José Arner y 14

BEATOS JOSÉ ARNER Y 14 COMPAÑEROS MÁRTIRES

 

Para los Claretianos,  VIC es nuestra Ciudad Santa. En ella nació la Congregación y ella guardaba los restos del Fundador, San Antonio María Claret. Su Casa Misión, Casa de Ejercicios Espirituales y Noviciado, constituían un centro de espiritualidad intensa, y por aquella Comunidad habían pasado muchos Misioneros santos. Ahora contaba con sesenta y ocho individuos, incluidos los novicios,

Si Vic guarda con veneración la tumba de San Antonio María Claret, SALLENT, dentro de la misma diócesis de Vic y también Provincia de Barcelona, los Mi­sione­ros formaban una pequeña Comunidad de sólo cinco individuos, tres Padres y dos Hermanos, que custodiaban la casa natal del Santo y dirigían un modesto cole­gio en aquella ciudad industrial. Ambas Comunidades van a sufrir con furia el zarpazo de la persecución religiosa.

Hay que decir, desde luego, que Vic, ciudad católica en todas sus entrañas, no era capaz de hacer nada contra la Iglesia. Vinieron de fuera esos elementos extremistas, que incendiaron iglesias, mataron a cuanto sacerdote y religioso cayó en sus ma­nos, sacaron de su casa hacia el cementerio a tantos católicos distinguidos y cometieron todas las barbari­dades que se les antojaron. Sin hacer distinción entre las dos Comunidades, y con orden también cronológico, damos aquí una nota sucinta de la muerte heroica de los catorce confesores de la fe salidos de aquellas dos Casas benditas, cuna y sepulcro del Padre Fundador..

 

La comunidad de Sallent, con los Padres Capdevila, Payás, Mercer y los Hermanos Mur y Binefa, se disolvía el 20 de Julio. Como hubieran sido reconocidos en la calle por los niños del Colegio, y los milicianos rojos estaban muy al tanto de todo, no tuvieron más remedio que huir al campo y esconderse en un cañaveral. Sueño, hambre, sed, fiebre…  Se refugiarán después en casas amigas de las que saldrán para la cárcel y el cementerio.

 

El Padre José Capdevila, Superior, pierde de vista al Padre Payás, lo busca en vano, y, ante la inutilidad de sus esfuerzos, emprende al día siguiente su caminar a pie hacia la casa paterna en Vic, en la que estará hasta el 24 de Septiembre, cuando le sorprendan en ella los milicianos. -¡Adiós, madre, hasta el Cielo!… -¿Qué cielos ni qué…?  ¡No hay cielo ya!… -Para vosotros, si no cambiáis de vida, no; para nosotros, sí. Pasa toda la noche en la cárcel de Vic, y el 25 a las 11’30 se iba al Cielo suspirado, mientras su ca­dáver quedaba tendido en la carretera… 

 

El Padre Jaume Payás se nos ha quedado perdido por los matorrales, entre los que empieza una pasión muy dolorosa, hasta que lo encuentra un muchacho de la familia que ha ido en su busca. No puede quedarse en su casa pues en ella está a la vista y ante las garras de la fiera. Con los 29 años aún no cumplidos, elegante, culto, notable profesor de niños, alma fina de auténtica aristocracia espiritual, el Padre siente destrozársele el corazón ante el desamparo que ha sentido en las casas que pensaba ser las más amigas. Al fin para en la cárcel, donde pronto se va a encontrar con el Padre Juan Mercer, sorprendido en plena calle junto con el Hermano Marcelino Mur, y con el Hermano Mariano Binefa, descubierto en su refugio. Estos Misioneros eran juzgados por el Comité de la ciudad natal de San Antonio María Claret, y, oída la sentencia de muerte, el Padre Payás se dirigió a sus “jueces” con estas palabras llenas de nobleza: -Acabo de ver que habéis derribado la estatua del Padre Claret del pedestal que tenía en la plaza. Pues, bien; es tal la gratitud que nosotros sentimos por nuestros bienhechores, que gustosos les cederíamos aquel sitial de honor que hasta ahora venía ocupando nuestro Padre. Los cuatro Misioneros eran llevados al cementerio donde el Padre Payás, ante los fusiles que les apuntaban, levantó su mano y su voz: -Quiero bendeciros antes de morir… Pero la descarga rápida le impidió continuar. Era el 25 de Julio, fiesta de Santiago, Patrón de Es­paña, el primer mártir de entre los Apóstoles de Jesús…

 

Los Padres José Arner y Casto Navarro, Maestro de Novicios y Coadjutor respectivamente, podían haberse salvado, pero con gran sentido de responsabilidad no quisieron dejar abandonados a sus encomendados. Pasan todos ocho días por el bosque huyendo de casa en casa de campo y durmiendo al raso, con hambre y con sed por aquellas caminatas… Caídos en manos de los rojos, los jovencitos novicios de la zona roja eran enviados a sus familias, y los de la zona nacional colocados en la Casa de Caridad. Presos durante diez días los Padres Arner y Navarro en cárcel municipal, en la noche del 7 al 8 de Agosto eran sacados de la prisión y fusila­dos en la carretera a pocos kilómetros de Vic.

 

Los Padres José Puigdessens y Julio Aramendia eran dos cerebros privilegiados. Al llegar la Re­vo­lución estaban en Vic, adonde había venido el Padre Aramendía desde su Provincia claretiana de Cas­tilla, para llevar a cabo entre los dos un estudio sobre “La santidad, argumento de veracidad de la Iglesia Católica”. Sus autores podían arremeter con la empresa. El Padre Aramendía era calificado por la autorizada revista El Monte Carmelo como “uno de los hombres más competentes y mejor informados de la espiritualidad española”, y el Padre Puigdessens era definido sin más como “la primera mentalidad filosófica de Cataluña”. Al salir de casa cuando ésta ya ardía por todos sus costados, los dos Padres se refugiaron en casa de Ramona, hermana del Padre Puigdes­sens. Delatados por una ve­cina, en la noche del 17 de Agosto se presentaba la patrulla de milicianos en la casa, y a las 3’45  de la madrugada se oían las descargas cuyo eco llegaba desde la carretera…

 

El día de la Virgen del Pilar, 12 de Octubre, bonito día en España, la Madre bendita se quiso lle­var al Cielo a tres hijos suyos muy queridos, laureados con la palma del martirio. Eran el Padre Juan Co­dinach, simpático a más no poder, y antiguo misionero en las selvas chocoanas de Colombia, donde perdió la salud para siempre y hubo de volver enfermo a España; el joven y prometedor Padre Miguel Codina, catedrático en el Teologado de Cervera, y el Hermano José Ca­sals, excelente religioso. Los tres vivían refugiados en la casa  campestre de la familia Franch, la de nuestro Estudiante teólogo Jaume, mártir en Selva del Camp. Al presen­tarse la patrulla en la casa el 8 de Octubre, y ser requeridos los tres Misione­ros, el Padre Codina en­tregó a uno de la casa su reloj, la pluma, los anteojos, pero no el rosario: -Si me asesinan, quiero tenerlo entrelazado en mis manos. Salían de la cárcel a los tres días, y sus cadáveres aparecían después tendidos en la cuneta de la carretera de Barcelona.

 

El Hermano Miguel Facerías, al llegar vivo hasta el 22 de Febrero de 1937, va a ser el último mártir de la Comunidad de Vic. Anciano venerable, era la estampa del religioso perfecto. Sastre, agri­cultor, cocinero…, para todo valía, a nada se negaba, y todo lo desempeñaba a cabalidad, a la vez que sabía además perfumar su trabajo con una oración incesante. Refugiado en una familia campesina, para no ser gravoso remendaba y planchaba la ropa, confeccionaba piezas nuevas, barría, par­tía la leña, y aún le sobraba tiempo para pastorear el pequeño rebaño… Delatado por algún espía, responde sin atenuaciones a los milicianos que le preguntan sobre su identidad: -Soy Hermano de la Comunidad de los Misioneros de Vic. Y a la familia bienhechora: -¡Hasta luego, y, si no nos vemos más, hasta el Cielo! Y al Cielo que se iba con la palma del martirio el 22 de Febrero, día en que cumplía sus setenta y siete años de edad.

 

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