FÉLIX A. CEPEDA

FELIX A. CEPEDA

La patria del M. R. P. Cepeda fue Chile, una de las hijas mayores de la maternidad histórica de España, que, como otras Repúblicas americanas, lleva su sangre, sus apellidos, su religión, su lengua, sus costumbres, sus leyes fundamentales, su aire familiar.

Fueron sus Padres D. José de Cepeda y D. a Isabel Alvarez, ambos de catolicismo práctico y de posición económica muy desahogada, los cuales, como después su hijo, estudiando las derivaciones de su árbol genealógico, alimentaban el sueño hermoso de ser uno de los vástagos de los Cepedas y Ahumadas de Avila, cuya flor de inmortalidad es, en la historia, Santa Teresa de Jesús.

Nació el P. Cepeda en la ciudad de La Serena, el 19 de noviembre del año 1854; y consta que sus padres, de cristiandad arraigada, le ofrecieron a Dios y a la Virgen desde los primeros días de su vida; y a los siete años de edad le matricularon en el Seminario Diocesano, que era entonces, a un mismo tiempo, Escuela, Colegio, Liceo y Seminario Conciliar.

Su vida de seminarista fue dechado de ejemplaridad, así en la observancia de los reglamentos como en la aplicación al estudio. Cursó las Humanidades y las Ciencias eclesiásticas con calificaciones sobresalientes; y a los diez y ocho años de edad se graduó de abogado.

Su ansia más intensa era subir pronto las gradas del altar; pero, muy joven todavía, hubo de esperar aún más de cuatro años, y sus ocupaciones en este período de tiempo fue ron las del Profesorado, desempeñando en el Seminario, con gran provecho de los alumnos, las cátedras de Aritmética, Algebra, Geometría, Física, Química e Historia Natural; y fue en estos años cuando compuso y publicó un libro de Aritmética, que adoptaron por texto varios Colegios y Comunidades religiosas.

Viendo los padres en su hijo Félix la brillantez de los estudios y el augurio de triunfos que, seguramente, había de obtener en cualquier carrera civil, opusiéronse grandemente a que continuara por más tiempo en el Seminario con ánimo de ordenarse de sacerdote. Mucho trabajó el joven catedrático en convencer a sus padres de la verdad de su vocación sacerdotal; y, para hacer la petición con más libertad y fuerza, les escribió desde la ciudad de Santiago una carta, que, por ser modelo de correspondencia filial y un retrato del espíritu selecto de nuestro Padre, queremos copiarla a continuación. Dice así:

«Santiago, enero 4 de 1877. SR. D. JOSÉ CEPEDA.

Mi querido papá: Después de haberme encomendado a la Santísima Virgen en el Santuario de Andacollo, me he sentido con el valor suficiente para hacerle por última vez la petición humilde que le he dirigido tantas veces. En el nombre del cielo le suplico, con toda mi alma, que me deje ser sacerdote católico en el mes de abril. Entonces tendré ya veintidós años y seis meses, y es muy poco lo que me falta para los veintitrés. En cambio, en ese poco de tiempo, yo habré celebrado muchas veces el augusto Sacrificio de nuestros altares, y habré abierto las puertas del paraíso a muchísimos moribundos.

No detenga por más tiempo el momento de mi dicha: mire que lo único que deseo en la tierra es ser uno de los ministros del santuario.

No crea que este pensamiento es un capricho o una idea que me han infundido personas mal intencionadas. No, y mil veces no, mi querido papá: es sólo la voz del cielo, que me llama al sacerdocio. Basta conocer mi carácter, que desde niño fui inclinado a la piedad y jamás tuve el menor placer en las cosas del mundo.

Sin duda, usted dirá que me puede pesar más tarde; que esto no tiene remedio, como el matrimonio, y que dirán que usted no se opuso. Tenga confianza y fe en Dios Nuestro Señar, y todo lo demás vendrá por añadidura. Ese Padre amoroso, que no abandona ni a las aves del cielo ni a las flores del campo, no me abandonará tampoco a mí, ni a nadie de los que le entreguemos nuestro corazón y nuestro amor, mientras haya una gota de sangre en nuestras venas.

Además, puede guardar la presente carta; y si algún impío o malvado le hace después cargos, se la muestra, y verán que usted se opuso razonablemente. También le acobardará la pureza que tienen que guardar los sacerdotes hasta la muerte. Es verdad que es muy difícil guardar virginidad sin el auxilio de la gracia divina; pero, con el socorro de Dios Nuestro Señor, no hay nada más dulce y fácil. Precisamente el odio que algunos tienen a los sacerdotes proviene de la envidia que les tienen al verlos que son unos ángeles en la tierra, mientras ellos no han sido capaces de conservar esa flor hermosa. Créame, mi buen papá; yo me encuentro con valor suficiente para ofrecerle al Señor mi virginidad perpetua.

Es verdad también que hay sacerdotes malos; pero yo, ayudado de la gracia divina, espero pertenecer a los buenos. Fíjese que hasta entre los Apóstoles hubo uno que se llamó Judas.

Sí, a pesar de estas advertencias, usted no quiere que me ordene tan pronto, esperaré con la mejor voluntad, para probarle que soy un hijo obediente y sumiso. Sin embargo, le pido, por lo que más aprecie en la tierra, que no desoiga mi humilde voz, que no me haga sufrir más retardando ese día feliz de mis desposorios con el Rey de los cielos.

Debo advertirle también que, si acepta mis súplicas, debo ordenarme de diácono y subdiácono a mediados de marzo.

Pidiendo al cielo que ablande su corazón, se despide su amante hijo, Félix Alejandro Cepeda.»

La elocuencia de esta carta logró rendir la voluntad de los padres; y, conociendo el reverendísimo Prelado las dotes extraordinarias de virtud y de talento que brillaban en aquel joven profesor, le ordenó de subdiácono y diácono, y pidió& la Santa Sede la dispensa de la edad canónica para que pudiera recibir también el presbiterado; y, obtenida la le ordenó de sacerdote, a los veintidós años y seis meses de edad, siendo aún ahora el P. Cepeda, en el catálogo. de los presbíteros de aquel Seminario, el sacerdote que se haya ordenado más joven.

Celebró su Primera Misa en la iglesia de aquel mismo centro de formación levítica, donde tan dulcemente habían transcurrido quince años de su niñez y juventud; y eligió para tan fausto acontecimiento el 22 de abril de 1877, por celebrarse en este día la fiesta del Patrocinio de San José, cuya devoción—en frase suya—heredó especialmente de su santa madre, predicando el sermón de la doble solemnidad el ilustrado presbítero D. Juan Ramón Ramírez, que había sido profesor del misacantano en las asignaturas de Filosofía y Literatura.

Ordenado de sacerdote, continuó durante cuatro años más regentando diferentes cátedras en el mismo Seminario de La Serena; y el tiempo que le dejaban libre sus tareas de enseñanza lo dedicaba a ensayos literarios y composición de sermones, conquistando ya entonces en los púlpitos de la ciudad y de los pueblos muy alto renombre de orador sagrado.

El año 1882 le nombró el Sr. Obispo cura de la parroquia de Caldera; y allí desplegó el joven párroco las varias formas de apostolado que le sugirió el amor a las almas, predicando, confesando, visitando a enfermos, socorriendo a necesitados y atrayendo a todos con la dulzura ingénita de su carácter; y, para difundir y consolidar en las familias los ejercicios de la vida cristiana, compuso y publicó entonces el libro titulado Prácticas Piadosas, editado en Santiago y dedicado a los señores párrocos de la diócesis de La Serena; obrita de piedad sólida y escogida, que el autor fué sucesivamente retocando, y cuyas seis copiosas ediciones prueban la gran aceptación que ha tenido, tanto en América como en España; todo lo cual, visto y aprobado por su reverendísimo Prelado, le mereció rápidamente un nuevo ascenso en su carrera parroquial, viéndose designado, al cabo de dos años, párroco de Sotaquí, donde fue tan estimado—en frase de un antiguo feligrés suyo—, que hasta hoy dfa su recuerdo se conserva fresco en la memoria y en el corazón de los habitantes de este pueblo.

El nombre del M. R. P. Cepeda — párroco ilustre y virtuoso— brillaba en toda la diócesis de La Serena, nimbado. de prestigio y acariciado de esperanzas; pero su corazón, más grande que todas las prebendas de la tierra, sólo ansiaba dejar las glorias del mundo y reposar en el silencio de la religión.

Y ¿cómo le preparó los caminos la Providencia?

Nada nos dicen sobre esto las notas de sus manuscritos; pero, por fortuna, hojeando su magnífico libro titulado Corona de loores al Corazón de María, hemos hallado en su prólogo, escrito por él, el origen, el desarrollo y el triunfo de su vocación religiosa. Dice así:

«En la pequeña, pero hermosa iglesia que los Hijos del venerable P. Claret tienen en la ciudad de La Serena (Chile), oímos pregonar por primera vez las excelencias y bondades del augustísimo Corazón de María. La voz dulce del predicador, la unción de sus palabras, la lógica de su raciocinio al desarrollar su plan, en que consideraba al Corazón de María como corazón de Virgen, de Madre y de Reina, conmovieron las fibras más delicadas de nuestra alma y arrancaron abundantes lágrimas a nuestros ojos. La emoción subió de punto al oír cantar al pueblo con indescriptible entusiasmo la piadosa letrilla: «Ya que llenáis de favores—a todo el que en Vos confía, —¡oh Corazón de María!,—- rogad por los pecadores.

Desde ese día nos sentimos atraídos como por irresistible imán a honrar a la Madre de Dios bajo el símbolo de su Co razón. Junto a la imagen que se destaca en la hornacina del altar mayor, pasábamos largas horas, depositando en el Corazón de la Virgen Madre nuestras más íntimas confidencias, nuestros pesares y esperanzas, y pidiéndole que no nos dejase naufragar en el mar turbulento del mundo, como, por des ‘ gracia, había sucedido con algunos compañeros del colegio, favorecidos de singulares dotes intelectuales.

El dulcísimo Corazón de la Reina del universo se compadeció de nuestra debilidad y miseria, y por medios verdaderamente admirables nos infundió la vocación religiosa e hizo que se nos admitiese en la Congregación de sus entrañables ternuras, y en la última visita que le hicimos, antes de dar el adiós de despedida a seres queridos y abandonar para siempre las risueñas playas que nos habían visto nacer, para ir al noviciado, le ofrecimos, como débil tributo de nuestra gratitud, escribir algún opusculito que diese a conocer a los fieles sus grandezas, sus excelencias y bondades.»

Fiel al dulce llamamiento del Corazón de María, el año 1887 abandonó el mundo, y, con permiso especialísimo del Rvmo. P. General, José Xifré, comenzó su noviciado en nuestra Casa-Misión de Santiago de Chile, bajo el magisterio del R. P. Antonio Molinero, varón de ilustres empresas y de esclarecida santidad, el cual moldeó a su imagen y semejanza el espíritu de su único novicio, y le inflamó con ardores misioneros, y le comunicó profundamente aquel hábito de piedad y de amor al Corazón de María, que fue la característica moral del M. R. P. Cepeda, hasta que, formado ya el novicio y probada suficientemente su virtud, hizo su profesión religiosa en la fiesta del glorioso Patriarca San José,- 19 de marzo de 1888, a los once años de sacerdote y treinta y cuatro de edad.

El corazón del M. R. P. Cepeda fue de sensibilidad exquisita y de patriotismo arraigado, y, cuando inesperadamente recibió orden del Rvmo. P. General para dejar la República de Chile y venir a España, sintió que por vez primera estallaban en su interior, en combate callado y dolorosos amores de la familia, los recuerdos de la amistad, las atracciones de la patria; sus nobles ilusiones de evangelizador] de sil pueblo y de su raza: todo un mundo de ideas y de afectos, de esperanzas y de ensueños, que súbitamente parecía desmoronarse al empuje de la obediencia…

V, sin embargo, rindió su inteligencia y su voluntad, -y afines de aquel mismo año de 1888 le vemos en nuestra Casa Misión de Segovia preparando su plan de campaña apostólica y desarrollándolo Sucesivamente en misiones y ejercicios espirituales, en novenas y triduos, en pláticas y panegíricos que predicó en la ciudad y en los pueblos, con aceptación del clero y provecho de las almas.

 Su nombre de orador elocuente resonaba con prestigio en toda aquella comarca; pero su vida de religioso observante brillaba más en la Congregación. Y conociendo bien todo esto el Rvmo. P. General, José Xifré, le trasladó al Colegio de Alagón con el cargo de Superior local, el año 1890, y cinco años más tarde —1895— le nombró Superior provincial de Cataluña, y durante cuatro años continuó ejerciendo a la vez ambos cargos—Superior provincial y Superior local–, sin abandonar por esto el ministerio del púlpito, recorriendo en el desempeño de sus predicaciones las principales ciudades y pueblos de Zaragoza, Huesca y Navarra.

El de enero de 1900 trasladó su residencia a Gracia (Barcelona), por creer esta Casa Misión punto más céntrico y comunicado para dirigir los asuntos de la Provincia y de la Visitaduría de Méjico, que también estuvo encomendada a su gestión, aunque ejercía allí las funciones de Visitador el M. R. P. Domingo Solá, primeramente, y después el muy reverendo P. Juan Melé, elegidos ambos, a propuesta del Padre Cepeda, por el Rvmo. P. General.

El año 1900 fue para su espíritu de muy agradables impresiones, porque, después de once años de ausencia, su cargo de Provincial le brindó motivo y ocasión para volver a su querida América.

Fue el 26 de agosto. Predicó por la mañana en la Misa solemne, celebrada en la iglesia de Gracia, el panegírico del Corazón de María, y a la una de la tarde embarcó en el vapor Montserrat con rumbo a Méjico, acompañado de Seis Padres y tres Hermanos. Recorrió todas las Casas de la Visitaduría, y, después de tres meses de agitación incesante, volvió a España, desembarcando en Bilbao el 3 de diciembre y visitando, en compañía del M. R. P. Burgos, el colegio de Valmaseda, el cual —dice en una de sus notas aunque pequeño, me gustó, por estar bien distribuido y limpio.

Sólo un año estuvo en la casa de Gracia, porque en 1901 se instaló en Vich el noviciado de la Provincia de Cataluña, y allí, junto al sepulcro de nuestro venerable Padre Fundador, fijaron también su sede el Superior Provincial y su Curia. Aquí se celebró en julio de 1901 el primer Capítulo Provincial de Cataluña, el cual le reeligió para el cargo de Superior Provincial.

Llevaba un año de gobierno en su segunda etapa de Provincial, cuando, por razones que no son del caso apuntar, presentó a los Superiores la renuncia de su cargo. Escribe a este propósito en el diario de sus notas:

«Dia 10 de noviembre de 1902. El Rvmo. P. General me notificó que se ha aceptado mi renuncia y que salga el 26 de Barcelona para la América del Norte; pero que siga en el cargo hasta última hora.

Dia 17. Empecé un retiro de tres días para disponerme al viaje.

Dia 20. Recibí cordiales felicitaciones de todas las casas de la Provincia por ser mi santo.

Dia 24. Di a conocer al hoy M. R. P. Cases como Provincial a toda la Comunidad de Vich, y me despido de esta casa, y salgo para Barcelona.

Día 26. Me embarqué en Barcelona en el vapor Manuel Calvo, con rumbo a Méjico, en compañía de cuatro Padres y un Hermano.»

La travesía comenzó siendo muy feliz; y al pisar por última vez tierra española redactó rápidamente esta nota, que, a vueltas de su gratitud a España, refleja aquel su férvido americanismo, que en él resultó siempre inofensivo y simpático.

Día 1 de diciembre. Puerto de Cádiz. Estuve algunas horas en tierra. El Manuel Calvo sale para Nueva York… ¡España adiós! Catorce años y seis meses he vivido en tu territorio, y, al dejarte para siempre, te aseguro que no te seré ingrato… Vuelvo al nuevo mundo, y se realizará así el dicho de Monroe: “¡América, para los americanos!» Así sea. Amén.»

Llegado a Méjico, le destinaron los Superiores a la capital; y allí, en la Casa de Jesús María, como Superior interino primeramente, y después como Superior propio, desarrolló sus energías de apóstol en bien de las almas y gloria de la Congregación, predicando, en número incontable, toda clase de sermones, como misiones, ejercicios espirituales, novenas, triduos, panegíricos, discursos patrióticos y retiros y pláticas a Comunidades religiosas, y dirigiendo y redactando, en gran parte, la revista mariana La Esperanza, que él fundó, y tomando el gobierno de la Cuasiprovincia cuando el M. R. P. Prat, herido de la enfermedad, hubo de retirarse a descansar por algún tiempo, hasta que en el Capítulo Cuasiprovincial, reunido el 18 de abril de 1909, bajo la presidencia del Rvmo. P. Alsina, en la hacienda de Tepetongo, estado y diócesis de Michoacán, y formado, además del M. R. P. Cuasiprovincial y su secretario, por los Superiores de las doce Casas y los doce Delegados, fue elegido, con regocijo de todos, Supertoy Cuasiprovincial de Méjico, donde muy pronto había de fundar nuevas casas y colegios, nuevas residencias y postulantados, como fueron las casas de Queréta1’0 y San Gabriel, de California, en 1909; la casa de Tepic, en 1910; la casa de Los Angeles, de California, en 1911; el colegio-postulantado de La Condesa (Méjico), en 1913; la casa de Yunta, Arizona, en 1914, y la casa de Prescott, en 1915,. y proyectos, orientaciones y bases de nuevas fundaciones de residencias y casas de ejercicios: empresas todas de resonancias gloriosas que dieron a su personalidad fuerte relieve, no sólo en la Congregación, sino también ante las autoridades eclesiásticas y civiles, las cuales más de una vez, así en Méjico como en Chile, quisieron proponerle para obispo.

El día 2 de marzo de 1912 se embarcó en el vapor Antonio López con rumbo a España, para asistir al Capitulo general; el 30 de junio, después de recorrer algunas casas de España y conferenciar con el nuevo Gobierno general, salió de regreso del puerto de Cádiz, y el 26 de julio estaba ya nuevamente en la capital de Méjico.

Este viaje que hizo a España despertó en su espíritu emociones muy dulces, al recorrer casas y colegios donde. él había vivido y saludar a Padres y Hermanos que él tan íntimamente había tratado; y de la visita que en esta ocasión hizo a la Virgen de Lourdes y de la felicidad que entonces experimentó, da en su diario de notas esta breve referencia:

  1. d) Días 11 y 12 de junio de 19/2. Estuve en Lourdes, gozando lo indecible. Celebré en la Cripta y en la Basílica. Me bañé en la Piscina, Presencié la procesión de las Antorchas dos noches. ¡Días de los más felices!…» Diez y seis años más tarde, en 1928, recordando estas escenas de Lourdes, publicó el primoroso librito que lleva el título La Reina de los Pirineos, probando así que sus visitas de devoción solían serlo a la vez de ilustración y cultura.

El día IO de octubre de 1912 recibió carta del Gobierno general, en que se le notificaba el nombramiento de Superior cuasiprovincial, que en su persona había recaído, ya que, a partir del último Capítulo general, cesó el procedimiento de elección popular, que hasta entonces se había seguido en la designación de Superiores provinciales y locales; y, al recibir esta noticia, escribió en su libro de notas estas cláusulas de honda resignación: «Acepto esta cruz, porque asf lo prometí en los ejercicios. Haré lo posible para que no me sea tan amarga…»

Y en verdad que le resultó una cruz muy dolorosa la del sexenio de su último provincialato, porque las luchas políticas de carácter revolucionario y anticlerical iban de día en día enconándose más en aquella República, hasta que por fin estalló la revolución, dispersándose con este motivo las comunidades religiosas y dificultándose grandemente el gobierno de los individuos, que hubieron -de refugiarse en casas particulares, al amparo de la amistad.

Tantas tristezas de espíritu y fatigas de cuerpo tan continuas quebrantaron notablemente su salud; y cuando llegó el 1918, año de nuevos nombramientos de cargos provinciales en aquella República, el Gobierno general le llamó a Madrid, para que, libre ya de ‘las responsabilidades de toda di rección, pudiera descansar algún tiempo y recuperar las fuerzas perdidas.

Muy pronto, sin embargo, entró de nuevo en las luchas del trabajo; y, a la muerte del M. R. P. Isaac Burgos, fue nombrado Consultor general en julio de 1920; cargo en que fue confirmado por elección del Capítulo general celebrado en 1922 en la casa-madre de la Congregación.

El peso de los años parecía no gravitar en la nerviosa agilidad de su cuerpo. Los que hemos trabajado junto a él en convivencia fraternal, aunque en esfera muy inferior, conocemos bien la actividad febril que desarrolló en estos últimos años en tareas y ocupaciones de índole muy diversa; porque él confesaba igual en la iglesia que en colegios de niños; él predicaba lo mismo novenarios que ejercicios espirituales y retiros y pláticas de instrucción dominical a las diversas Asociaciones de nuestro Santuario; él compartió diariamente las responsabilidades de la deliberación en los graves asuntos del Consejo General; él actuó durante algún -tiempo con carácter de Prosecretario en el despacho oficial de la Secretaría y él desempeñóla. Prefectura suprema de los Ministerios de nuestro Instituto; él trabajó como Presidente de la Comisión del culto al Corazón de María; él dirigió los ANALES DE LA CONGREGACIÓN; él colaboró en Ilustración del Clero.; él redactó en El Iris de las secciones de “Miscelánea Mariana» y de «Crítica de Libros»; él compuso los primeros volúmenes de predicación, inaugurando con ellos la Biblioteca de Oratoria Sagrada de nuestra Editorial; él acompañó a los Rvmos. PP. Martín Alsina y Nicolás García en las visitas canónicas a las casas y colegios de América en 1920 y de las posesiones del Golfo de Guinea en 1923, y él, en fin, siempre dúctil y amable, en medio de un trabajo tan incesante y abrumador, hallaba todavía tiempo y vagar para consagrarlo, con deliciosa asiduidad, a los recreos y juegos de comunidad, donde, calculadamente, dejaba de ser el anciano de prestigio internacional, para tomar, con encanto de todos, la sencillez de un niño y la expansión jubilosa de un adolescente…

Esta síntesis rápida que acabamos de trazar sobre la vida externa del M. R. P. Cepeda, el cual casi durante medio siglo ocupó en la Congregación los primeros puestos de Superioridad, y recorrió en el desempeño de sus ministerios y de sus cargos las principales ciudades del mundo, y se relacionó con las más altas autoridades de la Iglesia y de los Estados; este cúmulo de relaciones exteriores no parecía lo más a propósito para el cultivo de la vida interna, la cual pide, generalmente, en sus profesionales retiro del mundo, sosiego de espíritu, orden de trabajo, hábito de reflexión, ausencia de preocupaciones y sobresaltos, horas, en fin, largas y densas, consagradas a Dios y a la ciencia en los rezos del oratorio y en el estudio de la biblioteca y de la celda…

Y, sin embargo, la vasta producción literaria del muy R. P, Cepeda y su conducta de ejemplaridad religiosa y de cordialidad fraternal prueban que, aunque vivió en medio de las agitaciones del mundo, de los negocios, de las revoluciones, de los compromisos sociales y de los viajes por mar y tierra, no obstante, el mundo no entró en él; y amó el reposo de su soledad, y buscó en el claustro la vida de familia, y en horas hurtadas al sueño y en los breves paréntesis de des-

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