Felipe Rovira

FELIPE ROVIRA Y COMAS,  Secretario de Claret en Cuba y en Madrid

Nació en Centellas, provincia de Barcelona y diócesis de Vic, el 27 de noviembre de 1818. Estudió en el colegio de los escolapios de Moyá y en el seminario de Vic, en el que fue por algún tiempo condiscípulo del P. Xifré. Recibió las órdenes menores y el subdiaconado en Perpiñán, en junio de 1844, y el diaconado y presbiterado en Roma, en julio del mismo año. Desde noviembre de ese año fue maestro sucesivamente en Baleñá y en Navarcles. En 1849-1850 fue profesor de latinidad en Sallent mientras ejercía como cura ecónomo de Sant Martí y Sant Pere de Serrahima, limítrofe con Sallent. Conoció muy de cerca a la familia de Claret.

En estos diversos destinos se dedicó asiduamente a la predicación: meses de mayo, cuaresmas, etc., por encargo del prelado. Por ello no es extraño que, en 1850, Claret le invitase a unirse al grupo de misioneros que le acompañaría a Cuba; con ellos (y con los misioneros de La Merced) hizo los ejercicios preparatorios en el mes de abril. Su marcha a Cuba fue un momento de gran fervor misionero; años más tarde le recordará un compañero: “Reanimad los deseos que abrigabais cuando veníais de España a ésta y fortificaos en el propósito de cumplirlos y singularmente con la perfección que me indicasteis” (Currius).

Llegados a Cuba en febrero de 1851, Claret le nombró profesor de latín en el seminario y examinador sinodal, y, tres meses más tarde, vicesecretario de cámara y de gobierno; finalmente el 28 de junio le hizo rector del seminario. En julio de 1852, al enfermar gravemente y tener que regresar a la Península el P. Vilaró, Rovira fue nombrado secretario de cámara en su lugar. En julio de 1853 estuvo él mismo bastante enfermo y tuvo que ausentarse a una casa de campo. Acompañó frecuentemente al arzobispo en sus visitas pastorales –alternando en esto con D. Manuel Miura- y realizó cuantas predicaciones le encargó. Claret dice que trabajó mucho en “quitar amancebamientos y otros escándalos” (Aut 596) y que, en general, ha sido de su total satisfacción en cuantos cometidos le ha encomendado (Arx Claret – Vic II, p. 36). Expresamente dice Claret que le ha encomendado predicaciones de ejercicios a monjas y a ordenandos (EC III, p. 306). Ponderando sus muchos méritos (“el fruto que por su medio obtengo en la reforma de las costumbres, tan viciadas en algunos puntos”: EC III, p. 198), en septiembre de 1854 el arzobispo pide para él una canonjía en la catedral de Santiago.

Llamado Claret a la península, se trasladó a Madrid acompañado por D. Felipe Rovira como secretario y D. Ignacio Betriu como paje. Los tres vivirán juntos a partir de mayo de 1857, en el apartamento del hospital de italianos (Carrera de San Jerónimo) que les ha reservado D. Fermín de la Cruz. El 2 de julio, cuando Claret entra en ejercicios espirituales en la casa de los paúles, Rovira y Betriu viajan a Cataluña para visitar a sus familias; Rovira tiene la intención de regresar a Madrid al cabo de dos meses (TB II, p. 534), que quizá prolongó, pues en carta del 31 de octubre Currius les reprocha que se dan “de las buenas dejando solo a nuestro buen Padre arzobispo”. Al parecer visitó a antiguos amigos de Vic, entre otros al Dr. Pasarell, por cuyo consejo pasó en el otoño a Valencia a graduarse en teología en aquel seminario.

Regresados a la corte, Rovira acompañará por unos meses a Claret en sus idas a palacio y en otros desplazamientos, e informará a los compañeros que han quedado en Cuba acerca del papel del arzobispo en palacio. En diciembre enferma y quizá se retira por unas semanas a su tierra. El 8 de enero de 1858 Claret le firma unas testimoniales muy detalladas y elogiosas (“ha tenido siempre una conducta irreprensible”: EC III, p. 306), facilitándole un cambio de rumbo de su vida. Debe de separarse del arzobispo lo más tarde en febrero (ECpas. II, p 55). Según su propio testimonio, evidentemente inexacto, fue “secretario y confesor” de Claret por espacio de diez años.

Tras separarse de Claret, debió de presentar ciertas exigencias que indignaron al arzobispo. En noviembre de 1858 escribía Claret a Currius: “El P. Rovira parece que tiene esperanza de cobrar de la Congregación… también pretende los derechos de secretaría desde que salió de Cuba hasta al día que se ausentó de mi lado; a mí me parece que no los acredita, porque yo soy dueño de poner por secretario a quien quiera y quitarlo cuando me dé la gana; pues bien, ya sabe V. que yo deseaba oportunidad para quitarle de secretario y ésta consideré que era, mi salida de Cuba y por esto se la encar­gué a V. “ (EC I, 1666). Debió de ser algo ambicioso (así le presenta el P. Cristóbal), y Currius le reconvino con cierta energía (cf. EC I, p. 1667s nota). No parece que haya terminado bien con Claret.

Su cambio de rumbo consistió en que entró en contacto con el obispo de Puerto Rico D. Benigno Carrión y marchó como secretario suyo. Allí evita que se le conozca como ex-secretario de Claret, ya que el santo tiene por allí mala fama desde su intervención, en 1856, en el caso del P. Usera. Este cambio de amo fue muy mal visto por alguno de los antiguos compañeros de Cuba (Currius), que contaba con una comunidad estable e inseparable en torno a Claret y ve que sus esperanzas se desvanecen.

Llegaron a Puerto Rico el 29 de septiembre de 1858. Iba con el título de racionero y Carrión posteriormente le hizo canónigo penitenciario; en el cargo de secretario debe de haber estado como mucho hasta finales de octubre. En enero de 1859, Currius comunicaba a Betriu que “poco hace escribió a D. Dionisio que ya se había despedido enteramente de los papeles y quedaba libre para dedicarse al ministerio del púlpito”. Por algún tiempo continuó escribiéndose con el arzobispo Claret.

Por los años 1879-1880 le encontramos en Madrid reponiéndose de achaques de salud. En el mismo año 1880 hace testamento en Barcelona, y entre los bienes que deja menciona fincas, coches y arreos que posee en Puerto Rico.

Desde La Habana, al regresar con Claret a la península, dice que en aquellos días tienen que rezar el oficio a partir de las 11 de la noche, debido a que el arzobispo se pasa el día atendiendo a la gente, pues “es tan bueno que a nadie se niega, y por otra parte es venerado como santo” (EC I, p. 1323 nota). Y desde Madrid escribirá a los compañeros de Cuba que el cura del palacio real es el patriarca de las Indias, que es el que tiene que asistir a fiestas y convites, “todo lo que es fuera de la cuerda de SEI [=Claret]” (EC I, p. 1339). En el verano de 1857 debió de existir una correspondencia poco cordial entre Claret, Rovira y los colaboradores cubanos. El 2 de agosto escribía D. Paladio Currius a F. Rovira: “La indiferencia con que os trata SEI no es otra cosa que el justo castigo de Dios a vuestra pasada indiferencia”. Si así fue, no cabe duda de que en el futuro Rovira recapacitará, y en 1880 redacta en Madrid unos apuntes muy elogiosos sobre su antiguo arzobispo, que concluyen diciendo que es “notorio el grado eminente y heroico de las virtudes que adornaron al Siervo de Dios, cuya vida intachable y laboriosa habrá premiado Dios el mismo día de su muerte” (en ArxPair, C. 4, sec I-1,3).

[Además de los testimonios de Currius, son de interés las testimoniales que Claret extiende a favor de Rovira en septiembre de 1854 (EC III, p. 198), donde quizá aparece también su ambición: hacerse canónigo de Santiago. Y, a pesar de inexactitudes, es altamente elogioso el amplio informe de Rovira sobre las virtudes de Claret que se conserva en Arxiu Pairal, que cito más arriba].

 

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