José Caixal

JOSÉ CAIXAL Y ESTRADÉ, obispo amigo y colaborador de Claret (1803-1879)

Nació en Vilosell, provincia de Lérida y arzobispado de Tarragona, el 9 de julio de 1803. Estudió gramática y retórica con los escolapios de Igualada, y filosofía y teología en el seminario de Tarragona (1816-1823) y en la Universidad de Cervera, donde se doctoró en teología. Fue ordenado sacerdote en 1827. En 1831 consiguió por oposición una cátedra de teología en Cervera, donde también enseñó oratoria. Allí fue profesor del filósofo Jaime Balmes.

En 1833 obtuvo una canonjía en Tarragona y dejó definitivamente la docencia universitaria. En 1835 sus posiciones carlistas le hicieron huir con su obispo a Mahón (Baleares). Seguidamente ejerció como capellán de hospital en la ciudad “facciosa” de Berga, pero, tras la derrota del ejército carlista en 1836, se refugió en el Sur de Francia, donde trabó contacto con el carmelita Fr. Francisco Palau, hoy beato, y de donde no pudo regresar a su diócesis hasta julio de 1846. Muy pronto tiene lugar el primer encuentro Claret-Caixal (ignoramos el lugar), pues en agosto Claret traza las líneas de un plan de evangelización a gran escala, estructurado en tres frentes: J. Caixal se ocupará en la difusión de libros religiosos; Fr. Francisco Coll, dominico exclaustrado, en la dirección de ejercicios espirituales; y el propio Claret en la predicación popular. Y en septiembre ya van elaborando Caixal y Claret el primer proyecto de lo que será la editorial Librería Religiosa (EC I, p. 162 y 165s).

Aunque Claret siempre se consideró a sí mismo fundador de la editorial, no tiene inconveniente en decir que la primera idea fue de Caixal, a quien “el celo le ha sugerido el plan que yo a Usted le he insinuado” (EC I, p. 172). Hacia finales de 1846 Claret comunica a varios amigos que “el Iltre. Sr. Caixal, dignísimo canónigo de Tarragona, a impulsos del gran amor que tiene a Dios y a sus prójimos, ha pensado en imprimir y reimprimir los libros espirituales y dogmáticos que conoce mejores… Emplea en esto las limosnas de misas y rentas del canonicato; no he podido menos de ofrecerle las limosnas de misas que yo celebro…” (EC I, p. 176s). Hay que notar que Claret había comenzado ya en 1844 a escribir y difundir libritos que diesen continuidad a su predicación (cf. EC I, p. 138s); ahora, con la colaboración de Caixal, refuerza esta forma de apostolado.

Durante los dos años siguientes, los contactos de Claret y Caixal serán constantes, siempre en orden a la difusión de libros. Ello desembocará, en 1848, en la fundación por Claret de la referida editorial (Aut 329 y 701), con una amplia red de distribución y un sólido sistema de financiación. Caixal es su principal colaborador, el cual, por estar el proyecto aún en ciernes, llevará muy mal que, en febrero de dicho año, Claret marche a Canarias. Al ser Claret nombrado arzobispo de Santiago de Cuba en 1849, queda Caixal al frente de la Librería (EC I, p. 335). Ante la disfunción que supone que la editorial radique en Barcelona y su director, Caixal, viva en Tarragona, Claret hace multitud de gestiones para que se le conceda cambiar de residencia, pero no lo consigue. Y el funcionamiento de la Librería será siempre deficiente. Finalmente Caixal, en 1873, fallecido ya Claret, adquirirá la Librería Religiosa en propiedad.

En 1849 funda Claret su Congregación de Misioneros y considera que Caixal es un miembro de la misma, a pesar de que nunca puede ir a vivir con ellos en Vic; Claret le invitó al primer aniversario para que estuviesen “todos los Hermanos” (EC I, p. 410).

En 1853 fue consagrado obispo de Seo de Urgel, de la que tomó posesión el 15 de junio; con ello quedó convertido también en Príncipe de Andorra. Pero en 1855, en el “bienio progresista”, fue nuevamente desterrado a Baleares. Claret, desde Cuba, le “felicita” por haber sido desterrado, recordándole que “así fueron perseguidos los profetas, así fue perseguido Jesucristo y los fueron también los apóstoles”; y le recuerda que Dios tiene al prelado en la diócesis como el amo de una casa de campo tiene a su perro, “para que vigile y ladre”, y “si ladra, los ladrones le matan a cuchilladas; y si no ladra, el amo lo mata a palos. Ya me entiende” (EC I, p. 1145).  Quizá es en la quietud de ese destierro donde compone su Veni-Mecum pii sacerdotis, de 456 pp., publicado en  Barcelona en 1856. Concluido dicho período pudo regresar a su diócesis, donde emprendió la construcción del gigantesco seminario, aún hoy motivo de admiración; la construcción no se concluyó hasta 1886.

Favorecedor de la vida consagrada, patrocinó y aprobó la fundación de las Hijas del Calvario por la M. Esperanza Pujol, instituto que, reducido a un solo convento, en 1920 se fusionó con las Misioneras Claretianas. Además ayudó a la beata Ana María Janer en la fundación de las religiosas de la Sagrada Familia y al beato José Mañanet en la de los religiosos del mismo nombre. Apoyó igualmente la fundación de las Carmelitas Teresas de San José, de la M. Teresa Toda, y, de un modo muy especial, la de las Religiosas de María Inmaculada para la Enseñanza (posteriormente Misioneras Claretianas). Ya en Tarragona había sido durante algunos años director espiritual de la fundadora, M. Antonia París, a quien puso en contacto con el obispo electo Claret y posteriormente logró que este la acogiese, con tres compañeras, en su diócesis de  Cuba y respaldase jurídicamente la fundación de un convento en Santiago. Tras regresar Claret a la Península, tramitó igualmente el regreso de la M. Antonia y otras dos monjas, la cuales fueron acogidas por Caixal en su diócesis de Urgel, en la ciudad de Tremp. En un trabajo conjunto con D. Paladio Currius, en 1860, Caixal dio la última mano a unas nuevas Constituciones para estos dos conventos y las recomendó al papa Pío IX (ECpas II, p. 425s). Claret, al no ser ya ordinario de ninguno de dichos conventos, pasa a Caixal la responsabilidad de gestionar en Roma la aprobación del nuevo Instituto y de sus Reglas (EC II, p. 1473).

Habiendo regresado Claret de Cuba y estando en Madrid de confesor real, Caixal, carlista convicto y confeso, no ve con buenos ojos que su antiguo amigo esté atendiendo a una reina que tiene gobiernos liberales, aunque reconoce que también allí puede hacer mucho bien. Pero él le exhortaba a que rompa “los lazos que le retienen en esa Babel” y se ponga al frente de sus misioneros de Vic: “Si Usted no le da un impulso… las vocaciones serán menos, los fervorosos y más aptos serán jesuitas, y el fuego encendido se apagará” (ECpas II, p. 43). Cuando Claret, por encargo de la reina, se hizo cargo de El Escorial y organizó allí un seminario supradiocesano, Caixal envió a él a algunos de sus seminaristas; en 1861 Claret, con dimisorias extendidas por Caixal, les confirió órdenes en la gran basílica del monasterio (EC II, p. 420).

Por estos primeros años de Claret en Madrid, la M. Antonia París y D Paladio Currius están reflexionando sobre una reforma general de la Iglesia, en la que asignan a Claret un papel primordial y en la que también Caixal queda implicado. Por este motivo, cuando, en mayo de 1859, el P. Currius y M. A. París, procedentes de Cuba, lleguen a Barcelona, Claret tiene mucho interés en un encuentro allí con Caixal; los cuatro podrán clarificar algo sobre el asunto, es decir, “hablar de cosas de la mayor gloria de Dios, bien de la Iglesia y salvación de las almas” (EC I, p. 1773). Claret lamentó que Caixal no pudo asistir a dicho encuentro (EC I, p. 1872). Será en septiembre de 1860, con motivo del paso de la reina por Barcelona y la cita de todos los obispos de Cataluña para cumplimentar a la soberana, cuando finalmente Claret, Caixal y Currius (éste recién regresado de Roma con malas noticias) pueden conferenciar sobre la reforma general, cuyas bases han sido descalificadas por Pío IX en marzo de dicho año (ECpas II, p. 446) y sobre las –por el momento tampoco aprobadas- constituciones de las Claretianas. Finalmente Caixal terminó disgustado y distanciado de la M. Antonia.

Mons. Caixal participó en el Concilio Vaticano I (1869-70), en el que pronunció numerosos y brillantes discursos. Tuvo sus dificultades para ir a Roma, debido a que el gobierno español le negó el pasaporte; pero pudo cruzar la frontera a título de príncipe de Andorra. En 1871 fue elegido Senador del Reino en representación de la provincia tarraconense; en el Senado de Madrid pronunció un memorable discurso que contenía toda una apología del P. Claret. En 1873, temiendo por su seguridad, dejó la Seo de Urgel y marchó a Andorra, y de allí a Vergara, en la zona carlista, de la que fue nombrado oficiosamente por Pío IX Vicario General Castrense

En agosto de 1874, al ser tomada Urgel por los carlistas, regresó a su sede. D. Carlos la convirtió en su capital de la zona rebelde, y Caixal, gustosamente, se apresuró a realizar en ella un programa de moralización de las tropas. Para él contó con la colaboración de los misioneros claretianos de Thuir. El superior general, P. José Xifré, viajó de Thuir a Seo de Urgel en el mes de noviembre y recibió nombramiento de capellán castrense para varios de sus misioneros. Pero el plan no llegó a ponerse en marcha, pues en  agosto de 1875 Urgel fue tomada por las tropas alfonsinas y Caixal cayó prisionero. Ahora le tocó sufrir su tercer y último destierro, esta vez en el castillo de Santa Bárbara, en Alicante. De allí se le permitió salir en abril de 1876, en un vapor que le llevó a Orán y luego a Argel, donde trabó amistad con el célebre cardenal Lavigerie. De Argel se dirigió a Roma para someter su gestión político-pastoral al juicio de Pío IX, del que parece recibió aprobación. Pero el gobierno alfonsino de Madrid no le permitió regresar a su patria. Durante dos años gobernó su diócesis a distancia, promoviendo en ella las misiones populares y ejercicios espirituales, en cuya predicación se distinguió el P. José  Adrobau cmf.

Mons. Caixal falleció en Roma, en el convento mercedario de San Adrián, el 26 de agosto de 1879. Su cadáver embalsamado fue trasladado a la catedral de Seo de Urgel y sepultado en la capilla de San Armengol, según el difunto lo había dispuesto en su testamento.

Mons. Caixal escribió varias obras de apologética y de espiritualidad, entre las que destaca el ya mencionado Veni-mecum pii sacerdotis. Años antes, en colaboración con el beato Francisco Palau, en su destierro francés, había publicado La lucha del alma con Dios.

 

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