Beatificación del P. Fundador

BEATIFICACIÓN DEL P. FUNDADOR

 

Un proceso largo e intenso

El testimonio de integridad personal y de santidad misionera del P. Claret era indudable para el pueblo que fue testigo de sus afanes apostólicos y para todos los que le conocieron de cerca. Pero también se entretejió una leyenda negra en torno a él, promovida por bandos políticos que no pudieron conquistar ni manejar su ministerio como Confesor de la Reina. A través de esta leyenda se quiso presentar, por medio de periódicos, libros y volantes, a un Claret movido por la ambición de poder y esclavo de una vida moral relajada. Difamaciones que hicieron sufrir muchísimo a nuestro P. Fundador en vida, pero que no pudieron presentar ningún argumento válido como para dudar de su santidad. La Congregación desde el momento de su muerte se encargó de recoger los testimonios de quienes le conocieron en verdad. El P. Jaime Clotet se dedicó a esta tarea con entusiasmo, empeño y constancia.

Confirmados por el unánime testimonio de santidad que daban todos, en 1887 se dieron los primeros pasos oficiales para introducir la Causa de Beatificación. Bajo la autoridad del Obispo de Vic se inició el proceso informativo, que duró tres años y comprendió los procesos diocesanos de Vic, Tarragona, Madrid, Barcelona, Lérida y Carcasona. Estos procesos están contenidos en dos volúmenes de más de dos mil páginas. A fines de 1890 el Tribunal Eclesiástico de Vic indicó al P. José Xifré que llevase el proceso a Roma.

En 1891 se abrió el proceso en Roma y se puso a la cabeza de las investigaciones al cardenal Ledochowski, quien después de estudiar la causa exclamó: «¡Qué causa tan magnífica es la de nuestro Siervo de Dios! ¡Qué bella! En los veinticuatro años que trato de estos asuntos no he visto una causa más interesante».

Después de un cuidadoso examen de las 123 obras atribuidas al P. Claret, a fines de 1895, el Papa León XIII sentenció que nada obstaba para que pudiera procederse adelante.

El 4 de diciembre de 1899 el Papa León XIII instituyó la Comisión de Introducción de la Causa. En el decreto se lee: «Entre los prelados de la Iglesia española que asistieron al concilio ecuménico Vaticano, hállase el varón, esclarecido por sus obras, palabras y fama de santidad, Siervo de Dios Antonio María Claret…».

Entre 1900 y 1921 se realizaron, tanto en Vic como en otros lugares de España, los procesos apostólicos con el fin de recoger todas las pruebas posibles acerca de las virtudes y milagros del Siervo de Dios. Por su parte, en Roma fueron aprobados los procesos ordinarios y se continuaron las investigaciones y los estudios.

El 6 de enero de 1926, el Papa Pío XI decretó la heroicidad de las virtudes del Siervo de Dios. En el discurso que pronunció en aquella ocasión llamó al Venerable, apóstol moderno y dijo: «Es un título, una gloria, un mérito característico de Antonio María Claret, haber juntado en felicísimo connubio el ministerio de la predicación, de la caridad, del trabajo personal, con el empleo más amplio, más moderno, más avisado, más vivo, más industrioso, más genialmente popular del libro, del folleto, de la hoja volante devoradora del tiempo y del espacio».

El 18 de febrero de 1934 fueron declarados solemnemente los dos milagros atribuidos a su intercesión. Y el 24 de febrero fue publicado el veredicto de beatificación por el cual se podía proceder a la beatificación del siervo de Dios.

Durante estos largos años de proceso, la Congregación contó con el arduo trabajo de dos célebres postuladores: el P. Jerónimo Batlló (1891-1913) y el P. Felipe Maroto (1913-1934). Sus trabajos fueron muy valiosos y difíciles, porque se enfrentaron a las trabas que provenían de la leyenda negra a la que ya nos hemos referido. Felizmente, al final se pudo reconocer la verdad y dejarla brillar para iluminar la vida de nuestra Iglesia.

Los milagros requeridos

El primer milagro reconocido como tal fue la curación de la señorita Javiera Mestre, de quince años de edad, quien se encontraba, en mayo de 1897, en la ciudad de Lérida (España), afectada por viruelas confluentes. Hallándose en peligro de muerte, después de pedir la intercesión del venerable P. Claret, de la noche a la mañana, fue curada completamente.

También se presentó como milagro, para ser examinado, la curación del niño Antonio María Ávalos. Los tres médicos que dieron testimonio coincidían en el hecho de la sanación milagrosa, pero diferían sobre la causa de la enfermedad. La Sagrada Congregación prefirió dejar este milagro a un lado y pasar a otro.

El segundo milagro aprobado fue la curación de la Hna. Benigna Sibila Alsina, del Instituto de Hermanas Filipenses, quien en 1930 sufría de una grave úlcera en la región del bajo vientre. Los médicos juzgaron, como último remedio para curarla, proceder a una operación quirúrgica, imposible de realizar por la debilidad extrema de la paciente. La enferma y sus hermanas de comunidad rogaron a Dios por intercesión del venerable Antonio María Claret y sobrevino la sanación de forma instantánea y completa.

La celebración de ese momento

Por fin, llegó el esperado día 25 de febrero de 1934. El P. Claret fue beatificado en la Basílica de San Pedro. Era el Domingo de la Transfiguración del Señor, sugestiva fecha para declarar que la vida del venerable Antonio María Claret había sido transfigurada por el amor del Señor a tal punto de hacerlo reflejo de su luz como Misionero por toda España, Cuba, Italia y Francia.

En las Letras Apostólicas por las que es declarado Beato el P. Claret, se dice: «…Desde la edad apostólica hasta nuestros tiempos de misiones entre los paganos, han sido escogidos, y, ciertamente, por designio de la divina Bondad, seguidores veraces de Jesucristo para conducir oportuna y adecuadamente los hombres al divino Redentor, ya por medio de su admirable vida, ya por su doctrina. En el transcurso del siglo XIX dejábase sentir grandemente esta necesidad, porque los hombres, engreídos en demasía por los progresos de los inventos, de las ciencias y de las artes, llegaron fácilmente a despreciar a Dios y a su Iglesia, pretendiendo asentar la sociedad sobre otros cimientos que los echados por nuestro Señor Jesucristo… De la misma manera suscitó en su Iglesia, entre otros eximios varones del mismo siglo, al venerable siervo de Dios Antonio María Claret, apóstol de las Españas, quien, como sacerdote secular y párroco, como misionero apostólico, como arzobispo y como Fundador de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, acudió con especial solicitud a socorrer esta suerte de necesidades, dejándonos admirables ejemplos que imitar».

El Papa Pío XI, después de la celebración de beatificación, entró a la Basílica de San Pedro para venerar las reliquias del nuevo Beato y pedir su intercesión. Al día siguiente dirigió un discurso al numeroso grupo de peregrinos llegados desde España.

Resonancias en la vida de la Congregación

Para la Congregación todo el largo proceso fue vivido como un tiempo de expectativa y anhelo. El 13 de junio de 1897 fue un momento significativo ya que se trasladaron los restos mortales del Siervo de Dios desde el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia) a la iglesia de la Merced de Vic, junto a la Casa Madre de la Congregación.

El P. Juan Postíus, en el mes de febrero de 1934, escribió, en nombre del P. General, una circular por la que animaba a todos los Misioneros a prepararse para vivir la beatificación del P. Fundador. Proponía se tuviera un retiro de tres días y una Hora santa eucarístico-mariana en todas nuestras iglesias el mismo día de la beatificación.

La celebración de la beatificación fue una fiesta grande para toda la Congregación que pudo sentirse representada en la Basílica de san Pedro con la presencia de todos los miembros del Capítulo General, próximo a celebrarse.

De hecho, la beatificación del P. Fundador fue un momento de gracia que dinamizó la vida de los Misioneros esparcidos por el mundo entero. El camino de seguimiento de Jesús como misioneros al estilo de Claret quedaba ratificado oficialmente por la Iglesia como un camino de santificación auténtico y fecundo. La luz de este acontecimiento iluminó el Capítulo General que se inauguró el 15 de marzo de 1934.

Miremos al futuro

Después de haber recordado este acontecimiento familiar tan significativo, acojamos las palabras del Papa Pío XI en la audiencia previa al XIII Capítulo General, celebrado a los veinte días de la beatificación del P. Fundador: «…el inminente Capítulo General, que no puede menos de ser, como saben bien los religiosos en cuyas venas circula la sangre misionera de su santo Patriarca, un nuevo punto de partida; porque por mucho que pueda Dios complacerse y agradecer lo pasado, siempre queda por hacer, siempre más, siempre mejor…». Nos toca continuar esta historia, cuya raíz es santa.

BIBLIOGRAFÍA

  1. FERNÁNDEZ, C. El Beato Padre Antonio María Claret. Historia documentada de su vida y empresas, Madrid 1946.
  2. GOMÀ, Cardenal I. Panegiric del Beat P. Claret, Barcelona 1934.
  3. MISIONEROS CLARETIANOS. Anales de la Congregación, 30 (1934), pp. 181 – 243.
  4. VILA, F. La Beatificación del P. Claret, Madrid-Barcelona, 1936.
  5. VIÑAS, J. M. y BERMEJO, J. San Antonio María Claret. EA, Madrid 1981.

 

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