Francisco Onetti

  1. Francisco Onetti Lara

(1880 – 1958)

14 de Junio de 1958 – Medellín

A un año de su muerte ya corría impresa la biografía del padre Onetti.

El falleció en Medellín, el 14 de Julio de 1958; el Libro «Un héroe de la selva» compuesto por el P. Angel de María Canals, era aprobado en la curia eclesiástica de Guayaquil, en Octubre de ese mismo año, y terminaba de imprimirse en los talleres Bedout de Medellín, el 18 de Junio de 1959.

¿Un santo? Quizás no. Pero sí todo un hombre y un misionero de talla heroica.

Toca reducir a unas páginas lo que el P. Canals prefiere en 390…

Nació en Córdoba -España- el 16 de Septiembre de 1880. Un hermano suyo -Enrique- fue también claretiano y misionero del Chocó y de Chile; otro hermano, fue torero…, hijos de un bizarro militar que se pasó a las filas carlistas…

El 17 de Octubre de 1896 profesaba en manos del P. Xifré, en la capilla de la Universidad Cervariense. Lo acompañaba Agapito Ajuria, misionero fernandiano, que compuso la letra de la canción del misionero.

Cursados los estudios eclesiásticos en Cervera y La Calzada recibió la ordenación sacerdotal el 2 de Octubre de 1904. Y cumplido su año de Aranda, partió para las misiones de Guinea y Fernando Poo, en donde estuvo doce años largos entregado a sus correrías y ministerios, entre los negros bubis y los pamues de la isla.

El prelado de esos días, Monseñor Coll, que vivió y murió con fama de santo, refirió en las Anales de la Congregación de 1911 cómo el P. Onetti mereció que los bubis lo graduaran de Muchukuo, reyezuelo, con todas las del ritual; y cómo ya había bautizado setenta indígenas de Ureka e iban a buscarlo a la misión en un cayuco hermosísimo de caoba, que para él especialmente habían labrado. Por cierto, después de bautizar la tribu entera, el reyezuelo le obsequió narigueras de oro y collares de marfil; y hasta sucedió -esto no lo refiere Mons. Coll- que una princesita de ébano lustroso, fue a pedirle pomposamente su mano. Para algo era Muchuku….

Cultivador de las ciencias naturales llegó entonces a descubrir nuevas especies en la zoología y la botánica, que si hoy no llevan su nombre, como lo propusiera el Instituto de Ciencias de Madrid, fue porque no lo consintió su modestia religiosa.

En África el P. Onetti se sentía feliz y realizado, como hoy se dice; pero un día -cuenta él- los superiores creyeron del caso «cercenar mis vuelos y retemplar mi espíritu en la forja del noviciado y regresé a España».

En realidad el P. Onetti estaba extenuado, quebrada la salud, deshechos sus nervios, febricitante. Fuera de ello, él no aceptaba que el misionero debiera estar en su residencia esperando la visita del pagano; él quería ser andariego como San Pablo. Otros no lo creían así. Gravemente enfermo, en varias ocasiones lo creyeron a punto de morir, le soplaron al oído las jaculatorias de la buena muerte, que él no quiso seguir, porque no se sentía moribundo; y hasta con una treta quisieron tomarle las medidas para el ataúd, de lo que él se dió cuenta. “Hágalo más bien pequeño, para que le pueda servir a usted, decía al hermano carpintero…”

En su diario apuntó: «5 de Agosto de 1916. Salgo de Santa Isabel camino de España. ¿Cuál ha sido el motivo de mi salida de Fernando Poo? No lo sé. Se da por pretexto que llevo ya once años en la Guinea. Muchos menos de los que llevan los que me expulsan de la misión…» «No culpo a nadie. Yo he sido el loco; el chiflado, por algo vuelvo a España en esta carreta, como don Quijote. Siquiera aquel era loco…» Barcelona, donde tuvo amargo recibimiento, Vic, Cervera, Madrid, a donde viaja con el P. Alsina, destino a Córdoba, su tierra adorada, que a última hora se le esfuma… Y finalmente, Jerez, donde amablemente lo recibe el P. Nicolás García y pasa días de aburrimiento; pero se propone ser útil y acepta ser sacristán, confesor, predicador, maestro de las escuelas, capellán de unas monjas. Vive añorando su actividad del África…

El P. Alsina, en los albores de 1918 ha pensado que vuelva a Fernando Poo.

Pero he aquí que el 28 de Junio de ese año lo llama a Madrid y le dice: «Lo he llamado para que me saque de un gran apuro. Nuestra misión del Chocó está resultando más mortífera que la de Fernando Poo… Yo no quiero obligar a V.R. pero…»

-Me voy, responde sin más el P. Onetti.

El 2 de Julio almuerza en Madrid con su padre para despedirse; y unos días después da su último abrazo a su hermano Pepe, el famoso torero Larita II.

El 14 de septiembre, en el vapor Infanta Isabel, parte rumbo a Colombia con los Padres José Fernández, José M. Lacorte y Pablo Juvillá. El viaje fue trágico. El vapor tuvo que regresar a Vigo por haberse desatado entre los pasajeros la famosa gripe que se llevó a la eternidad 49 pasajeros de tercera y uno de segunda. El P. Onetti hubo de quedar como enfermo en el Lazareto de Las Palmas, pero se ganó las simpatías por su abnegación para cuidar enfermos.

Aún fueron detenidos en La Habana. El P. demostró su españolismo, tumbando de un golpe sobre cubierta a un pasajero, que habló mal de España; y finalmente, ya en la última semana del averiado viaje, tuvo un cólico hepático que lo puso grave. Entró en Quibdó el 24 de Diciembre de 1918. Y le dio a su Chocó del alma 40 años de la más generosa y sacrificada actividad.

África siguió siendo para él una añoranza implacable… Todavía años adelante se preguntaba alguna vez: «¿Por qué dije con tanta facilidad que me venía para estas Américas?» Pero pese a estas añoranzas y a ciertos momentos de tristeza y desaliento, perfectamente humanos y explicables, fue todo un héroe…

Cuál fuera en el Chocó la vida de este misionero ciertamente singular lo escribía en la revista El Voto Nacional el P. Canals, cuando su amigo y compañero de excursiones y peripecias estaba cumpliendo sus cincuenta años de profesión religiosa, en 1946: “Es gloria inmarcesible del Padre Onetti el haber sido misionero heroico en toda la extensión de la palabra. Algo significan a este respecto sus dos condecoraciones, que tantas veces he tenido yo en mis manos; del gobierno alemán, la primera, en reconocimiento a sus servicios en el Cameroun, durante los días de la primera guerra mundial, y del gobierno español, la segunda, premio al misionero-explorador, que llegó a convertir una tribu entera y de la cual… ¡cosa inaudita!…. los mismos salvajes le nombraron rey. Y si hoy no ostenta también en su pecho viril de heroico misionero el signo de admiración y reconocimiento por parte de la patria colombiana, es debido ciertamente más a su humildad, que a falta de merecimientos, pues ha sido durante veintisiete años el incansable colonizador de las costas del Pacífico, norte colombiano, y en días de delirio colectivo de los habitantes de Juradó, dispuestos a renegar de Colombia, su madre, para reconocer como madrastra la vecina Panamá, supo (y no lo ignora el gobierno) mantener firme y enhiesta la bandera nacional y con su persuasión, influencia e intrepidez características, impedir que se desgarrara la túnica inconsútil de la patria.

¡Cuántos y cuántos heroísmos insospechados oculta la fecunda vida misionera del buen Padre Onetti! Lo he visto internarse durante largos meses en la selva inmensa, sin más equipaje que su ropa personal y su altar portátil, para vivir casi como salvaje entre los que vegetan todavía a la margen de los caminos y luchar a brazo partido con la muerte en horas de tragedia y desesperación…

Lo he visto volver de sus prolongadas giras misioneras demacrado el rostro, quebradas las energías y vuelto harapos el vestido, pero con el sonreír en los labios al estilo de los valientes… Lo he visto debatirse entre las garras de la muerte, calcinado por la fiebre, presa del vértigo y espasmo que produce el veneno de las culebras, pero sin proferir una queja como si fuera insensible al sufrimiento… Le he visto sorbiendo en silencio las lágrimas en momentos de incomprensión y de mala fe… traicionado en más de una ocasión por quien él jamás hubiera sospechado… Mi vida de antaño estuvo íntimamente ligada con la suya y… ¡lo puedo jurar delante de Dios! muchas veces quedé pasmado ante sus heroísmos, dignos de un Francisco Javier o un Pedro Claver, y que el Padre Onetti realizara con la simplicidad de las obras ordinarias”.

Uno de los sueños y de las empresas aventureras del P. Onetti fue el de Bahía solano. Aquí -recordaba- asentó su planta el santo misionero franciscano cordobés -su coterráneo- aquí cerca naufragó y yo pude rescatar las anclas y cadenas de su navío…. Aquí, en esta costa desguarnecida e inerme, debo empezar una gran ciudad. Su puerto puede albergar holgadamente la mayor escuadra del mundo; la entrada, sin escolleras ni bajíos, no tiene peligros. El terreno aledaño, se acondiciona tanto a la construcción de la urbe populosa cuanto al cultivo rendidor de múltiples semillas y plantaciones…

Convenció al Gobierno que prometió ayuda de colonos y de barcos provisores… Y manos a la obra.

En medio de cuatro chozas fijó los guayacanes y alzó un edificio amplio y gracioso dentro de su austera pobreza. En la planta baja, capilla; en la superior dos cuartos desmantelados y a toda la redonda un corredor abierto a las brisas del mar. Se precisaba un motovelero, para el servicio espiritual de la costa. Se fue a Panamá y diseñó e hizo fabricar un navío de veinte toneladas.

Cuando volvió de Panamá en su donairoso bergantín encontró que los colonos enviados por el Gobierno, un poco o un mucho a la loca, se habían alojado en la casa del misionero, habían desplumado sus gallinas y devorado su maizal.

Los colonos no pensaban en descuajar la selva, sino en parrandas de aguardiente, guitarras y mujeres. Y su sueño se desvaneció. El 12 de Septiembre de 1940 salió de Bahía Solano para hacerse cargo de la parroquia de Tadó, que un año después veía reducida a cenizas casi en su totalidad, ofreciéndole oportunidad a su caridad generosa. En 1953, al crearse el Vicariato de Istmina y el de Quibdó, pasa a Tutunendo a vivir los últimos cinco años de su vida. Solo en muy contadas ocasiones salió del Chocó el P. Onetti. Una fue en 1924 para animar con su presencia y sus palabras elocuentes la Exposición Misional y el Congreso de Misiones, primero que en Colombia se celebraba y otra en 1943, cuando se fue a esas alturas a celebrar sus bodas de oro de profesión en medio de nuestros seminaristas de El Cedro que lo escucharon embelesados y admirados. Era un misionero que se salía de serie.

De sus cualidades y virtudes dice el P. Canals: «Como orador se abría ante él un porvenir brillante por la facilidad extraordinaria de su expresión, por la viveza de su fantasía y por lo fecundo de su inspiración. Temperamento de artista, lo hemos sorprendido más de una vez con el pincel en la mano tratando de copiar las bellezas inimitables de la naturaleza o de aprisionar sus íntimos sentires entre las líneas de un pentagrama. Como escritor podía haber sobresalido por lo ágil de su prosa y lo atildado de su fraseología, según lo comprueban los escritos que nos ha dejado y una obra de gran envergadura que hoy tiene entre manos, de la cual, casi de contrabando, he podido saborear ya no pocos capítulos. Sin embargo todas esas cualidades las palió la modestia, de suerte que la vida total del Padre Onetti puede resumirse en estas solas dos frases: «anónima abnegación de once años de vida en el África ecuatorial y abnegación anónima de veintisiete años de trabajo en las insanas tierras chocoanas».

La obra a que alude el P. Canals es sin duda alguna la novela «Alma Española» que en 1952 se publicó en Madrid, con una presentación que me fue muy grato redactar y que el autor agradeció de la manera más efusiva. En ella digo que el P. Onetti era ya conocido como escritor ameno y sabroso, de estilo con solera castellana y gracejo andaluz; pero que su mejor novela es su propia vida…

Años adelante publicó también un delicioso relato «El tesoro del Dabaibe»… Es agilísimo narrador y maneja el diálogo con viveza y con chispa.

Como compañero, prosigue el P. Canals, es ideal. “Dulce, afable, espontáneo y comprensivo es el prototipo de la hidalguía castellana. Tantea el parecer ajeno antes de exponer el suyo para no herir susceptibilidades. Calla y disimula cuando no puede aprobar actitudes asumidas por sus compañeros. Abnegado en su servicio en los días de enfermedad y de prueba. Previsor y exquisito cuando se trata de honrar a los que conviven con él. Siempre listo a alabar lo bueno que en los otros advierte. Mis ojos se humedecen todavía al recuerdo de escenas de tiempos idos cuando, necesitados y hambrientos en nuestra lucha titánica por la creación de la nue va misión de san Francisco Solano, lo veía privarse de lo más indispensable y tratar de engañarme con argucias y falacias, para hacerme aceptar el único bocado de comida conque contábamos en aquellas horas aciagas». En las navidades de 1957, comenzó a sentir malestares muy graves. El 11 de Abril cortaba en seco su diario, que venía escribiendo desde 1915… El 6 de Mayo es conducido a Medellín, a consultas de galenos y preparación para una operación arriesgada…

El 14 de Julio de 1958, al sentir que se acaba, dice: «Me muero, me muero».

Recibe en paz los santos sacramentos y auxilios, y a las nueve y cuarto de la mañana, da su último aliento. Debió haber muerto entre sus feligreses del Chocó como él soñaba y deseaba. Los de Tadó y Tutunendo lo reclamaron; pero ese mismo 14 de Julio debió ser sepultado. El municipio de Tadó redactó un bello decreto de honores a su memoria, impuso luto de quince días en poblado, campos y veredas y prohibió en ese tiempo toda clase de música y diversiones…

Entre sus apuntes se encuentra esta despedida: «He consumado el curso de mi vida; he guardado la Fe en mi condición de Sacerdote y Religioso; espero del Justo Juez una Misericordia para mi último momento. El sabrá separar de entre la mucha escoria de mi vida de hombre, los granitos de oro de mi buena voluntad de servirle».

«He sufrido mucho durante mi vida de misionero, durante más de medio siglo; pero esos sufrimientos eran el marco de mi dicha y satisfacción, las nubes del paisaje alegre de mi existencia».

«Es muchísimo más lo que he gozado, con ese gozo tan puro, tan lleno que Dios sabe dar a sus Misioneros, a los que responden con sus vidas al llamamiento: id enseñad a todas las gentes».

«El Misionero es el Rey del bosque y del mar, sagrario del amor y la confianza de los pobres, los ignorantes y los desheredados, de los que como por instinto conocen en la voz del misionero la Voz de su amante Pastor».

«¡Qué gozo cuando uno va por la selva y oye la voz de la conciencia que va contando sus pasos y el número de las gotas de sudor! Cuando siente a Dios dentro de sí, muy cerca del corazón, bajo un techo de pajas, arrullado por las olas del mar o por el concierto selvático del boscaje, vela su sueño una tranquilidad sedante como una promesa del cielo, que para sí querrían los llamados dichosos de la tierra. Tranquilidad, tranquilidad solamente turbada por la solicitud de la familia engendrada por él para Cristo».

Extensa y todo, esta semblanza del P. Onetti resulta breve y desvaída. El se merece mucho más. Pero «Un Héroe de la selva» del P. Canals es la biografía detallada, rica en anécdotas, de un misionero de talla heroica. Tenía mucho de los conquistadores y evangelizadores españoles del siglo XVI. Mucho del espíritu del Padre Claret, en moldes modernos y andaluces.

Fue misionero gigante, errabundo y navegabundo.

Bibliografía

José Payás: Defunción del P. Francisco Onetti, en Boletín de la Provincia Colombiana. Septiembre de 1958, pp. 162-170.

Angel de M. Canals: Ecos Jubilares, El Voto Nacional, Octubre 1946, pp. 231-233.

Basilio de Beobide: Jubileo religioso y misional, El Voto Nacional, Diciembre, 1946, pp. 274-277.

Angel de M. Canals C.M.F. Un Héroe de la Selva, 390 pp. Edit. Bedout, Medellín 1959.

Carlos E. Mesa: Hombres en torno a Cristo. (Medellín, 1972) Onetti, el misionero errabundo y navegabundo. Vol. I, p. 98-101.

Relación de algunas excursiones apostólicas en la Misión del Chocó. Bogotá, 1924. Del P. Onetti incluye «Una excursión a la Costa del Pacífico», en Febrero de 1922, pp. 86-140 y «Excursión por Andágueda y el Chamí» en Enero de 1924, pp 155-203. Constituyen dos folletos de sabrosa lectura.

Francisco Onetti: Misión de San Francisco Solano (Costa del Pacífico Colombiano), en el Libro: Bodas de plata misionales en el Chocó, Tip. Manizales, 1934, pp. 68-75.

Francisco Onetti: Excursión a la Costa del Pacífico. Primera visita pastoral del Rvmo. P. Francisco Sanz… Enero. Abril 1933, en Bodas de plata misionales del Chocó, Tip. Manizales, 1934, pp. 82-101.

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