías a aquel corazón tan paternal, le dieron o se impuso por ellos muchos trabajos y sacrificios, procurando dotar los centros de formación de todos los medios necesarios para la consecución de la misma.

Los frutos logrados fue la docena de sacerdotes nativos que a su muerte tenía el Vicariato y las comunidades de religiosas Oblatas que ejercían diferentes obras de apostolado, ya por sí solas, ya colaborando con las MM. Concepcionistas. Con la colaboración de unos y otras se pudo extender la acción misionera de una forma constante y metódica a todas las comarcas del Vicariato.

Esta labor Misional llevada con tanta constancia y tesón hizo correr el nombre del Vicariato aureolado por la fama y el prestigio, ya fuese por el número de las conversiones, ya por aquellas aportaciones tan cuantiosas e la colecta de la Propagación de la fe. El Gobierno Español reconoció los relevantes méritos del Exmo. P. y la labor por él realizada y le condecoró con la cruz de Isabel la Católica y años más tarde con la Cruz de Africa, una de las pocas bien merecidas, amén de la correspondencia que recibía de los altos organismos religiosos y civiles de la Nación, donde reconocían sus méritos, su obra y los efectos de la misma.

Todas estas manifestaciones de aprecio, y las alabanzas, en nada influían sobre su espíritu, a no ser cuando se tratase de la colecta del Domund un punto flaco en la psicología del P. Leoncio, aunque en realidad fuese efecto del gran amor que él sentía hacia el Papa y

hacia la Iglesia. Así como en sus relaciones con las autoridades civiles, dejase algo que desear, por la despreocupación que hacia ellas sentía, para con las autoridades eclesiásticas y religiosas fue sumamente atento, y obediente. Quien la conocía bien dice que su obediencia ante una indicación o sugerencia del Rmo. P. General, era ejemplar.

XVI. – Religioso Observante.

Si a lo largo de su vida, para sí mismo jamás pensó que era obispo, y delante de los demás sólo cuando lo pedía la caridad y el

bien del prójimo, nunca perdió de vista que era religioso y tenía unas reglas que observar. Y si él, como superior, no gozó de gran simpatía entre sus súbditos, era la fuente principal y única su espíritu de estricta observancia, y la rigidez en la observancia de las reglas, aún en ocasiones que perecían pedir usar de ciertas epiqueyas.

La laboriosidad, nota tan característica en el espíritu de la Congregación, junto con la sencillez, las podemos considerar como sus notas dominantes. Todo sencillez en medio de un trabajo sin descanso y agotador. No se le veía ocioso nunca, ni siquiera en los últimos años cuando su robustez corporal estaba ya minada por graves enfermedades. En su habitación humilde y sencillísima como la de cualquier misionero, se le veía invariablemente ocupado: tecleando a la máquina las más de las veces, y algunas rezando o leyendo. En las visitas era atento y cortés pero breve. Los pocos ratos que paseaba durante el día o antes de acostarse por la galería del palacio se le veía invariablemente con el Rosario en la mano.

Estaba dispuesto a suplir al párroco en cualquier ocasión, sea en el púlpito sea en el confesonario o en la visita a los enfermos. El mismo llevaba personalmente la secretaría y administración del Vicariato, así como la del Seminario.

Le gustaban los recreos, pero difícilmente los soportaba más de media hora, ni siquiera en los días más solemnes o de Navidad. A paseo no salía jamás. Si alguna vez se permitía algunos días de descanso en las alturas de Moka, era para llevar allí la misma vida de trabajo, pobreza y regularidad que en casa. En esto como en la pobreza era un caso singular. Cuando en cierta ocasión le pidieron en recreo, como en broma, una radio (no la había en Palacio): « Eso cuando sean Vdes. Obispos, respondió; yo no la compraré nunca, sería un gasto inútil y no serviría más que para perder tiempo ».

Cuando por razones del ministerio o por otros motivos, residía en alguna comunidad, muy apurado había de andar de tiempo, para que a la hora de las preces o del rosario, no estuviese el primero en la capilla. Esta forma de proceder llamaba más la atención en las grandes capitales como Madrid y Roma donde los asuntos a tratar se demoraban más de. lo previsto… fuese como fuese a la hora de los actos de piedad, allí, estaba el P. Obispo como el más puntual de los Misioneros.

A la meditación, que nunca omitió, era puntualísimo estando fuera de palacio, y en él, de ley ordinaria, se encargaba de llamar a la comunidad, y cuando el encargado de llamar se descuidaba un minuto, antes de que pasasen unos segundos ya estaba llamando el P. Obispo.

Así como en su actuación pontifical, estaba carente de todo boato, y en las procesiones y bendiciones no se recataba de saludar a cualquier vieja que estuviese a la vera del trayecto, en lo tocante a la observancia regular se portó siempre como el más observante religioso, y durante la hora de meditación, guardaba siempre una compostura recogida y edificante como quien tiene conciencia de estar en la presencia de Dios.

XVII – Obispo Pobre.

Este calificativo se lo podemos aplicar en el más amplio sentido de la palabra. Por lo dicho ya se ha podido ver hasta qué grado la practicó. Aunque por su dignidad, se viera desligado del voto de pobreza, lo siguió practicando con la misma rigidez que antes. Ni en su vestido, ni en su ajuar, ni en su atuendo palaciego hubo algo que significase comodidad, o apego a las cosas materiales, v menos aún en su alimentación, que era la misma que la de la comunidad de Santa Isabel.

En el Palacio no había cocina ni más despensa que un botijo de agua fría. Por las tardes jamás conoció más merienda ni refresco que un vaso de agua fría. El hielo se lo daba de limosna la fábrica de Arriaga. La fruta, a la que era aficionado, fue siempre del país, — jamás permitió que se comprase para él una manzana o pera se la regalaban siempre las MM. Concepcionistas o los indígenas. Era notorio que le gustaban y convenían las verduras; pues hubo de acudirse a la estratagema de fingir que le habían regalado algunas, compradas en el barco.

Los regalos que le hacían, si eran de algún valor, como botellas o pollos, los de Palacio no los probaban, sino que los regalaba a las religiosas, a las amistades, y más frecuentemente al Seminario o a los indígenas. Su vestido era como el de cualquier Misionero. A su muerte no dejó un solo objeto curioso o de valor. Vivió siempre y murió como el más pobre de los religiosos.

Si algún privilegio o excepción le dio el verse desligado del voto de pobreza, fue para poder repartir mejor lo que llegase a sus manos.

Como jamás se creyó poseedor de cosa alguna, sino que todo lo consideraba propiedad del Vicariato, siendo la primera pertenencia su propria persona, en beneficio del mismo lo dio todo, gastando todos sus haberes en las obras del mismo, y yendo más allá de lo por los haberes permitido; y dio también su propria persona, porque los trabajos excesivos, la despreocupación por su salud, el deseo de ser lo menos molesto posible, y el temor a que las atenciones a su persona restasen eficacia a los trabajos apostólicos, le llevaron a despreocuparse de su salud, y a caer en vertical. Una faceta más de la fidelidad a su divisa episcopal.

XVIII. – Obispo caritativo.

Como acabamos de decir el lema de su escudo episcopal fue el retrato de toda su vida, y en su contenido era una llama ardiente de caridad. Y este amor lo prodigó en todos los momentos de su vida, aunque como superior por su espíritu rígido y austero, no se hiciese en determinadas ocasiones muy agradable la convivencia con él. El entregarse hasta quedarse sin nada, era tan natural en él, que los más sublimes actos de caridad fluían sin casi advertirse.

Era de una sensibilidad extraordinaria. Tan duro e inflexible al parecer, era facilísimo al llanto. En las ordenaciones sacerdotales, en una predicación efusiva, propia o ajena, en una lectura o cántico un poco emotivos, las lágrimas afluían a sus ojos. Los enfermos del hospital, otro cuadro desolador, eran motivos que impresionaban vivamente al P. Obispo.

En la nota necrológica de su muerte apunté como una de las preocupaciones del obispo habían sido no molestar ni ser gravoso, con el fin de que las atenciones hacia su persona, no restasen eficacia a los ministerios. Y esto lo hemos de afirmar no sólo de las atenciones a que era acreedor por su carácter episcopal, que nunca se preocupó de ellas, ni menos las exigió, sino, aún en los momentos de auténtica necesidad, como eran las enfermedades, quiso que se le atendiese; y supo callar y sufrir dolencias muy profundas, muy a solas, y sólo por un fin sobrenatural, por espíritu de sacrificio, y con una intención: no ser gravoso a otros, ni atraer la atención sobre su persona.

Cuando se trataba de atender a los otros, de prestar un favor, de socorrer necesidades… todo le parecía poco, y se daba hasta con exceso, porque los hubo que aprovechándose de esa su natural generosidad, acentuaron más sus necesidades para recibir mayores dones.

La misma conducta observada con motivo de aquellas enormes colectas del Domud que llamaron la atención por todo el mundo, y que tan merecidas alabanzas le merecieron por parte de los Directivos de las Obras Misionales Pontificias. No eran sino efecto de su grande amor a la Iglesia y al Papa, sobre cuya persona hacía recaer el amor y entusiasmo de los donantes.

Traigamos el testimonio de Mñor. Sagarmínaga Director de las Obras Misionales en España. Dice en una carta fechada el 22 de diciembre de 1952:

Como siempre he de felicitarle y con gran satisfacción por mi parte, por la magnífica labor que está V. realizando en ese Vicariato; por el magnífico espíritu que está V. infundiendo en sus fieles, y por la labor que dirigida por su Excia. desarrollan sus Misioneros. Dios se lo pague todo. Una vez más Fernando Poo será el estímulo y la muestra para las demás diócesis. Esos magníficos morenos, siempre a la cabeza, han sabido superar este año, a pesar de que V. Ecia. ha llegado este año con la campaña bien avanzada. Gloria a Dios que ha querido el éxito; gloria también a los Misioneros que tanto cooperan con V.E… Pero gloria, sobre todo, queridísimo P. Leoncio, a V.E. que sabe llevarlos tan maravillosamente por el cauce Misionero Universalista.

Me parece magnífica la recaudación. Y me parece muy bien que se queden con 15.000 ptas. Se merecen tantísimo.

XIX. – Obispo Compasivo.

Secuela de lo anteriormente expuesto, es la gran compasión de su corazón, o traducida muchas veces en alguna lágrima furtiva, o muchas que se desprendían de sus ojos. El, que nunca se preocupaba de sus dolencias, que los mayores sacrificios de su vida Misionera, cruzando bosques y vadeando ríos… los tenía como lo más natural, cuando se trataba de reconocer los méritos ajenos, y atender necesidades de otros, le parecía lo más mínimo como cosa de gran valor, y si lo miraba con una mirada de simpatía, de lo que un tanto adolecía, entonces se volcaba del todo su corazón. ¡Cuánto nos podrían decir tantas familias de Río Muni, que son acreedoras a las bondades del P. Obispo!

Esta compasión la llevó a tales extremos, que más de una vez su buena fe se dejó sorprender, y le comprometieron delante de las autoridades.

Las enfermedades y dolencias del prójimo nunca causaron en él repulsión, ni menos indiferencia. Prueba nos la dan las continuas visitas que hacía al hospital y las de Micomeseng en sus visitas pastorales.

Cuando en el año 1950 tuvo una infección maligna en la nariz, y se temió si pudiera ser lepra, su primera reacción, fue marcharse contento y feliz a vivir con los leprosos, a quien se daría más de lleno con sus ministerios pastorales.

  1. – Ante los Bienes del Vicariato.

No fue la economía el fuerte del P. Leoncio. Para poder ser tal, se necesitaban otras cualidades que aunque el P. Leoncio las poseyese en germen, guiado per su gran corazón compasivo y emprendedor, no fomentó.

Los bienes del Vicariato en los 22 años que lo gobernó, los multiplicó por un tanto muy elevado, las obras realizadas han quedado patentes… ; pero en ocasiones careció del sentido de la economía, y se dejó sorprender por otros de intenciones muy distintas a las suyas, y no supo aprovechar ocasiones, coyunturas, y explotar fuentes que hubiesen sido de positivo rendimiento.

Para su provecho no gastó ni una peseta, viviendo como el más pobre de los Misioneros… , pero le había sida necesaria una organización más metódica y haber coordenado muchas fuerzas.

Si no hubiesen sido las deudas tan enormes que a su muerte gravaban al Vicariato, este aspecto hubiese pasado casi desapercibido, porque contó con una plantilla de Misioneros que en los trabajos y aportaciones al Vicariato, fueron más allá de todas sus posibilidades, y supieron explotar todos los medios puestos a su alcance para la realización de las obras proyectadas.

Las deficiencias nacían de distinto plano de considerar las cosas, entre él y aquéllos con quien es había de negociar. A veces adoleció de ingenuidad y muchos sorprendieron su buena fe.

En la demolición de las obras viejas, se aprovechaban hasta las últimas maderas y las mínimas chapas para casas o capillas de segundo o tercer orden. Cómo gozaba pudiendo hacer estos donativos.

XXI. – Sus últimos momentos.

Tan últimos los podemos calificar para él, que no llegó a percatarse de su gravedad, aunque los que convivíamos con él viésemos que aquella naturaleza se iba desmoronando rápidamente.

Quien tantos sufrimientos y dolencias había superado sin darles importancia y con un temple de acero, sucumbió verticalmente, sin apenas percatarse, porque cuando quiso darse cuenta de su estado de gravedad, le quedaban muy pocas horas de lucidez mental, y un día escaso de vida.

Reconstruyamos con toda brevedad la historia de aquellos días. Dice un testigo presencial, el P. Marcos: Llega el año 1957, se nota que el P. Obispo va decayendo. En enero llegó a Sevilla de Niefang. En contra de su costumbre se retira a descansar; pasadas 2 horas voy a su habitación, Io llamo y no responde, y observo en él cosas que me hacen creer que no estaba bien. Por la tarde me pasó Io mismo. Como había de ir a Mikimeseng, Ebebiying y Evinayong le indiqué al P. Bravo la conveniencia de acompañarle en la visita. El hizo la visita y regresamos a Bata, y desde allí escribí a Santa Isabel diciendo que el P. Obispo no estaba bien. A primeros de Febrero regresó él a Santa Isabel».

Por esos días le encontré en Bata y me llamó la atención la fatiga que sentía al subir las escaleras. Hicimos el viaje juntos desde Bata a Santa Isabel. Desde estas fechas ya no volvió a tener un día bueno de salud, aunque él no le diese tal importancia. Y los que vivíamos cerca de él, no sospechábamos que el desenlace iba a ser tan rápido, no obstante el cambiazo obrado en su naturaleza.

En la última visita que le hice días antes de morir le encontré ordenando algunas cosas de su despacho, después de haberse visto obligado a retirarse del altar cuando se disponía a celebrar la Santa Misa. Para él este contratiempo no revestía toda la importancia que tenía. El agotamiento y amago de vómito, según él eran efectos de un medicamento coloreante y dulzarrón que le revolvía el estómago.

La realidad era muy distinta. Una cirrosis epática había destruido todo su hígado. Horas más tarde, los que le acompañaban comprendieron que iba perdiendo su lucidez mental. Los dictámenes médicos en un principio fueron bastantes ajenos a la realidad. Sólo cuando empeoró de manera alarmante, comprendieron que se trataba de un cáncer que le había destruido todo el hígado. La consulta de los facultativos dio por dictamen que no había posibilidad de curación.

Para mejor atenderlo y disponer de medios más confortantes se le trasladó al hospital. A las pocas horas perdía el conocimiento.

Llegado este momento, aquella naturaleza tan doblegada por toda clase de sacrificios, salió por sus fueros y el día escaso que estuvo en el hospital, lo pasó en un ¡ay! continuo, efecto de los terribles dolores que le aquejaban.

En las primeras horas de la tarde del 14 de febrero de 1957 dejaba de existir. Sus restos fueron trasladados al Palacio episcopal donde se estableció la capilla ardiente.

La noticia del fallecimiento se propagó por todo el Vicariato con la velocidad del relámpago, no sólo por los medios de comunicación oficiales, sino también a estilo indígena, que en muchas ocasiones tiene más eficacia, con el toque de la tumba y sus gritos covencionales, que se enlazan unos con otros rapidísimamente.

El desfile interminable delante de sus restos mortales hizo ver el grande aprecio que ie tenían todos los sectores sociales. Las honras fúnebres se pusieron para la mañana del día 15, y el sepelio para la tarde, con el fin de que le pudieran tributar los debidos honores todas las fuerzas de la Capital, y llegasen las representaciones de todos los pueblos.

Como la enfermedad había minado tanto aquella naturaleza, al punto de fallecer, su cuerpo entró en rápida descomposición, de forma que no obstante todos los preventivos, a la media noche los efectos de la descomposición se notaban por todo el contorno del Palacio.

Este estado obligó a que el entierro se hiciese por la mañana. El gentío fue inmenso, llenando no sólo templo, sino toda la plaza de España, por cuyo contorno se trasladaron los restos mortales desde el Palacio e la Catedral. La oración fúnebre estuvo a cargo del M. R.P. Alberto Goñi, llegado en aquellos días en calidad de Visitador General.

Los fieles comenzaron a desfilar delante de su tumba en filas interminables durante días y días; en todas las Iglesias, en todas las capillas, por todos los organismos oficiales, por todas las asociaciones piadosas, y por muchísimos particulares, se encargaron sufragios por el eterno descanso de su alma.

Su recuerdo y su nombre recorrió durante mucho tiempo como algo perenne e imborrable en todos los habitantes de Vicariato, por todos los rincones y por todos los senderos, pero principalmente por Río muni. Había amado mucho y era amado.

Sus restos mortales descansan en la Catedral de Santa Isabel, al lado de su antecesor, contrariando la voluntad del mismo P. Leoncio, quien, como única disposición testamentaria, después de pedir perdón a todos aquellos a quienes hubiese ofendido, establece que sus restos se depositen en la fosa común como a un cristiano más, y de los más humildes.

Quien tan intensamente había vivido ligado por los indígenas, por quienes se había sacrificado y dado por entero, quería que sus cenizas descansasen junto a las de ellos. No se juzgó correcto cumplir esta disposición, y se le sepultó donde requería su dignidad episcopal: en la santa Iglesia Catedral.

Así estaría más presente ante las oraciones de sus hijos que quedaban, mientras él se unía a los que habían pasado a la verdadera vida.

MANUEL Ma . PEREZ DEL AMO, C.M.F.

 

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