JOSÉ MARÍA MÁRQUEZ

JOSÉ MARÍA MÁRQUEZ

Nace en el seno de una familia profundamente cristiana, que alentó el germen de su vocación religiosa y misionera en sus primeros años.

Su madre lo acercó al misterio de Dios con sencillez y sabiduría, desde su propia experiencia de fe. Mons. Márquez recordaba, con emoción agradecida, esos primeros años de la mano de su madre en la capilla del Sagrario, de la iglesia del pueblo, en la celebración de la Eucaristía y en todas las fiestas religiosas tradicionales. Sus hermanos atestiguan que fue su madre la primera maestra de su vocación.

Con la llegada de los claretianos a Villamanrique, cada año en la Cuaresma, el germen de su vocación va creciendo y a los diez años ingresa, como seminarista menor, en Plasencia (Cáceres) y finaliza las humanidades en el Colegio de Don Benito (Badajoz). Después de hacer el noviciado en Jerez de los Caballeros (Badajoz), profesa el Salvatierra (Álava) el 24 de octubre de 1931.

Realiza los estudios de filosofía en Plasencia (1931-1934) y los de teología en Zafra (1934-1940), en plena guerra civil española, lo que le obligará a refugiarse en la Embajada de Chile en Madrid… Posteriormente, también sufrirá las consecuencias de la segunda guerra mundial, especialmente el hambre y la falta de medios materiales, que tanto se dejarán sentir en las comunidades de la España de los años ’40, especialmente en nuestros seminarios.

Recibe el presbiterado el 29 de marzo de 1941 y, hasta 1951 con excepción del «Año de Perfección», que realiza en Ciudad Real (1945) – está dedicado a las tareas de formación, como profesor y prefecto de postulantes y filósofos en Sigüenza (Guadalajara) y Jerez de los Caballeros-Aguas Santas (Badajoz), respectivamente.

Tras un año de estancia en Las Palmas de Gran Canaria, como director espiritual del colegio de bachilleres, volverá de nuevo a la formación en el Teologado de Zafra, como superior y rector (1952 -1956) y en Jerez de los Caballeros-San Agustín, como maestro de novicios (1962-1966).

Además de los cargos de superior local de los seminarios de Sigüenza y Zafra, desempeña los de consultor provincial (1962-1968) y de Superior Provincial (1956-1962).

Cuando los claretianos son llamados por la Santa Sede a colaborar con la diócesis de Jujuy (Argentina), en la zona norte de esta provincia, el P. José María Márquez forma parte de la primera expedición de misioneros. El 13 de junio de 1968 toma posesión de la parroquia de la Candelaria, en Humahuaca, y desde ese momento pone al servicio de los más pobres y desheredados sus sobresalientes cualidades sobrenaturales y humanas: su recia vida interior, su sensibilidad, su experiencia de gobierno, su prudencia, su formación intelectual, su piedad cordimariana, su amor a la Congregación, etc.

El 8 de septiembre de 1969 se crea la Prelatura de Humahuaca y Pablo VI lo nombra Administrador Apostólico de la misma. El 9 de octubre de 1970 adquiere la ciudadanía argentina; el IO de octubre de 1973 es preconizado obispo titular de «Capo della Foresta» y prelado de Humahuaca; y el 25 de noviembre de 1973 es consagrado obispo prelado de Humahuaca por Mons. Lino Zanini, nuncio apostólico en Argentina, en La Candelaria. Desempeñará ese cargo hasta el 24 de febrero de 1991, en que se le acepta la renuncia por motivos de salud y de edad. Eligió como lema episcopal la expresión bíblica: «Evangelizar a los pobres».

Su acción pastoral y de promoción humana a lo largo de dos decenios fue extraordinaria.

De regreso a España, y habida cuenta de lo avanzado de su enfermedad – síndrome de Parkinson -, los superiores de Bética le ofrecen el grupo asistencial de la comunidad del Teologado de Granada, como lugar de residencia, a fin de que se le puedan prestar todas las atenciones que requiere su quebrantada salud y su estado de progresiva invalidez física.

Entra así en un tiempo oscuro y difícil para él, acostumbrado a una intensa actividad apostólica. Pide constantemente al Señor la fortaleza necesaria para asumir su enfermedad y luz para comprender sus designios. En los momentos de desaliento repite con frecuencia: «Que se haga la voluntad de Dios».

Durante su estancia en Granada se siente y se comporta como un claretiano más; recibe con agradecimiento los constantes cuidados que se le dispensan y acepta con humildad su condición de desvalido. Brilla, como siempre, por su vida interior, que no sólo no apaga sus ardores misioneros, sino que los estimula, hasta el punto de convertirse casi en obsesiva su preocupación por la Prelatura de la que es obispo emérito. Parece como si la visita del nuevo prelado, Mons. Pedro Olmedo y sus largas conversaciones con él, lo hayan llenado de gozo y que pueda cantar ya el «Nunc dimittis».

Muere con la plegaria en los labios, pidiendo perdón y perdonando. Cuando ya le faltan las fuerzas, sus gestos son de oración silenciosa y continuada. En compañía de sus hermanos de Congregación – entre los que se halla presente su sobrino, el P. Blas Márquez, de la Provincia de Venezuela – entrega su vida, consumida en el servicio del Evangelio, en las manos acogedoras del Padre, el 17 de marzo, a los 79 años de edad. Fue enterrado el día 19, solemnidad de San José.

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