FRANCISCO CONTRERAS

FRANCISCO CONTRERAS

El P. Francisco Contreras ingresó en nuestro seminario menor de Loja (Granada) el día 1 de octubre de 1960, tras haber cursado los estudios de primera enseñanza en el Colegio de los PP. Escolapios de Granada. Realizados los cuatro primeros cursos de bachillerato en Loja, pasó al Postulantado de Don Benito (Badajoz) para hacer allí el curso 5º. El 15 de julio de 1965 comenzó su noviciado en la casa de “San Agustín” de Jerez de los Caballeros (Badajoz), teniendo como maestro al P. José M a Márquez Bernal. Profesó por vez primera en esa misma casa el 16 de julio de 1966 en manos del P. Eladio Riol.

Sus estudios de Filosofía los realizó en Loja (cursos 1966-1970); y los de Teología en Salamanca (curso 1970-1971) y Granada (cursos 1971-1973). El 29 de abril de 1973 emitió su profesión perpetua, siendo destinado en el verano de ese mismo año a Loja como coadjutor de novicios. Fue ordenado de diácono el 12 de diciembre de 1973 y, pocos días después, el 21, de presbítero, en la Iglesia de San Antón de la capital granadina. El Obispo ordenante en ambas ocasiones fue Mons. Emilio Benavent Escuín, Arzobispo de Granada.

Su estancia en Loja como coadjutor de novicios finaliza en 1975, siendo destinado entonces a Roma para realizar estudios de especialización en Sagrada Escritura en el Pontificio Instituto Bíblico. Finalizados éstos en 1979 con la obtención del título de Licenciado, es enviado a la comunidad de Granada-Teologado donde ha permanecido de manera ininterrumpida hasta el día de hoy. Desde su llegada a Granada comenzó a impartir clases como profesor auxiliar de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología, al tiempo que prosiguió en sus estudios de especialización. Éstos le llevaron a obtener el título de Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Civil de Granada y el de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología de dicha ciudad. Para su titulación de doctorado presentó una tesis titulada “El Espíritu en el libro del Apocalipsis” que, dirigida por el P. Manuel Orge, defendió el 11 de diciembre de 1982. En 1994 fue elevado a Catedrático de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología.

Su ministerio estuvo ceñido básicamente a la enseñanza superior, desplegando una gran actividad no sólo como profesor de diversas materias de Sagrada Escritura en los diferentes ciclos de estudio de la Facultad, sino también como prolífico autor de libros y artículos relacionados con la Palabra de Dios, la espiritualidad y la poesía religiosa. Fueron también innumerables las charlas formativas y los cursillos que impartió sobre temas relacionados casi siempre con la Palabra de Dios, beneficiándose de los mismos muchos sacerdotes seculares, religiosos/as y laicos. Por lo demás, supo compaginar bien todo eso con otras actividades ministeriales relacionadas con la formación (fue miembro del equipo formativo del Teologado durante bastantes años) o con la atención a diversas parroquias rurales del Valle de Lecrín (Granada).

El P. Francisco nos deja el testimonio de una vida misionera en la que supo integrar armónicamente, ya desde la etapa de su formación inicial, el estudio, la piedad y el apostolado. Su espiritualidad fina y delicada, tal vez proveniente de su intenso amor a la Virgen, estuvo anclada en una fe profunda, madura y bien ilustrada, así como en una intensa y honda vida de oración, tanto personal como comunitaria, que se vertía después con toda naturalidad en su acción misionera. “Por dentro, navega en Dios”, dijo de él en cierta ocasión, lacónica pero hermosamente, un compañero de comunidad.

Nos deja también el recuerdo de una serie de cualidades de carácter y de virtudes que le hicieron muy apto para la vida de comunidad y el ministerio apostólico: bondad, afabilidad, alegría, ecuanimidad, sociabilidad, servicialidad, sencillez en sus formas y modo de aparecer, gran capacidad para la comunicación y la búsqueda de conciliación, flexibilidad para acomodarse a las diversas circunstancias, etc. Puede decirse que su gran capacidad emocional, junto con un hábito bastante desarrollado de reflexión, hizo de él un misionero de intensos sentimientos y profundas convicciones. Por eso, los gestos más comunes de la vida (el mirar de unos ojos, el dibujo de una sonrisa, el aleteo de unas manos, el paso del tiempo, la contemplación amorosa de la naturaleza, una dolorida ausencia, un dicho sugerente de una persona sencilla…) se le imprimían con toda naturalidad en su alma y, después de reflexionado, trataba de imprimirlo a su vez, así enriquecido ya, en el interior de las gentes. Tenía para eso un don singular, conjugando simultáneamente una fácil sencillez, que lo hacía asequible a la mayoría de la gente, con una ‘extraña’ profundidad que cautivaba y hacía pensar sintiendo.

Probado en el sufrimiento en la última fase de su vida supo afrontarlo y llevarlo con gran elegancia cristiana, como lo demuestra, por ejemplo, el haber asistido con toda naturalidad al último encuentro formativo de zona o a los Ejercicios Espirituales que tuvieron lugar en Dos Hermanas (Sevilla).

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