Fundación de las Misioneras Claretianas

FUNDACIÓN DE LAS MISIONERAS CLRETIANAS

RELIGIOSAS DE MARÍA INMACULADA

 

La historia de la Fundación

            El día 25 de agosto de 1855 se firmaba en Santiago de Cuba el Decreto de Fundación de las Religiosas de María Inmaculada, Misioneras Claretianas. Aquel día nacía con otro nombre: Hijas de la Inmaculada Concepción de María Santísima. La venerable M. Antonia París, su Fundadora, junto con san Antonio María Claret, entonces Arzobispo de Santiago de Cuba, veía así cumplidos sus sueños. Tenía 41 años. Dos días después de la firma hacía la profesión religiosa de manos de Claret. Pero no estaba sola, ya que el 3 de septiembre se unían a ella por la misma profesión otras tres compañeras, María Josefa Caixal, María Gual y Antonia Gual. Era la culminación de un itinerario de fe por el que el Señor las había guiado entre luces y sombras.

            El siglo XIX español fue un siglo de grandes turbulencias. Llegaban a España las nuevas ideas de la Ilustración fraguadas en la Revolución Francesa. El Antiguo Régimen desaparecía y con él la idea de que Dios era necesario para explicar el sentido del mundo y de la humanidad. La Iglesia, incapaz de acomodarse al ritmo de las ideas de la época, se vio perseguida y arrinconada por la convulsionada política anticlerical. Aunque el número de clérigos y religiosos era grande, las motivaciones espirituales y el talante pastoral estaban muy debilitados en gran parte de ellos. La influencia social de la Iglesia y su poder material eran un impedimento para las apetencias de la nueva ideología política. Así las cosas, se llegó a un estado de larvada persecución, que derivó en gran número de exclaustraciones forzosas, y en la prohibición de admitir novicios a las congregaciones religiosas.

            Pero retrocedamos a los orígenes de esta historia. Antonia París había nacido en Vallmoll, provincia de Tarragona, España, el 28 de junio de 1813. El año 1841 había entrado en la Compañía de María, en la que permaneció como postulante más de nueve años debido a las leyes de la época que prohibían la entrada en los noviciados religiosos. Muy pronto, al año siguiente de su ingreso en la Compañía tuvo la primera inspiración respecto a la fundación de una nueva Congregación. Catorce años más tarde ella misma describía en su aquella experiencia ante Jesús crucificado al que sintió que le decía: «Sí, hija mía, una Orden nueva quiero, pero no nueva en la doctrina, sino nueva en la práctica» (Autobiografía nn. 4-14). Tres años más tarde, en 1844, Dios le dio a entender que había un hombre que podría ayudarla a llevar a cabo su proyecto: Antonio Claret, un joven misionero apostólico que recorría incansablemente Cataluña guiado por el celo de la Palabra de Dios. Fue en enero de 1850 cuando, invitada por su confesor don José Caixal, se encontró con él en Tarragona. Para entonces Claret ya había fundado la Congregación de Hijos del Inmaculado Corazón de María, y había sido nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba. A partir de entonces Antonia París entró en un proceso de discernimiento que la llevó a tomar una decisión extremamente difícil, el abandono de la Compañía de María. Aquel abandono era la única posibilidad que tenía para llevar a cabo su misión.

Junto a Florentina Sangler comenzó a fraguarse el nuevo proyecto, al que pronto se sumarían otras tres jóvenes. El 15 de agosto de 1851 dieron un paso más por medio del «voto de atravesar los mares e ir a cualquier parte del mundo sin hacer división entre nosotras… ofreciéndonos a padecer cualquier trabajo por amor a Nuestro Señor Jesucristo» (M. París, Aut 121). Tres días después llegaba la llamada de Claret para acudir a colaborar con él a la isla de Cuba.

Las dificultades que planteaba la creación de un nuevo Instituto y la muerte de Florentina Sangler no impidieron que la fundación siguiera adelante. El 7 de junio de 1853 comenzaron las cuatro el noviciado mientras esperaban los permisos canónicos oportunos. A primeros de 1854 llegaron nueve aspirantes de España conocidas del señor Caixal. Pero hubo que esperar hasta el 16 de julio de 1855 para que la Santa Sede enviara el rescripto permitiendo la creación de un nuevo Instituto.

El mensaje espiritual

            Aunque no es fácil recoger en unas líneas el espíritu que movió a la M. París y a sus compañeras a echar a andar este nuevo proyecto en la Iglesia, podemos señalar con sus mismas palabras tres ejes fundamentales. En torno a ellos giró su vida y la de los inicios de la Congregación:

1º. Seguir a Jesús. Desde el primer momento fue su obsesión y la razón por la que arriesgó tanto a la hora de tomar decisiones fundamentales en su vida, como la de abandonar la Compañía de María para fundar una nueva Congregación. Para ella seguir a Jesús no era tanto hablarle como mirarle y escucharle, es decir, escrutar su voluntad para cumplirla costase lo que costase. En definitiva, identificarse con Él y con su misión. Es clarificador el modo como señala a sus hermanas el camino del seguimiento de Jesús: «Ore el misionero con Cristo orando; viaje con Cristo, viajando; coma con Cristo, comiendo; beba con Cristo, bebiendo; duerma con Cristo, durmiendo; sufra con Cristo, sufriendo; predique con Cristo, predicando; descanse con Cristo, cansado; y viva con Cristo muriendo, si quiere entrar en la vida con Cristo reinando».

2º. Seguir a Jesús crucificado. Es una nota muy propia de la M. París en la que sintoniza con la espiritualidad del P. Claret. Narrando, pasados 14 años, la primera experiencia espiritual inspiradora de la fundación en su etapa en el postulantado de la Compañía de María, cuenta ella: «Estando una noche en oración rogando intensamente a Cristo crucificado que remediara las necesidades de la Santa Iglesia, que en aquella ocasión eran muchas, le ofrecí mi vida en sacrificio como otras veces había hecho». Es en este ambiente en el que se iba fraguando su proyecto de fundación. Esta identificación con Cristo crucificado es la que le hace ser fuerte en las muchas ocasiones de sufrimiento por las que tuvo que pasar. De ahí el consejo que da a sus hijas en el Blanco y fin principal, especie de carta programática: «Que todas las personas que quieran ser alistadas sean crucificadas para todas las cosas del mundo». Y en una carta a don Paladio Curríus define a las que querían seguirla en su proyecto: «Si es para vivir y morir crucificada con Cristo… desprendida de todo lo creado para vivir solamente para el Creador y esto en cualquier parte del mundo…Si éste es el espíritu que la mueve delante de Dios, estamos bien…». El P. Claret en su Definición del Misionero, extensible a la Misionera, decía: «Se goza en las privaciones, se complace en las calumnias y se alegra en los tormentos. No piensa sino cómo imitar a Jesucristo en trabajar, en sufrir…».

3º. Mostrar y hacer fácil a otros el mismo camino. No podía faltar la invitación a la misión, pero era claro que para ella no se trataba simplemente de hablar de Jesús o de repetir sus palabras, sino del testimonio. Es decir, de invitar a otros a seguir su mismo camino y de facilitárselo, puesto que ya lo habían recorrido. Cuando Antonia París concibió la fundación de una nueva Orden, sintió que Dios le pedía que fuera «nueva no en la doctrina sino en la práctica». Así lo entendieron sus seguidoras:

  • Centrada en la Palabra de Dios, en pobreza y sencillez, viviendo hasta un ápice los consejos evangélicos.
  • Que predicase el Evangelio a toda criatura, lo cual implicaba ir a cualquier parte del mundo sin hacer división entre las hermanas.
  • Con honda vida en comunión, que reclamaba la unión de las comunidades entre sí en personas y bienes.
  • Y juntando la acción y la contemplación, punto el más necesario de nuestro Instituto.

            Actualmente las Misioneras Claretianas se encuentran repartidas por todo el mundo. Su trabajo en la renovación de la Iglesia y hacer siempre fácil a los demás este mismo camino, presenta una amplia diversificación y pluralidad tratando de acomodarse a las necesidades del lugar y del momento, pero siempre al servicio de la Iglesia y vinculadas a toda la Familia Claretiana.

BIBLIOGRAFÍA

  1. ÁLVAREZ GÓMEZ, J. Visión inicial. La identidad carismática de las Misioneras Claretianas. Roma 1991.
  2. ÁLVAREZ GÓMEZ, J. Historia de la RR de María Inmaculada Misioneras Claretianas 2 tt., Madrid 1980 y 1999.
  3. ÁLVAREZ GÓMEZ, J. Las Misioneras Claretianas y la nueva evangelización, Roma 1992.
  4. MISIONERAS CLARETIANAS. Esperar contra toda esperanza. Biografía de María Antonia París, Badalona 2004.
  5. MUÑOZ, H. y RUIZ, R., María Antonia París. Mujer de la historia, mujer de Dios. Madrid 2005.

 

 

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